Bocado de eternidad (o algo parecido…)

Me lo encontré por casualidad, y no resisto las ganas de compartirlo. Será por que he estado muy romántica últimamente… Bueno, el original es en inglés, pero para aquellos que no sepan o no quieran leer en inglés, aquí les va mi traducción de este poema (Mouthful of Forever) de Clementine von Radics.

No soy la primera persona que has amado.

Tu no eres la primera persona a la que he mirado

con la boca llena de para-siempres. 

Ambos hemos conocido la pérdida

como los afilados bordes de un cuchillo.

Ambos hemos vivido con los labios

más hechos de cicatrices que de piel.

Nuestro amor llegó sin anunciarse,

en medio de la noche.

Nuestro amor llegó

cuando ya nos habíamos cansado

de pedirle al amor que llegara.

Pienso que eso 

tiene que ser parte de su milagro.

Así es como nos sanamos.

Te besaré como el perdón.

Tu me abrazarás como si yo

fuera la esperanza.

Nuestros brazos se entrelazarán

y guardaremos promesas entre nosotros

como se guardan flores 

entre las páginas de un libro.

Escribiré sonetos

a la sal del sudor en tu piel.

Escribiré novelas

a la cicatriz de tu nariz.

Escribiré un diccionario

de todas las palabras que he usado

tratando de describir cómo se siente

el haberte encontrado finalmente, 

finalmente. 

Y no tendré miedo de tus cicatrices.

Sé que a veces

es difícil mostrarte ante mí

en toda tu resquebrajada perfección,

pero por favor, entérate:

aunque sea en los días

en los que ardes más brillante que el sol

o las noches

en las que dejas caer tu cuerpo roto en mil preguntas

sobre mi regazo,

tu eres lo más bello que he visto.

Te amaré cuando seas un día tranquilo.

Te amaré cuando seas un huracán. 

The Invisible Woman (el breve espacio en el que estás para mí y en el que yo estoy para ti)

Es la segunda creación fílmica de Ralph Fiennes. No tiene nada que ver con super héroes. El título, de hecho, parece un juego de palabras: la mujer invisible es la que fuera la amante de Charles Dickens, ese monumento de la literatura inglesa victoriana. Ella, Ellen Ternan, podría haber sido invisible para los demás, pero no para Dickens; no lo es para Claire Tomalin, su biógrafa y autora del libro que fue transformado por Fiennes y la guionista, Abi Morgan; y obviamente, no es invisible para Fiennes. Y sé que este es un comienzo pobre para esta reseña, pero una película tan intensa y con tantas capas narrativas, tiene que ser tratada con cuidado. Así que es mejor ir con paciencia.

Ralph Fiennes en el set de "The Invisible Woman"

Ralph Fiennes en el set de “The Invisible Woman”

La vi dos veces. Admito que ver el nombre de Ralph Fiennes en la marquesina me atrajo inmediatamente. Ya vi “Coriolanus”, su primera producción: una adaptación moderna de la tragedia homónima de Shakespeare. Fiennes es un director audaz… le gusta muchísimo contar la historia, incluso contar lo que queda en silencio. En “The Invisible Woman” utiliza una personal combinación de inteligente composición, cámara lejana y estática y cámara móvil y envolvente. A veces es como si estuviéramos en los ojos de Fiennes en aquellos años en los que, antes de estudiar actuación, estudió pintura; no quiero dar “spoiler alert”, pero cierta escena de carreras es memorable por su composición, su luz, su suspenso que precede al movimiento. La luz es una herramienta narrativa en esta película: es dinámica, a veces indicando distancia entre los personajes o su cercanía.

El texto, el subtexto y el silencio son otros elementos importantísimos. La impresión más duradera que me ha dejado esta película, es que Fiennes está obsesionado con la comunicación humana en todos sus niveles. Es como si la comunicación entre dos personas le pareciese el mayor acto de amor y generosidad. En la película los momentos de silencio son tan elocuentes como aquellos en que las conversaciones deciden el curso de las vidas de los personajes. Ahora bien, no esperen encontrar un lenguaje semejante al nuestro; claro, es inglés, pero no es el inglés moderno que uno puede usar; al respecto, Fiennes ha dicho en una entrevista que deseaba ser respetuoso con el lenguaje y la carga emocional que llevaba en esa época… creo que lo logró.  No hay que esperar explosiones verbales. Tampoco besos apasionados ni corsés desatados con furia. Tanta contención está manejada de un modo inteligente, pues los actores logran transmitir la tormenta interna, la angustia, el pensamiento, la pasión y el deseo … de nuevo, ese era un deseo de Fiennes como director de la película: transmitir la vida interna en su complejidad, con sus múltiples capas e intensidades. No es una película para los que les gusta las expresiones “masticadas”. En ese sentido un puede recordar dos películas repletas de silencio/subtexto: “The Remains of the Day” y “Hannah Arendt”. En estas cintas es más lo que no se dice es tan o incluso, más importante que lo que se dice. El mayordomo de “The Remains …” logra decir en sus ojos y su voz pausada todo lo que no articula, mientras la protagonista de “Hannah Arendt” nos muestra una mente intensa en la demandante  tarea del pensamiento comprensivo.  Fiennes y sus actrices (y esta es una película de actrices) nos muestran personas procesando eventos y sentimientos que van a afectar sus vidas irrevocablemente.

Felicity Jones como la madura Ellen Ternan

Felicity Jones como la madura Ellen Ternan

Las actrices. Felicity Jones sorprende en su juventud. Uno puede entender por qué Dickens se enamoraría de una mujer que no sólo es joven, sino también generosa y cálida. Y luego, en su madurez, es reflexiva y llena de autodeterminación para finalizar el duelo que su relación con Dickens le dejó. Joanna Scanlan como la esposa de Dickens da una muestra de enorme dignidad y generosidad. La escena de la sala, en la que ambas mujeres conversan, es una escena provocada por la crueldad pero que ella, la señora Dickens, logra transformar en una conversación con consejos en los que ella, como mujer madura y veterana en la “experiencia Dickens”, comparte lecciones que la joven aprenderá pronto. Kristin Scott Thomas (antigua leading lady de Fiennes en “The English Patient”) tiene una actuación discreta pero determinante como la madre de Ellen Ternan. No me canso de repetirlo, pues no me canso de impresionarme: Fiennes está fascinado con la comunicación íntima y las conversaciones entre mujeres le dan ese espacio de exploración. No es que quiera saber “de qué hablan las chicas”. Sólo quiere saber y hacernos saber de la generosidad y calidez que puede haber en una conversación, por lo que es algo precioso que debe ser atesorado.

Joanna Scanlan encarna a la silenciosa y digna Catherine Dickens

Joanna Scanlan encarna a la silenciosa y digna Catherine Dickens

Fiennes, como ya dije, dirige la película. También encarna a Charles Dickens, en una actuación llena de actividad y alegría, algo que sus personajes usuales no le han permitido mostrar mucho en la pantalla grande. Se le conoce con el “villano” o el galán silencioso, pero aquí es un hombre maduro, lleno de energía y expresivo que, en realidad, extraña tener intimidad con alguien. Y no me refiero a la sexual. A mí me parece que el personaje de Dickens es una especie de comentario de Fiennes sobre la fama, algo que, según ha dicho en muchas entrevistas, él no logra conciliar con su profesión y de lo que ha huido en cada oportunidad (sea una entrevista o un escándalo… y ha protagonizado uno que otro..).

Una conversación íntima...

Una conversación íntima…

En una entrevista radial reciente, Fiennes dijo que alguien le había llamado  la atención sobre el hecho de usar la palabra “Amante” (Mistress) para describir la relación entre Dickens y Ellen Ternan. Esta persona le dijo a Fiennes que no era una palabra apropiada, aunque tampoco le dio una alternativa. Pienso que esa palabra no tiene nada de malo al describir esa relación, de hecho, su carga hace gran parte de lo que unió a estos dos personajes. Al ser la amante de Dickens, Ternan se refugió en las sombras, se hizo invisible y sacrificó unos privilegios sociales; dicho sacrificio formó ese duelo incompleto que luego la acompañó cuando Dickens murió. Claro, era una relación en la que él tenía el poder socialmente aceptado. Pero en privado, su Amante Amada, su Compañera, era ese espacio donde él estaba con todas sus cualidades y sus debilidades. Tal vez sólo ante ella, la invisible para otros, él podía ser visible verdaderamente. Y eso era un regalo invaluable. Es un regalo invaluable, pues, como dijo el mismo Dickens, toda criatura humana es un secreto para toda criatura humana…

Miéntanme…

Miéntanme sobre Vietnam

de Adrian Mitchell

La verdad me atropelló un día.

Desde ese accidente, camino de este modo.

Entonces: metan mis piernas en yeso.

Miéntanme sobre Vietnam.

Escuché los despertadores, gritando de dolor.

No pude encontrarme a mí mismo,

así que volví a dormir.

Entonces: llenen de plata mis oídos,

metan mis piernas en yeso;

miéntanme sobre Vietnam.

Cada vez que cierro los ojos

sólo veo llamaradas.

Hice un directorio telefónico de mármol

y tallé todos los nombres.

Entonces: cubran mis ojos con mantequilla,

pongan plata en mis oídos,

metan mis piernas en yeso,

miéntanme sobre Vietnam.

Olí que algo se quemaba;

espero que sea mi cerebro.

Sólo arrojan dulces y flores.

Entonces: pongan ajo en mi nariz,

cubran con mantequilla mis ojos,

llenen de plata en mis oídos,

metan mis piernas en yeso,

miéntanme sobre Vietnam.

¿Dónde estaban cuando el crimen ocurrió?

En el cenotafio, bebiendo saliva.

Entonces: encadenen mi lengua con whisky,

pongan ajo en mi nariz,

cubran con mantequilla mis ojos,

llenen de plata mis oídos,

metan mis piernas en yeso,

miéntanme sobre Vietnam.

Ponen sus bombas,

sacan sus conciencias,

toman al ser humano y lo retuercen.

Entonces: froten mi piel con mujeres,

encadenen mi lengua con whiskey,

pongan ajo en mi nariz,

cubran con mantequilla mis ojos,

llenen de plata mis oídos,

metan mis piernas en yeso,

miéntanme sobre Vietnam.

Y USTED, QUERIDO LECTOR, ¿SOBRE QUE QUIERE QUE LE SIGAN MIENTIENDO?

Good Bye, Mr. Hitchens.

¿Quién era Christopher Hitchens? Una de las mentes liberales más lúcidas de las últimas décadas. Uno de los críticos más feroces a esa ignorancia optativa por la cual muchas personas se han estado decidiendo en las últimas décadas -y esto lo voy a explicar más adelante, tranquilos. Uno de los escritores, polemistas e intelectuales públicos más reverenciados y temidos, pues su fuerza expresiva y el gran uso que hacía del lenguaje, lo convertían en un rival admirable y difícil. Un hombre apasionado por el saber y por lo tanto, defensor de la curiosidad y de la rebeldía que implica la independencia de pensamiento.

Este hombre, al que acabo de describir tan suscintamente, murió hace pocas semanas. Con una gran entereza padeció el cáncer que lo llevó a la tumba y murió calladamente, rodeado de la presencia de quienes lo amaban. A mí no me sorprende que un ser hipercrítico como Hitchens hubiera tenido gente que lo amaba… su precisión intelectual y su ferocidad estaban equilibrados por su gran calidez humana y por su sensibilidad hacia todo lo bello que la humanidad tenía para ofrecer.

En sus libros  y en sus conferencias   defendió la libertad del conocimiento contra los dogmatismos de nuevo cuño. Por lo tanto, fue un crítico acérrimo

Christopher Hitchens: escritor, polemista, crítico.

de las religiones, sobre todo de las institucionalizadas y constituidas como fuerzas políticas. Sus diatribas contra el judaísmo, el cristianismo y el Islam son bien conocidas, pues las consideraba fuerzas perversas que envenenaban las causas políticas y los principios morales más altos. Hay que recordar su famosa frase, pronunciada ante un líder religioso que le dijo alguna vez que rezaría por él: “yo pensaré por usted”…. ante la respuesta fácil de la religión organizada, Hitchen prefería la aventura de pensar, de conocer y de equivocarse:

Decir que Hitchen era un gran ateo es simplificarlo… era un defensor de la aventura humana, sí AVENTURA. Al rechazar la respuesta fácil de una fe incuestionada, optaba y defendía por la posibilidad de saber, entender, conectarse con otros seres humanos a través del saber, del amor, de la rabia, de la indignación y claro, del sentido del humor:

Christopher Hitchens, poniéndose lindo..

Yo ya extraño sus maravillosas “cantaletas”, su deslumbrante pirotecnia verbal y su pasión… pocas veces un gran intelectual deja gran huella.

Hace tiempos: espumoso licor, yo te saludo…

Hoy quiero compartir otro hallazgo en el archivo, esta vez cortesía de la colección patrimonial de documentos de la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Este poema fue publicado en la revista literaria El Montañés, una de las muchas publicaciones culturales que tuvieron vida efímera en el Valle de Aburrá a comienzos del siglo XX.  Como sé que muchos comparten mi gusto -por la cerveza, al menos, ahí les va…

LA MUSA DE LA CERVEZA

Mi bebida es cerveza fina y dorada,

para engañar la vida bebo cerveza,

su lúpulo mezclado con su cebada

tiene amor, alegría, gracia y belleza.

La sangre se atempera con su fermento,

el pulso se sosiega con su frescura,

y en calma las arterias y el pensamiento

los ojos se reposan en su hermosura.

Vertida en rutilantes vasos profundos,

finge cristal precioso que burbujea,

génesis esplendente lleno de mundos

donde el sol se hace chispas y centellea.

Amén!!

 

Cuando su hervor estalla con fuerza suma,

una visión el vaso lanza sonoro

con ojos de topacio, labios de espuma

y frente chorreante de rizos de oro.

 

 

Es la musa dorada de la cerveza,

tembladoras burbujas forman su risa,

y hecha está la mantilla de su cabeza

con claveles pajizos que el sol irisa.

Andaluza parece, y es alemana,

árabe, inglesa, egipcia, rusa y hebrea;

cruza al pie del Vesubio, y es italiana;

por las tierras de Cristo, y es galilea.

Es popular y alegre como una copla,

a los reyes iguala con los vasallos,

y, en un búcaro, ha visto Constantinopla

tras las rejas doradas de los serrallos.

Salud 🙂

Sus átomos son letras burbujeantes

que entienden cuantas razas alumbra el día,

y su verbo de pompas tonificantes

trama collares de hombres con la alegría.

En Nueva York grandioso como en Atenas,

en París esplendente como en la Nubia,

triunfan sus áureas gotas de vida plenas

y su espuma que es blonda de seda rubia.

Lo mismo da en los vasos, susurradora,

dentro de un patio alegre de Andalucía,

que con ella el Egipto sus labios dora

en las noches de fuego de Alejandría.

Acaso un rey artista va entre arenales,

llevando por remotos itinerarios,

su hastío que conducen a sillas reales

entre asiáticas pompas los dromedarios,

y al sentir ya los labios cual ascuas vivas,

el rey, por un capricho de su riqueza,

bebe las gotas de oro que van cautivas

en el cosmos dorado de la cerveza.

"Una cerveza antes de dormir, significa una mejor noche para toda la familia!"

Quizás también en suelos alcatifados,

y encima de almohadones de sedas vanas,

tiene un sultán los ojos encandilados

en un valle de hebreas y circasianas:

En una pipa, larga como serpiente,

fuma el fino tabaco que Arabia cría,

y el humo va a borrarse lánguidamente

en los muros pintados por la alegría:

y cuando en sed la sangre quema su boca,

pide a un eunuco negro rubia cerveza,

cuyo tapón tronante vibrando toca

en los techos calados por la belleza.

Dondequiera que al aire salta profusa

lanzando un taponazo rudo y sonoro,

allí sale del vaso la rubia musa

con la faz entre un marco de bucles de oro.

Ella pisa la esclava triste Polonia

y el calcinado suelo de Fez ardiente;

en el nombre de Irlanda besa a Bolonia,

en el nombre del Norte besa al Oriente.

Cosmopolita errante, mira mil soles

al desbordar la espuma de sus cristales;

en el Japón salpica los quitasoles,

en Persia los tapices de oro torzales.

Si enlazando naciones va furibundo

el tren vertiginoso, con más presteza

va uniendo corazones por todo el mundo

la espuma detonante de la cerveza.

Alzad la rubia copa, todos sus fieles,

cuantos movéis los hilos en los telares,

cuantos pulsáis las liras y los cinceles,

cuantos alzáis las hostias en los altares.

"La cerveza cambiará al mundo... no sé cómo, pero lo hará."

Los que esgrimís la azada que el brazo abruma,

los que, puras las almas, dictáis las leyes,

y en alto ya la copa llena de espuma

por vasallos y nobles, pobres y reyes,

juremos que tejid0s con fe de hermanos

nadie logre inspirarnos odio iracundo;

¡y un collar formaremos con nuestras manos

como un gigante abrazo que abarque el mundo!

 

Salvador Rueda, Madrid, 19 de Noviembre de 1904.

 

 

Saramago: buen viento y buena mar.

El viejo que nos previno del miedo a la ceguera, se ha ido al otro mundo.  El que nos contó del poder de la memoria y de su fuerza creadora, también se ha ido.  Y siempre fiel a sí mismo, su partida no ha dejado a nadie silencioso, como nos muestra El País:

El artículo dedicado al autor de ‘Memorial del convento’ por el diario oficial de la Santa Sede, L’Osservatore Romano, se titula La omnipotencia (relativa) del narrador, está firmado por Claudio Toscani y mezcla reflexiones sobre su tarea de intelectual de izquierdas con descalificaciones del tipo “populista extremista”.

La pieza subraya la “ideología antirreligiosa” de Saramago, a quien define como “un hombre y un intelectual de ninguna capacidad metafísica, (y que vivió) agarrado hasta el final a su pertinaz fe en el materialismo histórico, alias marxismo”. Para añadir: “Colocándose lúcidamente de la parte de la cizaña en el evangélico campo de trigo, (Saramago) se declaraba insomne por las cruzadas, o por la inquisición, olvidando el recuerdo de los ‘gulag’, de las purgas, de los genocidios, de los ‘samizdat’ (panfletos de la Rusia soviética) culturales y religiosos”.

Ningún escéptico que se respete le ha caído bien a los que proclaman el orden ciego, así que Saramago casi que había rogado por semejante necrológica.  Pero no debemos compadecernos de él, pues seguramente le habría gustado el que lo recuerden como un incómodo signo de interrogación… de esos que son necesarios, aunque no nos gusten.

Pero si en algo tuvo fe potente Saramago, fue en las palabras… en lo que podría hacer, las personas a las que podría llegar; como los niños:

Por que en las palabras sencillas también habita la fuerza del rayo… y por que te extrañaremos mucho, buen viaje, viejo José… lo único que me en realidad me entristece de tu partida es que se te cumplirá uno de tus miedos: pasar la eternidad sin tu amadísima esposa.

Buen viaje, fuertes vientos y segura mar, José!!!!


Piedad Bonnet: del prestigio de la belleza y otras estrategias…

Piedad Bonnett, escritora colombiana.

El último libro de la escritora colombiana Piedad Bonnet, El prestigio de la belleza, es una crónica llena de amor, reflexión y gran sentido del humor.  Y lograr ese tipo de retrospectiva con la existencia -propia o de ficción- no es fácil; siempre está la tentación de la victimización, que acecha como un método simple y rápido para lograr la simpatía del lector.

Pero la mujer que habla en las páginas de Bonnet no tiene amarguras, sólo preguntas y respuestas sorprendentes.  Tampoco se conoce al dedillo como para justificar todas sus acciones; con gran amor y asombro de sí misma, la protagonista habla de situaciones en las que una faceta traviesa y oculta de sí misma, sale con toda su exuberancia:

El otro yo, el que toda la vida me había dictado al oído perversidades, me hizo contestarle algo que me sorprendió a mí misma…

Esta peculiar estrategia de comunicación es desarrollada por la protagonista desde que se da cuenta, en su infancia, que le falta la herramienta de comunicación fundamental, sobre todo en una sociedad tan conservadora como la nuestra: la belleza. 

El nuevo libro de Piedad Bonnett, una "autobiografía falsa".

Los hombres son, las mujeres aparecen.  No recuerdo de quien es esta frase, pero indica un régimen de comunicación que ha marcado y que sigue marcando tanto las relaciones entre los sexos, como la definición de los roles de cada género.  Bonnett lo describe de forma magistral, lo que significa carecer de esta herramienta de relación femenina:

Intuyo que fue aquella vez, en aquel salón de actos, entre la vacilación y el aplauso, donde nació, sin saberlo, mi yo extrovertido e histriónico, el que se alimenta de la mirada  y el reconocimiento de los demás.  Un yo que es muy útil a los tímidos y a los inseguros, pero sobre todo a los invisibles.

De esto último conozco bien porque hubo momentos de mi vida en que fui invisible. […] Ser invisible significaba que cada tanto mi identidad se reducía hasta el punto de hacerme dudar de mi existencia. […] La invisibilidad, estoy segura, provenía de la mirada de los otros.

Entonces, como no puede simplemente aparecer para ser reconocida, la heroína de esta novela se hace oír gracias a sus dotes para la palabra: aprende a recitar, aprende a leer y aprende a escribir… y estos aprendizajes van mucho más allá de lo usual, de lo que se espera en una mujer:

Pues yo como soy bonita, con poco estudio tendré, y de este modo obtendré ser una gran señorita.

Todas estas herramientas hacen parte del crecimiento de la heroína de Bonnett, heroína por que tiene pasar por lo que ella llama “el mundo de la represión”, es decir, el mundo de la educación femenina, orientada sobre todo a la actitud policiva sobre el cuerpo y la mente.  Junto a esta educación, la mujer que habla en el libro nos cuenta de esa otra mujer que nos marca y con la que tenemos una relación que ni el matrimonio puede romper: Mamá.  Y la mamá de esta protagonista lucha con esfuerzo por darle a su hija lo que Natura no prestó: belleza.

Mi hermana ya llevaba buen trecho ganado, pues la belleza, se sabe, es ganzúa que hace ceder todas las cerraduras. Pero ¡qué hacer conmigo? La primera decisión fue elemental: si el espíritu, el carácter, la inteligencia, pueden moldearse, ¿por qué no el cuerpo, máxime si este es reciente, no ha acabado de cuajar, todavía es blando, flexible, maleable?

La belleza: ¿una obligación desde la infancia?

Y ahí comienza la rutina de cosmética, que muchas niñas hemos afrontado entre aterrorizadas y alegres: cremas, baños, polvos, aceites para la piel y el cabello, para que engruesen miembros -pierna, sobre todo- o para que adelgacen -narices-, para que nazcan con ímpetu -cabellera y dientes- y se mantengan fuertes, o para que dejen de manifestar su factura defectuosa.  Todo esto es hecho por mamá, que nos ama tanto… y la frase de Bonnett es tremenda: el amor nunca es inocente… sobre todo si se trata de buscarle remedio o causa a tan desafortunada repartición de atributos. Y aquí Bonnett vuelve a brillar, pues saca a relucir una situación que muchos hemos oído en boca de nuestros progenitores cuando los decepcionamos: eso lo heredó de su papá – o de su mamá, depende del que hable; pero queda en claro: los defectos de la progenie pertenecen al otro 50% de ADN, no al nuestro.

¿Hay un final feliz en esta historia? no, pues no es lo más importante; ni siquiera hay un final.  Lo que Bonnett nos muestra es una retrospectiva que cimienta un viaje de autodescubrimiento pleno y agridulce.  En esta mirada al espejo se revisitan los miedos y las sorpresas de la infancia y la adolescencia, pues son la puerta de la comprensión de la adultez, de ese supuesto punto final que en realidad, es otro comienzo.

Al llevarnos por su reconocimiento, la heroína de este libro nos cuenta cómo se las ingenió para ser visible, para armar las herramientas que la sacan del rol que le había sido destinado al no poseer el prestigio más deseado: el de la belleza.

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