Hace Tiempos: El Día de la Mujer, o la dulzura encubridora.

Fue hace poco, unos cuantos días. El tan cacareado día internacional de la Mujer se celebró con lo acostumbrado: muchas rosas (blancas y rojas), corazones, animalitos tiernos y un montón de comparaciones y superlativos que ensalzan a la Mujer como paradigma de existencia. Eso, por el lado tradicional.

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Hay otro modo de celebrar, o más bien conmemorar, que se ha hecho común en los últimos años. Ese modo consiste en recordar la razón histórica de esa fecha: la violenta muerte de un grupo de trabajadoras estadounidenses que reclamaban condiciones de trabajo más saludables y justas. Esta reivindicación se hace a la luz de lo que ha promulgado la ONU en cuanto a la celebración del Día Internacional de la Mujer como Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Pero este post no es para hacerle “barra” a un modo sobre el otro. Nace de una pregunta: ¿cuándo y cómo se hizo esta transformación de celebrar la autonomía y la igualdad de la mujer a reafirmar por medio de la celebración, su papel tradicional? No es una cosa sencilla y no deberíamos tomarlo a la ligera; sólo hay que escuchar las palabras y frases dedicadas a las mujeres y que llenan los medios de comunicación: las mujeres somos la mejor creación de Dios, la fuente de vida, la encarnación de la ternura, de la belleza, de la sensibilidad, de la delicadeza, de la fuerza silenciosa, de la paciencia, de la comprensión, de la fuerza en la fragilidad, y otras cosas por el estilo. También se alaba nuestra facilidad para las lágrimas, para aprender del dolor y para luchar a pesar de nuestra “manifiesta” flaqueza.

El modo tradicional de celebrar el Día de la Mujer: ¿Celebración o idealización perjudicial?

El modo tradicional de celebrar el Día de la Mujer: ¿Celebración o idealización perjudicial?

Y es que las mujeres no tenemos estas cualidades? Muchas sí, muchas no. El problema de este tipo de celebración que reafirma el rol tradicional de la mujer es que promueve un prototipo de feminidad que rara vez tiene algo que ver con la realidad. Semejante idealización no es buena, pues no promueve la comprensión de las debilidades y fallas que las mujeres, como seres humanos que somos, poseemos. Pero no es un error inocente. Al usar y repetir hasta el cansancio estos atributos para definirnos, nos quitan y nos quitamos la movilidad psicológica; dicha movilidad hace posible que crezcamos como seres humanos y que maduremos, logrando mayor autonomía y resiliencia (según varios diccionarios y la psicología, la resiliencia es la capacidad que tienen los individuos de sobreponerse a la adversidad y al dolor, no sólo superandolos, sino también integrándolos de manera constructiva en su vida para salir fortalecidos.)

Al promover a la mujer como fuente de vida, no se toma en cuenta a las mujeres que no pueden procrear, o que eligen no hacerlo y que no son menos mujeres por ello. La contracara es que es que promueve una definición de mujer en cuanto a su capacidad reproductora, algo que no está muy acorde con la variedad de carácteres de las mujeres ni con sus múltiples reacciones ante la maternidad. Muchas mujeres no tienen “instinto maternal”; muchas mujeres son pésimas madres y ponen en riesgo a sus hijos, incluso los matan. La maternidad como definición de la mujer sigue siendo una de las armas más crueles de sometimiento en muchas partes del mundo, donde las mujeres y niñas son entregadas en alianzas matrimoniales como transacciones entre familias y muchas madres jóvenes sufren la miseria, el abandono y fuertes crisis emocionales por verse obligadas a asumir una maternidad que tal vez no desearon.

Hay mujeres que no son tiernas, ni pacientes, ni comprensivas. Su rigidez intelectual y emocional las convierte en seres terribles y temibles, con los que es difícil dialogar y convivir. En muchas de nosotras, esa promoción de la fragilidad y la delicadeza ha dado pie a un estilo de vida caracterizado por el parasitismo emocional y material. Una mujer educada de este modo se porta como una princesa melindrosa, que se define por su incapacidad para crecer y hacerse cargo de sí misma. Lamentablemente, muchos hombres alimentan este círculo vicioso al definirse como proveedores totales.

Otro modo de celebrar: homenajear la fuerza femenina transformadora.

Otro modo de celebrar: homenajear la fuerza femenina transformadora.

Entonces, en esta celebración de lo femenino como sinónimo de lo frágil y lo quebradizo, las mujeres fuertes no quedan bien paradas. Y las mujeres que asumen su fuerza moral y física con alegría y sinceridad, sin el “a pesar de”, tampoco salen muy beneficiadas. Las mujeres deportistas y las mujeres que han elegido hacer sus vidas en carreras y oficios tradicionalmente masculinos, pueden sentirse en un lugar contradictorio. Las mujeres homosexuales, bisexuales y transgénero, posiblemente no se sienten homenajeadas con una celebración que no toma en cuenta su fuerza moral y psicológica, herramientas que han desarrollado al asumirse como son y al integrarse a la sociedad con toda su riqueza existencial.

La celebración del Día Internacional de la Mujer fue una idea del régimen socialista soviético a principios del siglo XX. Con ella se quería celebrar el papel activo y crucial que las mujeres obreras habían tenido en la revolución socialista rusa. La ONU comenzó a promoverlo de manera generalizada durante los años 70’s, cuando el feminismo estaba en pleno auge. Es posible que la edulcuración de esta celebración se haya dado durante los 80’s, cuando la sociedad occidental experimentó (y comenzó a ejercer) un liberalismo conservador que, si bien promovía un tipo de individualidad, lo hacía reafirmando los papeles tradicionales que habían sido cuestionados por la contracultura de las décadas tras la segunda guerra mundial. En Colombia, que no tuvo una fuerte ola contracultural, esta celebración ha pasado a formar parte de las herramientas para promover una arraigada visión patriarcal sobre las mujeres y sus capacidades. De ahí que en vez de hacerle mucha promoción a la fecha como homenaje a la fuerza femenina, capaz de activar fuertes cambios sociales, lo que se hace es promover una definición tradicional de la mujer como elemento secundario de la sociedad, más decorativo que activo.

Celebremos la fuerza femenina, en todas sus variedades.

Celebremos la fuerza femenina, en todas sus variedades.

El Día Internacional de la Mujer, tal y como se celebra, es un homenaje turbio. Tanta flor y osito de peluche disfraza realidades femeninas fuertes, muchas veces crueles, de las que podríamos aprender muchísimo y por las que hombres y mujeres debemos luchar, para que no se repitan. Lo femenino debería tener una celebración más alegre y compleja, que admita nuestra variedad humana, con sus fortalezas y flaquezas y que nos muestre con mayor complejidad histórica. Sobre todo debería recordarnos cómo las mujeres hemos podido cambiar el mundo, solas y con la ayuda de los hombres… que muchas veces, en vez de preferir la muñeca que pintan en las alabanzas durante el Día de la Mujer, prefieren una mujer fuerte que ha vivido.

El juicio de Paris?

Y cuenta la noticia que la reina nacional de la belleza colombiana, Lucía Aldana Roldán, al ver que en su carroza se contoneaba la figura de otra reina, la reina “gay” (cuyo nombre no aparece en la noticia), fue advertida por una de sus chaperonas de que se bajase de allí inmediatamente, pues la bella Lucía no podía compartir los vítores del público con una reina de la cual no se sabía a ciencia cierta su género y que, para completar, había sido coronada por una comunidad alternativa. Entonces, Lucía descendió de su carroza y fue a parar a otra, con otros acompañantes mucho menos cuestionadores y mucho menos cuestionables. De este modo, la fantasía que ella encarna volvió a dar una batalla por su lugar de privilegio: la belleza, tal y como se ha conocido en Colombia, volvió a quedar sin preguntas.

O tal vez, esta vez, no es así. Muchos opinan en las redes sociales que la reacción de Lucía Aldana es la típica reacción de una niña tonta, simplona, y pacata. Otros dicen que la tontería y moralina de Lucía es complementada con el ultraconservadurismo de una institución como el Reinado Nacional de la Belleza. De un lado y del otro se critica y se señala la godarria de la bella coronada en Cartagena de Indias y de la institución que amparó dicha coronación.  Y se les demanda a Reina y a Reinado, que se actualicen y que acepten la diversidad del mundo actual.

Miss Colombia

La Señorita Colombia 2012-2013, Lucía Aldana

Todo eso está muy bien, pero como la belleza es uno de mis temas de reflexión favoritos, yo propongo que pensemos un poco más en las instituciones que se enfrentan en esta contienda. Para comenzar, notemos que, aunque no hay un cuestionamiento frontal sobre la belleza de la reina gay (o transgénero), si hay un acto de enorme violencia simbólica: al no permitir que Lucía Aldana ostente su título de representante de la belleza colombiana junto a otra reina que ha sido elegida como representante de la belleza colombiana LGBT, se le ha dicho a esta comunidad que su belleza no tiene la misma validez que la de la reina “oficial”; es decir, se le ha dicho a la comunidad LGBT “Adelante, tengan sus reinados y sus fiestas y sus desfiles, pero no esperen figurar al lado de los nuestros, los que hemos ostentado el estandarte oficial de la belleza y la feminidad. Serán legales y libres, pero no iguales.” Y así se construye otro acto de violencia contra esta comunidad, que en Colombia seguramente es mucho más extensa de lo que anuncian las estadísticas.

El segundo elemento que me llama la atención es la reacción a la aparente posición del Reinado Nacional de la Belleza. Se denuncia la estrechez mental de esta institución, pero al parecer pocos se detienen a pensar que una institución que promueve sólo un tipo de belleza femenina, no puede tener una visión muy liberal del mundo. Se puede objetar que ya aceptan reinas de belleza negras y mulatas, pero eso ha sucedido después de décadas… por ende, la validación oficial de la belleza afrocolombiana ha sido lenta y tardía. Y es cierto que las reinas son muchachas universitarias, algunas hablan varios idiomas… pero las opiniones que expresan no son especialmente complejas ni revelan una percepción que indique que su instrucción académica ha llegado más lejos, es decir, ha generado en ellas un impacto que las haga reflexionar y emitir juicios más complejos sobre ellas mismas y la sociedad que las aclama como bellas y sin problemas.  Por ende, la educación de estas muchachas aspirantes a reinas no es sino otro atributo que se suma a sus encantos físicos y estéticos, los cuales ocupan toda la atención. Las burlas que se hacen sobre el corto intelecto de las reinas son un reproche cruel e injusto, pues estas muchachas no son brutas, simplemente no utilizan su inteligencia de manera más integral, pues no es eso lo que se les pide. Respecto a esto, recuerdo mucho la cobertura del reinado nacional que hizo Jaime Garzón; él les preguntaba a las reinas las tablas de multiplicar… no recuerdo que alguna haya contestado en serio, recuerdo que la mayoría sólo atinaba a sonreírse. Sin embargo, viéndolo en retrospectiva, muchas de estas muchachas estudiaban ingeniería y a ninguna, que yo recuerde, se le ocurrió contestarle con una contrapregunta que le planteara algún ejercicio complejo de cálculo, esa materia terrible que en todas las ingenierías tienen que aprobar durante tres semestres los estudiantes de esta rama del saber… lástima, eso habría sido un momento legendario de la televisión colombiana. Pero lo que la chanza de Garzón y la reacción de las reinas nos recuerda, es el círculo cultural vicioso que ejercemos los colombianos cuando nos enfrentamos a la belleza femenina, cuando la representamos y la traemos a la vida en la figura de una reina de belleza.

 

No sé si la reina transgénero en cuestión era la Reina del Carnaval Gay, pero aquí tienen, como muestra de una belleza transgénero, a la Reina del Carnaval Central Gay 2012, Francesca Carolina Mendoza

No sé si la reina transgénero en cuestión era la Reina del Carnaval Gay, pero aquí tienen, como muestra de una belleza transgénero, a la Reina del Carnaval Central Gay 2012, Francesca Carolina Mendoza

 

Ojo, que digo muchachas y no niñas… es que eso tiene su enredo: es mejor dejar a la belleza sin problemas y por eso se la infantiliza. Al infantilizar a la reina de belleza, se le quita no sólo su autonomía personal, sino también su capacidad mental para procesar la realidad que la rodea. El calificativo señorita es más formal y reconoce la madurez sexual de las participantes, pero no creo que signifique algún adelanto comparándolo con el de niña. ¿Cuáles son las posibles dificultades de estos apelativos, cuando se trata de una reina de belleza transgénero? Por costumbre se le sigue llamando señorita. Pero seguramente los que reparten el señorita y el niña a diestra y siniestra en el reinado nacional, se sienten muy inseguros e incómodos a la hora de aplicarlo a la belleza transgénero que no sólo desafía la identidad sexo=género, sino que hace alarde, con su presencia, de una decisión que implica no sólo madurez sexual reproductiva, sino madurez psicológica.  La decisión de asumirse como persona en la vivencia total de un género diferente al sexo que se tiene, implica un viaje vital emocional complejo, lleno de desafíos y que pone a prueba todas las habilidades psicológicas de supervivencia, reinvención, sanación y recursividad que una persona pueda poseer. Una belleza transgénero podrá ser sujeto de burla y ridículo, pero eso es el payaso que la sociedad conservadora (y temerosa) se hace de ella; la reina transgénero es una presencia imponente no sólo por sus atributos físicos (y algunas quedan físicamente divinas!!) , sino por su riqueza emocional personal, esa educación y experiencia que una mujer sin temores puede transmitir cuando habla, cuando mira, cuando escucha, etc. Ahí, no hay cómo llamarla niña; es una MUJER.

Y así sucede que la belleza convencional, eternamente niña y muda, baja de la carroza en la que la sociedad, temerosa de cambiar sus nociones sobre la belleza y la feminidad la había puesto… la llegada de la belleza transgénero, quien con su presencia activa pone en escena toda la arbitrariedad de la representación social de lo femenino en Colombia, demanda un reconocimiento total, no sólo como admisión a regañadientes. ¿Será que la carroza con su pedestal, en el que había de ir la reina nacional dispuesta a ser vista, admirada, envidiada y deseada (y descuartizada con la mirada, si seguimos ese juicio de Florence Thomas) , no puede albergar un objeto de deseo y admiración alternativo, como es la reina transgénero? Aquí nos desplazamos al otro elemento de los concursos de belleza: nosotros, los que vemos a las concursantes. Y que deseamos ser como ellas o poseer una mujer como ellas o incluso, hacen alarde de patrocinar a una de esas bellezas inalcanzables. No me refiero sólo a la mirada masculina, sino a toda la idea de masculinidad que hace parte de este juego de la belleza en concurso. El hecho de que los hombres se pongan en escena por medio de sus juicios sobre estas muchachas (y la posesión que algunos de ellos tienen sobre algunas de ellas), indica que la aparición de la belleza transgénero cuestiona ese ejercicio de masculinidad… ¿Qué burlas no tendrá qué enfrentar el que en un momento de éxtasis dice que la reina transgénero está hermosa, bella, o muy buena, para minutos después reaccionar con asombro/rabia/asco al saber que “en realidad” se trata de otro hombre transformado en mujer? Pocos serán los que admiten que sí, que les parece bella y deseable. El resto, o se sume en el silencio o reaccionan airados, reclamando lo “incorrecto” de esa aparición. Curiosamente, nadie se queja de la aparición y acción de los asesores y preparadores en maquillaje, etiqueta, vestuario y demás que las reinas emplean para encarnar el ideal femenino. En ese lugar, como abstractas hadas madrinas, inofensivas pero mágicas e invisibles, están muy bien; en su marginalidad, no cuestionan el ordenamiento usual. Pero la reina transgénero reclama el territorio de todo ese ejército de homosexuales y transgéneros que se han dedicado a la belleza femenina convencional como un medio de expresión de la suya; por ende, llegar a admitir la admiración y el deseo que la belleza transgénero puede despertar si se la pone en un pedestal, es otro disolvente a esa construcción social que es la belleza. 

¿ Y qué diría Paris, entonces? Sabemos que eligió a Afrodita, diosa del amor, del deseo y la belleza. Y que la eligió por una promesa: le daría la mujer más bella de la tierra. Entonces, cabe preguntarnos que entendía Paris por belleza (algo más que un rostro y un cuerpo que causan batallas) y también, qué entendemos nosotros. Tal vez, si admitimos un concepto más complejo de belleza, estaremos listos para admitir otras presencias en el mundo, para admitir el cambio como una fuerza esencial en nuestras vidas y nuestra realidad. ¿ Qué nos prometemos a nosotros mismos, cuando juzgamos que una belleza existe, que es, que la vemos y que la admiramos? 

 

Cool Britania – A modo de respuesta…

Mi buen amigo Felipe, me escribió con esta inquietud, salida de la conversación con una amiga:

Ella sostiene que desde la vista de estado-nación, el país es pobre porque su estado no tiene fuerza de intervención en su vida social significativa, no posee grandes inversiones de infraestructura ni hay la amplitud de libertad de expresión que hay en otros países… así mismo dice que la desigualdad en este país no es tan violenta en términos de miserableza comparada con países como Brasil o India.

 

Yo sostengo que Colombia ES UN PAÍS RICO. Ahora, creo que lo que es sobre todo es unpaís mal administrado, un país de inmenso potencial y poder que tiene unas élites completamente perdidas y que se encuentra, como toda nación caribeña que es colonia norteamericana, viviendo El Mundo al Revés de Eduardo Galeano.

Veo que no es un país de talentos ni potenciales, sino un país de riquezas que por falta de autoestima no se logran consolidar ni comprender en toda la amplitud de lo que realmente puede llegar a necesitar el habitante de esta nación; es para mí, sobre todo, una nación que es un estado en perpetua apariencia de falla porque carece de una integración racial y cultural adecuada que le brinde la energía necesaria para reconstruir y construirse en pos de esa riqueza.

Así que, sin decir que mejor dicho ‘COLOMBIA MI TIERRA QUERIDA’, yo sí sostengo que este es un país rico, con un corazón y mente pobre.
Quería saber… ¿qué piensas tú?

Francamente, a mí me parece un montón de bullshit hablar de indicadores de qué es y qué no es pobreza, cuando la miseria y la pobreza es por lo cual se puede medir la grandeza de una nación -y es que así una nación tenga el Golden Gate, si tiene Pet Rocks y a Rush Limbaugh no es que digamos, qué ricos en su naturaleza-.

 

Voy por partes: me llama mucho la atención el vocabulario que mi amigo y su amiga usan para referirse a la situación colombiana. 

Si bien el Estado colombiano no se caracteriza por ejercer de manera correcta los tres monopolios básicos -fiscal, legislativo, de la fuerza- , me parece incorrecto decir que no tiene incidencia en la vida de nosotros como sociedad y como ciudadanos. Esas deficiencias SON la manifestación de nuestro Estado, son nuestro vínculo como nación. El hecho de que veamos nuestro Estado como una enorme máquina deficiente, mal orientada, extractiva mas no re-distributiva y además expropiadora, constituye un vínculo con él y nos forma a nosotros como ciudadanos políticos. Nuestro Estado y nosotros, como nación, somos una formación sui-generis, a la que los medidores de riqueza y pobreza no nos definen bien. Decir que el Estado colombiano es pobre por su poca capacidad de generar infraestructura incluyente y distributiva, es casi que apelar al modelo del Estado de bienestar… que es el que está en crisis. 

La pobreza en Inglaterra: casas clausuradas en Manchester, por ser inhabitables o por que sus dueños no pueden pagarlas. Foto tomada de The Guardian

Esa crisis del Estado de bienestar trae a la luz problemas de desigualdad más sutiles, pero tan violentos como los que se ven en el Tercer Mundo. Ese es un tema incómodo en el Primer Mundo, donde se suponía que al cubrir las necesidades básicas de una manera lo suficientemente básica y eficiente, se podrían promover dinámicas sociales y culturales que terminaran por incluir de un modo igualitario a toda la sociedad. El caso que me es más familiar, el británico, muestra que ese modelo de Estado no fue tan exitoso en ese sentido. La cobertura al ciudadano que garantiza el gobierno británico, no ha impedido que el profundo clasismo de la sociedad británica siga incólume… es más, que se haya replanteado y que se manifieste de diversas maneras en la distinción que cada grupo social hace de sí mismo diariamente. Incluso en las expectativas de las juventudes británicas, esa distinción social y la sutil exclusión que genera, está reflejada: no todos disfrutan ni buscan disfrutar ni ejercer las mismas ventajas. La Estado británico es rico en infraestructura que cubre a la población, pero esto no ha impedido que muchos de sus grupos poblaciones no se sientan incluidos o protegidos… los tumultos de hace un año así lo demostraron.

Dice Felipe que, según su amiga, la desigualdad colombiana no es tan violenta en términos de miseria – ? – como en Brasil o en la India. Estoy en desacuerdo. La desigualdad colombiana ES un tipo de violencia brutal, ejercida con armas simbólicas. La miseria material es la suma tanto de la exclusión material, como de la exclusión sociocultural que estructura a la desigualdad. En nuestra sociedad, los límites materiales también tienen su equivalente en los límites socioculturales que cada grupo poblacional ejerce para definirse ante los otros. Nada más pensemos en una de las frases favoritas de los colombianos: “Es que como yo soy pobre…”  Y muchas veces, el que emite esta autodefinición no sufre de pobreza material; cuando el sujeto sí sufre de pobreza material, su miseria se hace más violenta en tanto que es más evidente, en una sociedad donde la desigualdad material es un modo de presentación en sociedad: el que tiene, debe hacerlo notar. Además, la Colombia rural vive altos niveles de exclusión y de miseria que, desafortunadamente, se han hecho normales y por lo tanto, invisibles. Esos niveles de exclusión y miseria se han convertido en patrones de vida que son difíciles de romper.

Estoy de acuerdo en que Colombia es un país rico. Pero también pienso que no es ni más rico, ni más pobre que otros. La mala administración no es un tema exclusivo de Colombia como Estado o como país. Tampoco me parece algo novedoso, admitir la tesis del mundo alrevés de Galeano, o lamentarse de ser colonia o post-colonia de otro país. De nuevo, más de medio planeta comparte esa característica con Colombia… en cuestiones de colonialismo, estamos en una gran familia. Lo que me parece novedoso es ver cuáles son las referencias que se esconden detrás de esas lamentaciones de ser “el mundo al revés”; en ese sentido, dichas lamentaciones son las mismas quejas sobre las fallas que tenemos como Estado y como sociedad, quejas que hacen parte del pensamiento colombiano desde el siglo XIX. Si nosotros somos el mundo alrevés, entonces hay mundo al derecho, un mundo correcto al que debemos aspirar… no podemos ser autónomos, no debemos serlo, pues nuestra autonomía también funciona “al revés”. Con este marco de pensamiento, es muy difícil poder evaluar y valorar nuestros propios procesos, sobre todo cuando no estamos muy abiertos al grado de coresponsabilidad que tenemos en ellos.

La pobreza en Inglaterra: esta cama es compartida por cuatro niños en una casa de dos habitaciones en la que viven once personas. Para los indicadores ingleses, el hacinamiento es un indicador de pobreza. Tomada de The Guardian

Felipe habla de falta de autoestima y de falta de una integración racial y cultural adecuada. Esto también me suena familiar, pues de integración racial y cultural adecuada se está hablando desde hace 200 años y no se ha podido forjar… sin embargo, ese “adecuada” me queda sonando… por que no sólo se trata de admitir a todos los componentes “raciales”, sino de hacer una mirada crítica a esa idea de “raza” y los efectos sociales que tiene. La raza en Colombia es un calificativo socioeconómico, no es sólo de color de piel. Y echar mano de la exotización tampoco contribuye mucho a un proceso de inclusión verdaderamente profundo: poner a afrocolombianos o a nativos como la cuota romántica y colorida de la sociedad colombiana, no es admitir sus dinámicas como integrantes vigentes de nuestra sociedad, ni tampoco remediar la exclusión de la que han sido víctimas. 

Entonces, la cuestión de reflexionar sobre la racialización – es decir, lo que hace que la “raza” sea tan importante para nosotros – es cosa que nos toca a todos… no sólo a las “élites perdidas”, sino también a la ciudadanía anclada en un conservadurismo que le ha dado su identidad; los colombianos no somos víctimas de nuestra historia, somos victimarios de nuestro presente al escudarnos en nuestro pasado y al no reflexionarlo… sólo lo usamos para buscar culpables y eso no requiere mayor ciencia.

En mi post Cool Britania comentaba una de las manifestaciones de esta dolorosa transición del Estado del bienestar del Primer Mundo: la progresiva desregulación de la sociedad en el aspecto laboral. La intervención del Estado en el mundo del trabajo era una de las victorias del movimiento obrero británico; el subsidio para jóvenes es un gran atentado a esta estructura de inclusión, que velaba por la capacidad de consumo, de ahorro y de inversión de los ciudadanos. Es como si ya lo importante no fuera velar por estas tres actividades económicas, sino por la primera, al endiosarla como fuerza motriz de la economía.

En nuestro Estado, por razones diversas, el consumo ha sido el factor motriz de la economía y ha reforzado relaciones sociales verticales y excluyentes.  Nuestro Estado no intervino favorablemente el mundo del trabajo, por ende reforzó el carácter excluyente que puede tener y también reforzó el poco valor social que tiene. 

Es curioso que, desde dos corrientes tan diferentes, se llegue a un mismo punto: la progresiva desconexión social, que no promueve la creación de valores integradores, sino que genera una percepción social del Estado como el gran organismo que nos quita y no nos protege. 

 

 

Hace tiempos: Refugiados en Colombia

“Llegaron, delante de la niña y pum pum, lo mataron. Yo salí a las 12:45 de mi tierra. Aquí llegué a las 4:30 de la mañana”.

Con este testimonio comienza el pequeño reportaje de Luis Pérez, dueño del blog Historias de la antigua Gran Colombia. En su blog, Pérez comenta la situación de los miles de refugiados que huyen de la violencia de la zona perteneciente al pacífico sur colombiano. Estos compatriotas huyen de la pobreza hacia otra pobreza más dolorosa aún, pues tienen que añadirle el desarraigo, la miseria, la explotación y el miedo. La frontera con Ecuador siempre ha sido un espacio de gran fluidez, en el que los lazos entre ambos países se reinventan constantemente, más allá de la diplomacia de los salones gubernamentales. Como el mismo Pérez cuenta,

“Los males de Tumaco se están reproduciendo al otro lado de la frontera. Cuando cae la noche, el brazo de mar que llega hasta San Lorenzo, en territorio ecuatoriano, es territorio de los grupos armados colombianos. Se mueven en barcas, con uniformes y su flamante armamento. Todo el mundo los ve pero nadie denuncia, porque con la denuncia viene la muerte. Las guerrillas y los paramilitares colombianos se mueven a gusto por la frontera. El Ejército ecuatoriano no tiene ni la capacidad ni los medios para controlar al detalle los más de 600 kilómetros de la frontera.”

La impotencia e inoperancia de las patrullas en la frontera no es algo nuevo. Esta realidad puede sonar alarmante para muchos, pues usualmente se nos ha tratado de convencer de que las fronteras geográficas y legales entre países son muy claras. Sin embargo, no hay nada más lejos de la verdad. La frontera entre Colombia y Ecuador es sólo una muestra de la gran movilidad que tienen estos espacios, en los que lo legal y lo ilegal se funden. Desde tiempos coloniales estos espacios fueron un dolor de cabeza para los gobiernos locales y regionales, que se confesaban impotentes ante la plasticidad y el misterio que envolvía las regiones fronterizas. Las sociedades que se han formado en estas zonas tienen una marcada autarquía que obliga al Estado a negociar y a adaptarse… por supuesto, es algo de lo que se aprovechan organizaciones que depredan a los habitantes ante la vulnerabilidad del Estado… sin olvidar que muchas de estas organizaciones cuentan con la participación de miembros del Estado, que se aprovechan de sus poderes para ejercer su corrupción.

El desplazamiento forzoso en Colombia, una dinámica forjadora de nación.

Esta dinámica, tan terrible, no es nueva en la historia colombiana.

Como ya dije, desde la Colonia los gobiernos regionales y locales confesaban sus cortos alcances para controlar a toda la población. Esto hacía que las fronteras internas fueran más amplias de lo que hoy son. Al tener tanto espacio libre, muchas poblaciones podían surgir sin tener que estar planificadas y las reglas de convivencia se forjaban en la vida cotidiana. A veces la convivencia implicaba aprender a vivir con el miedo y la violencia extremos… implicaba convertir la violencia en una presencia continua, en un lenguaje común…

En el artículo de Pérez, la violencia es la causa del desplazamiento de estas comunidades. Todos sabemos que la violencia ha sido la causa de un intenso flujo migratorio entre las regiones de nuestro país. Muchos de nuestros compatriotas se tienen que ir, tienen que abandonar su hogar y sus vidas tal y como las conocen para poder tener la esperanza de reiniciar en otro sitio. Esta migración es forzosa y ya se sabe que pone a prueba tanto al desplazado como a la comunidad receptora; no es sólo una cuestión institucional, sino también una situación psicológica límite que deja profundas huellas en las personas… incluso en aquellas que, a simple vista, no se ven afectadas por el desplazamiento forzoso.

La gran diferencia entre las grandes olas de desplazamiento de nuestros días y aquellas de cien, doscientos y trescientos años, es que ahora podemos darnos cuenta de la magnitud de este proceso. El desplazamiento forzoso ha sido una dinámica forjadora de sociedad y de nación en Colombia; eso no minimiza su crueldad y su dureza, si no que lo hace más terrible. La penúltima gran ola de desplazamiento forzoso fue durante las décadas de 1930 a 1950 (1955), es decir, durante La Violencia. En esos años las ciudades colombianas adquirieron la faz moderna que nosotros identificamos, pues muchos barrios surgieron para darle cabida a la gente que llegaba huyendo de la violencia rural, una violencia igual a la que hoy nos aqueja.

Los recuerdos de aquellos que llegaron a las ciudades y se establecieron en barrios nuevos, hacen parte de nuestro legado contemporáneo. Ellos son nuestros abuelos y hasta bisabuelos, que seguramente tienen muy fresco en la memoria el recuerdo de haber salido de sus casas de la misma manera en que salió la protagonista del reportaje de Pérez. Estos recuerdos hacen parte de actitudes que configuran la manera de ser de todos nosotros como ciudadanos; así el Estado se esfuerce por crear un país con un conjunto de recuerdos y símbolos seleccionados, estos recuerdos hacen parte de los lazos que nos forman como nación al formar parte de una cultura común, de una cultura política que tiene una relación paradójica con nuestras instituciones. Por que Colombia, país institucionalista, no incluye a sus ciudadanos mediante mecanismos institucionales adecuados y sus ciudadanos, como tradición, no confían en dichas instituciones y prefieren no participar en ellas ni haciendo uso del voto.

Rumbo a la batalla de Palonegro – llamada en aquel tiempo Guerra de Palonegro, durante la Guerra de los Mil Días (1899-1902)

Antes de La Violencia, fueron los conflictos que dejó la Guerra de los Mil Días. Esta guerra sumió al país en una devastación general y consolidó la violencia como una estrategia política para acabar físicamente con el enemigo. El desplazamiento forzado también se hizo presente aquí como el mecanismo más cruel y efectivo para vaciar tierras, ampliar propiedades y colonizar antiguas fronteras naturales. Muchos pueblos que ahora tachonan nuestra geografía se formaron en aquellos años, con gentes desesperadas huyendo de los horrores de la guerra y con gentes esperanzadas de encontrar un sitio mejor, tal vez hasta buscando familiares que se habían perdido en esa guerra.

Desgraciadamente, las generaciones actuales desconocen casi todo de esta guerra, la gran Guerra de los Mil Días, que cerró el siglo XIX y abrió el siglo XX en nuestro país. Muchos colombianos desconocen la terrible tradición del desplazamiento y del refugiado en Colombia, que ha hecho de los odios heredados y del resentimiento, herencias comunes. Lo más frecuente es hallar ecos del extremo bipartidismo de aquellos años: los Conservadores contra los Liberales y viceversa; los azules culpando a los rojos de las guerrillas y los rojos culpando a los azules de las expropiaciones… en realidad, estas guerras tan viejas, que parecen tan lejanas a nosotros, fueron fruto común, fueron oficio de todos los colombianos sin distinción. Nos han construido como nación con toda su crueldad y su silencio.

Ahora, afortunadamente, podemos saber de los tormentos de nuestros refugiados… podemos fingir que no los vemos ni los oímos, pero esa ficción no dura.  La crueldad que nos ha construido como país ya no puede ser ignorada.

Bogotaneando – La crónica, parte 2

¿Será que el abandono hace parte de las políticas públicas? ¿Podemos considerar el abandono, como una forma de habitar la ciudad? Estas dos preguntas son las que toman lugar en mi cabeza, alternativamente, cada vez que pienso en Bogotá. 

El hecho de que Bogotá sea una ciudad que, en muchos sectores, es mejor pasar de largo, dice mucho del tipo de modernidad en el que vive. Ahora bien, hay que aclarar que la sectorización de Bogotá no es algo nuevo, muchos especialistas en historia y desarrollo urbano están de acuerdo en decir que dicha sectorización se fue consolidando desde hace unos cien años más o menos, cuando la ciudad empezó a recibir fuertes flujos migratorios de gentes que, sacadas de su localidad por la pobreza y por la guerra, sólo atinaban a buscar en Bogotá un lugar. La cuestión entonces es cómo se ha desarrollado esa sectorización, cómo es que se ha organizado a esa masa siempre creciente que son los bogotanos.

Lo que salta a la vista cuando uno intenta responder a dicha cuestión, es el innegable daño ecológico que la ciudad ha sufrido y que causa a sus regiones aledañas. Bogotá vive a costa de su ecosistema y los daños ya son irreversibles; es más, podríamos decir que uno de los precios que ha tenido que pagar por su gigantismo, ha sido el deterioro de su ecosistema, con el cual dejó de tener relación durante las últimas décadas del siglo XIX. Esa es una parte del abandono al que me refiero.

Santafé de Bogotá (Col.), Plaza de Bolívar

Ese abandono constituyó el núcleo de una administración sin verdadera planeación. Y parece que, cuando llegó la planeación, se planeó la ciudad del futuro en el norte y así quedó otra Bogotá… es como si fueran dos hermanitas siamesas, la una con problemas de desarrollo y la otra más repuestica. La primera, que comprende gran parte del antiguo núcleo histórico de la ciudad, parece en varias manzanas un pueblo de una película del oeste,  uno de esos pueblos perdidos en la mitad de la nada donde en cada esquina puede estar escondido un pistolero. Y al parecer así es. Es muy doloroso ver cómo la pobreza y la inseguridad, se alimentan del abandono gubernamental – y a su vez, el abandono gubernamental se alimenta de esa pobreza y de esa inseguridad. Ya había dicho en la primera crónica que en estas zonas eran tristemente evidentes el desaseo, el abandono y la tristeza; este ecosistema urbano es un ecosistema moribundo, sino es que ha muerto ya. Y ojalá me equivoque.

No me olvido del sector de La Candelaria, y a él le dedicaré una crónica aparte. Este sector alberga un intento de los administradores de la ciudad por reconciliarse con su ecosistema: el Eje Ambiental, que supuestamente se verá completo en una década (más o menos), cuando esas palmeras que sembraron después de la Séptima, bajando por la Avenida Jiménez, crezcan y den toda la sombra que prometen; los edificios circundantes tendrán una vista bellísima… pero falta ver si eso es suficiente para reactivar el ecosistema de esa parte de la ciudad.

Pasando de la nefasta 26 hacia el norte, uno puede ver el cambio de relación. Si es cierto que el abandono hace parte de las políticas públicas, el sector de Chapinero, la pequeña Suiza y otros en esa área, dan una curiosa señal de ello. Se dice en la academia que el mayor esfuerzo modernizador en Bogotá, estuvo enfocado a establecer una ruptura con la Colonia y todo lo material que estuviera asociado a esa forma de vida. Chapinero es un barrio que pareciera haber sido diseñado con ese propósito, con esas casas de estilo europeo que llaman la atención y que están siendo recuperadas.

Ya en el norte, uno siente los deseos de cosmopolitanismo y de modernidad en las avenidas que se ensanchan, en los edificios que proclaman que en ese sector habita la Bogotá moderna, centro financiero del país. polo turístico de la región. Incluso la localidad histórica recuperada en ese sector, Usaquén, presenta un lazo urbanístico con esos deseos de modernidad: tan limpia y conservada, los rastros perfectos del pueblecito, alberga en sus callejuelas bien mantenidas negocios y restaurantes que se han ido convirtiendo en parada obligada de los bon vivants y de los turistas. Esa es una parte de Bogotá que se muestra con orgullo, pues muestra el equilibrio de un desarrollo pensado; pero  ¿en realidad es tan pensado?

Santafé de Bogotá (Col) Parque de Usaquén

De aquí podemos volver a la otra pregunta inicial: ¿el abandono puede ser considerado como una forma de habitar la ciudad? Yo pienso que sí; los habitantes de Bogotá han abandonado su ciudad de muchas formas y la frustración con sus administradores es una de ellas. Pienso que muchos bogotanos se han cansado de querer algo mejor para su ciudad y por eso buscan otro lugar dónde hacerla… tal vez al norte, donde todo es más nuevo.

Hace tiempos: racismo en Colombia

Esta entrada comienza con una obra de arte, por gracia del colectivo Blanco Porcelana [visite la obra interactiva aquí].

Blanco Porcelana, uno de los posters de la   obra

Y luego continúa con una denuncia hecha en el blog La Silla Vacía en la que refieren cómo esta instalación artística ha sido objeto de una tutela, puesta por familiares de la artista, que se sienten vulneradas en su buen nombre… digo “vulneradas”, por que se trata de las tías de la artista. Y ese es uno de los lados del asunto.

Entonces: no hace falta continuar esta entrada diciendo que la artista simplemente está comentando algo que todos sabemos, que el racismo en Colombia existe. Todos estamos un poco cansados de saber que el racismo en Colombia es cosa de todos los días, pero de tanto decirlo y “saberlo”, en realidad lo pasamos por alto. De tanto señalarlo en las acciones y palabras de otros, en los casos que parecen traídos de una película sobre el sur gringo, se nos olvida lo que esta artista nos está presentando: que el racismo es una de nuestras estructuras sociales cotidianas, que lo llevamos en la sangre, como llevamos nuestra diversidad genética producto de la mezcla de tres razas (y eso que digo tres por simplificar, nada más… acuérdense que los españoles eran bien mezcladitos cuando llegaron por estos lares…)

La pieza central de esta obra son las frases que delatan nuestro racismo cotidiano; seguramente frases que la artista oyó en boca de sus tías y su mamá y seguramente, frases que todos hemos oído en bocas familiares… frases que, sin pensarlo, repetimos. Y el hecho de que las repitamos sin pensarlo, demuestra lo impregnada de racismo que está nuestra cultura colombiana. Los señalamientos a características étnicas que desde tiempos coloniales se han tomado como “desafortunados”, son uno de los rasgos  que se han mantenido en nuestra cultura, que durante la transición hacia un sistema democrático, no logró minimizar las barreras socioeconómicas que se asociaban a la cuestión racial; nuestro racismo está apuntalado entonces por un fuerte arrivismo económico: nadie quiere “ser negro” o “indio”, por que en el fondo, eso también significa ser “pobre”… y ser “pobre” significa no sólo no tener medios financieros, significa también estar a merced de otros para vivir, tener que soportar leyes injustas, no poder ejercer el libre albedrío en el mundo social.

Nuestro racismo cotidiano refuerza este prejuicio como un conjunto de frases, de comportamientos y actitudes que buscan no sólo señalar al “más oscurito”, sino negar cualquier parecido o relación con ese elemento social que se considera indigno; entonces vamos desde alaciarnos y teñirnos el cabello hasta los lentes de contacto de color claro y si con la cuestión física no alcanza, entonces vamos a la ostentación de aquello que usualmente reconocemos como pertenecientes a aquellos que detentan “el porte”: ropa, lenguaje corporal, actividades de ocio, lugares de vivienda y otros consumos que se asocian como pertenecientes a gente “con clase”… claro, la reacción de la gente “con clase” , no se hace esperar: “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”, para darle a entender al recién llegado que su ascenso social podrá mostrar todos los signos materiales de su redención, pero que su “esencia” (su verdadera piel, su verdadero cuerpo), sigue perteneciendo a ese mundo oscuro y pobre del que salió.

Y eso que no voy a hablar del contra-racismo, o racismo a la inversa: cuando el discriminado, a su vez, discrimina a su discriminador… eso requiere otra entrada en el blog.

El lado de la cuestión que mencioné al principio de este comentario, se refiere al hecho de que sean las familiares mujeres de la artista, las que hayan puesto la tutela. Las mujeres seguimos siendo las guardianas de los valores y la moral, a pesar de las alternativas que el feminismo ha puesto ante nosotras; ya ven entonces que no me parece lo máximo el que las mujeres sigamos replicando y promoviendo valores que no permiten la consolidación de una sociedad más incluyente… Y no se trata de falta de educación en muchos casos; seguramente las tías de la artista salieron graduadas de excelentes instituciones educativas y muchos de nosotros, los espectadores de la obra de arte, hemos ido a la Universidad; se trata de que casi siempre, nuestras instituciones educativas y educadores repiten los prejuicios sociales y no presentan -al menos de manera eficiente- la alternativa: unos valores democráticos y respetuosos. 

Las tías de la artista, como la gran mayoría de las mujeres colombianas, fueron objeto de una educación conservadora. Yo leo su reacción ante la obra como otro fruto de esa educación: el horror de pensar que la gente las va a considerar unas racistas. Pero en eso no se diferencian de los demás colombianos, incluso de aquellos que denunciamos la discriminación racial y que también somos hijos de una cultura racista. Ahí a ellas se les escapa que la artista no está diciendo que sólo sus tías son racistas; también está diciendo que ella, la artista, es racista; que los curadores de las galerías de arte son racistas; que otros artistas son racistas; que nosotros, los que vemos y experimentamos su obra, y nos escandalizamos con las frases de tono racista que nos muestra, somos racistas.

Entonces, para concluir esta entrada, me parece que esta obra de arte es poderosa por que saca de lo cotidiano algo que nos estructura como sociedad y que seguimos dando como estructura social a las nuevas generaciones: el racismo. Me gusta que haya sido entutelada, me parece que la acción judicial es una contribución a su poderoso efecto estético, pues pone en mayor relieve la hipocresía que manejamos ante nuestra conservadora sociedad colombiana – pero aclaro que no me gusta ver censura en el mundo del arte; en este caso, la censura ha cumplido una de las máximas de Oscar Wilde: “cuando me halagan, sé que lo he hecho bien; pero si me insultan, sé que he tocado las estrellas”. 

 

Bogotaneando – la crónica, parte 1

Bueno, no había vuelto a postear con frecuencia por cuestiones académicas. Esas cuestiones me llevaron a Bogotá, la capital de mi hermoso y loco país. Confieso que en lo que se refiere a viajes a la capital, era una completa novicia provinciana… pero sé que no soy la única, pues muchos colombianos se pasan la vida entera sin ir a la capital de su país, pues ni lo desean ni lo necesitan. Yo me sumé a aquellos colombianos que, por necesidad, salen de su ciudad natal para irse a la capital… fueron sólo dos meses y medio y sé que me quedó mucho por experimentar; pero igual, Bogotá fue toda una experiencia y quiero compartirla.

Entonces, comparto la primera impresión común a todos los que la ven por primera vez: es una ciudad muy grande… pero tanta enormidad esconde heridas y contrastes muy agudos, lo que la hace intrigante y abrumadora. La mejor manera de hacerse una idea de lo compleja y multifacética que es Bogotá, es usar el transporte público: Transmilenio o buseta. Sí, claro, entre tumultos y ladronzuelos a uno se le pueden quitar las ganas de participar de ese deporte extremo urbano bogotano, pero es el mejor medio para conocer la ciudad.

Transmilenio, estación Museo del Oro, Bogotá - Colombia

El famoso Transmilenio, diseñado y aplicado para resolver el problema de la movilidad de Bogotá, es una solución a medias. En realidad no es más barato ni más rápido, aunque tiene buses express que hacen los recorridos de una estación a otra directamente. Lo más emocionante que puede ofrecer Transmilenio, es una visión privilegiada de la sectorización de la ciudad y de la discriminación económica que esto implica; al tomar como recorrido central la Avenida Caracas, una sección de Transmilenio le da a uno la oportunidad de una visita turística sin guía; dependiendo de la hora, uno encuentra señales del abandono que sufren algunos sectores de Bogotá, sobre todo en el centro; yo tuve la experiencia de hacer ese recorrido en horas de la noche y vi estudiantes, trabajadores, comerciantes, ejecutivos, amas de casa, prostitutas, gamines y demás peleando por su lugar en la calle o por salir rápido de esa calle… ahí recordé algo que aprendí leyendo historia de la arquitectura: una ciudad puede ser moderna y fantasmal, pues se convierte en un lugar de paso y no de habitación; hay sectores del centro de Bogotá que son lugares de paso afanoso y contrariado para parte de sus habitantes, mientras que son lugares de habitación para otra parte de su población. Claro, esa parte de la población que los habita no es la población “de mostrar”…

Otro sector que muestra un gran abandono, es el sector de Las Cruces, que comienza unas cuantas calles más abajo del Palacio de Nariño y su zona de influencia -las carreras Octava y Novena-. Aquí el abandono lleva la marca de la pobreza.

 

Carrera Octava, antigua Calle de Florián, Bogotá - Colombia

La primera advertencia que uno recibe de los bogotanos, es no pasar por ese sector. Yo tuve la oportunidad de pasarlo en taxi, y ahí supe porqué: parecía un pueblo fantasma del viejo oeste. Curiosamente, es uno de los sectores más antiguos de Bogotá y sus viejas casas se hallan casi intactas, obviamente por que sus habitantes no han tenido con qué modernizarlas.

La violencia y la  rudeza de ese barrio se sienten al pasar por esas callecitas angostas, callecitas que con su escaso diámetro, hablan de los tiempos en que Bogotá fue un pueblo grande…

es muy triste ver cómo media ciudad queda abandonada a su suerte, pues al salir a la avenida en la que queda el famoso Hospital San Juan de Dios, otra institución histórica en la nación, la cosa no mejora: más abandono, más descuido, más suciedad, más tristeza.

Y así finalizo mi primera crónica bogotana.  No se preocupen, tengo mucho que decir al respecto y vendrán más.

Vista panorámica de Bogotá desde Monserrate, cerca al punto de llegada del funicular. Bogotá - Colombia

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