Bahía Trío: amansando el aire…

Eso me dijo mi querido amigo Juan Felipe cuando me presentó este grupo. Pero se quedó corto… no sólo es para amansar el aire, es para aprender a bailar con él, para cogerle el paso al caminar, para saber estarse quieto con él cuando uno debe parar para ver cuánto ha avanzado y ver en dónde fue que se quedó estancado…

¿No les parece muy cruel y a la vez muy curioso que un grupo chocoano que hace música chocoana, nos pueda parecer exótico a los colombianos? Eso dice mucho de lo sordos que estamos a nuestro propio pulso y de la enorme influencia que tiene la cultura masiva sobre nuestras vidas. Gracias a Dios los va uno descubriendo, se va dando uno cuenta de que hay mejores orillas sonoras… y de que esas orillas están a la vera del Pacífico colombiano.

Otro elemento de ese exotismo con el que podemos escuchar esta música, es el que, para nosotros, mamá África está bien lejos… al otro lado de un océano literal y mental que nos impide admitir la enorme cercanía cultural que tenemos con esas civilizaciones negras. Y sin embargo, esos ritmos suenan deliciosamente familiares…

Otra cosa: esta no es la música que se conforma en concordar con el estereotipo de lo negro, con su sexualización excesiva y su ridiculización gratuita. Esta es la música afrocolombiana que nos acerca a esa cultura musical africana donde dominan las aventuras rítmicas más sofisticadas y elegantes que se encuentran con combinaciones armónicas que desafían las reglas de la música occidental académica… es una música de alto calibre, señoras y señores… ahí les dejo:

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Hace tiempos: racismo en Colombia

Esta entrada comienza con una obra de arte, por gracia del colectivo Blanco Porcelana [visite la obra interactiva aquí].

Blanco Porcelana, uno de los posters de la   obra

Y luego continúa con una denuncia hecha en el blog La Silla Vacía en la que refieren cómo esta instalación artística ha sido objeto de una tutela, puesta por familiares de la artista, que se sienten vulneradas en su buen nombre… digo “vulneradas”, por que se trata de las tías de la artista. Y ese es uno de los lados del asunto.

Entonces: no hace falta continuar esta entrada diciendo que la artista simplemente está comentando algo que todos sabemos, que el racismo en Colombia existe. Todos estamos un poco cansados de saber que el racismo en Colombia es cosa de todos los días, pero de tanto decirlo y “saberlo”, en realidad lo pasamos por alto. De tanto señalarlo en las acciones y palabras de otros, en los casos que parecen traídos de una película sobre el sur gringo, se nos olvida lo que esta artista nos está presentando: que el racismo es una de nuestras estructuras sociales cotidianas, que lo llevamos en la sangre, como llevamos nuestra diversidad genética producto de la mezcla de tres razas (y eso que digo tres por simplificar, nada más… acuérdense que los españoles eran bien mezcladitos cuando llegaron por estos lares…)

La pieza central de esta obra son las frases que delatan nuestro racismo cotidiano; seguramente frases que la artista oyó en boca de sus tías y su mamá y seguramente, frases que todos hemos oído en bocas familiares… frases que, sin pensarlo, repetimos. Y el hecho de que las repitamos sin pensarlo, demuestra lo impregnada de racismo que está nuestra cultura colombiana. Los señalamientos a características étnicas que desde tiempos coloniales se han tomado como “desafortunados”, son uno de los rasgos  que se han mantenido en nuestra cultura, que durante la transición hacia un sistema democrático, no logró minimizar las barreras socioeconómicas que se asociaban a la cuestión racial; nuestro racismo está apuntalado entonces por un fuerte arrivismo económico: nadie quiere “ser negro” o “indio”, por que en el fondo, eso también significa ser “pobre”… y ser “pobre” significa no sólo no tener medios financieros, significa también estar a merced de otros para vivir, tener que soportar leyes injustas, no poder ejercer el libre albedrío en el mundo social.

Nuestro racismo cotidiano refuerza este prejuicio como un conjunto de frases, de comportamientos y actitudes que buscan no sólo señalar al “más oscurito”, sino negar cualquier parecido o relación con ese elemento social que se considera indigno; entonces vamos desde alaciarnos y teñirnos el cabello hasta los lentes de contacto de color claro y si con la cuestión física no alcanza, entonces vamos a la ostentación de aquello que usualmente reconocemos como pertenecientes a aquellos que detentan “el porte”: ropa, lenguaje corporal, actividades de ocio, lugares de vivienda y otros consumos que se asocian como pertenecientes a gente “con clase”… claro, la reacción de la gente “con clase” , no se hace esperar: “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”, para darle a entender al recién llegado que su ascenso social podrá mostrar todos los signos materiales de su redención, pero que su “esencia” (su verdadera piel, su verdadero cuerpo), sigue perteneciendo a ese mundo oscuro y pobre del que salió.

Y eso que no voy a hablar del contra-racismo, o racismo a la inversa: cuando el discriminado, a su vez, discrimina a su discriminador… eso requiere otra entrada en el blog.

El lado de la cuestión que mencioné al principio de este comentario, se refiere al hecho de que sean las familiares mujeres de la artista, las que hayan puesto la tutela. Las mujeres seguimos siendo las guardianas de los valores y la moral, a pesar de las alternativas que el feminismo ha puesto ante nosotras; ya ven entonces que no me parece lo máximo el que las mujeres sigamos replicando y promoviendo valores que no permiten la consolidación de una sociedad más incluyente… Y no se trata de falta de educación en muchos casos; seguramente las tías de la artista salieron graduadas de excelentes instituciones educativas y muchos de nosotros, los espectadores de la obra de arte, hemos ido a la Universidad; se trata de que casi siempre, nuestras instituciones educativas y educadores repiten los prejuicios sociales y no presentan -al menos de manera eficiente- la alternativa: unos valores democráticos y respetuosos. 

Las tías de la artista, como la gran mayoría de las mujeres colombianas, fueron objeto de una educación conservadora. Yo leo su reacción ante la obra como otro fruto de esa educación: el horror de pensar que la gente las va a considerar unas racistas. Pero en eso no se diferencian de los demás colombianos, incluso de aquellos que denunciamos la discriminación racial y que también somos hijos de una cultura racista. Ahí a ellas se les escapa que la artista no está diciendo que sólo sus tías son racistas; también está diciendo que ella, la artista, es racista; que los curadores de las galerías de arte son racistas; que otros artistas son racistas; que nosotros, los que vemos y experimentamos su obra, y nos escandalizamos con las frases de tono racista que nos muestra, somos racistas.

Entonces, para concluir esta entrada, me parece que esta obra de arte es poderosa por que saca de lo cotidiano algo que nos estructura como sociedad y que seguimos dando como estructura social a las nuevas generaciones: el racismo. Me gusta que haya sido entutelada, me parece que la acción judicial es una contribución a su poderoso efecto estético, pues pone en mayor relieve la hipocresía que manejamos ante nuestra conservadora sociedad colombiana – pero aclaro que no me gusta ver censura en el mundo del arte; en este caso, la censura ha cumplido una de las máximas de Oscar Wilde: “cuando me halagan, sé que lo he hecho bien; pero si me insultan, sé que he tocado las estrellas”. 

 

Dos fotógrafos del viejo Medellín

Comencemos con una imagen que tal vez puede aparecer como una rareza en eso que nosotros creemos que era Medellín (Colombia) en los años 40 del siglo XX:

Kira, bailarina exótica.

Sí, ella llegó a esta pequeña ciudad a comienzos de la década del 40 y cosechó enorme éxito bailando en los dos teatros más importantes de entonces, el Bolívar y el Guayaquil. A mí me da dificultad imaginarme a una bailarina exótica en la muy católica Medellín, pero don Francisco Mejía (1899-1979) me la pone así, de frente, como hizo con muchos personajes, espacios y momentos que inmortalizó con su cámara.

Kira no fue la única artista que retrató. Por su lente pasaron actrices, cantantes de ópera y de zarzuela, intelectuales, pintores, escultores y músicos que ahora no hacen parte de los recuerdos de la gran mayoría de los medellinenses -contadas excepciones. Admirando a Kira, uno logra percibir lo que el fotógrafo Mejía seguramente admiraba en ella… y en esto, no se diferenciaría de muchos caballeros de la época: sensualidad, belleza, fantasía con tintes de goce prohibido. Y ahí uno vuelve a estrellarse de frente contra el estereotipo que uno tiene de Medellín: tan chiquita, tan católica, tan aburrida, tan práctica, tan pacata, tan moralista, tan goda, tan… atractiva para bailarinas exóticas????

Como historiadora, el estrellón que la foto de Kira me produce me lleva a varias preguntas; la primera, la más obvia, apunta a develar como una artista como Kira podría ser bien recibida en una ciudad que, regida de día por “buenos principios morales”, en las noches “se soltaba el pelo”. ¿Kira, la válvula de escape a un moralismo asfixiante? Es lo más probable. Otras noticias de la época (y de épocas anteriores) revelan en reportajes periodísticos y anécdotas el lado rebelde, hasta oscuro, de esta Villa empotrada en el Valle de Aburrá: los medellinenses aquí pintados son seres violentos, o sujetos de pasiones trágicas, protagonistas de heroismos poéticos y algunos, hasta desplegaban cierto cosmopolitismo; Medellín se agitaba entre asesinatos, la apertura de revistas literarias, los debates políticos, las inclementes persecuciones políticas, las pulpiteadas de los curas, los bailaderos populares y las temporadas de ópera… sí, mucho cabía en la vieja y pequeña Medellín.

Para esta historiadora, la belleza de una foto como la de Kira radica no sólo en que, como dice la trillada expresión, equivale a mil palabras. Al buscar el contexto de esta imagen y sus protagonistas -la bailarina y el fotógrafo- encuentro que son más que mil palabras y que también implica experiencias que rebasan las palabras… mi trabajo es intentar traducir en palabras, conceptos, explicaciones, esas cosas dichas y no dichas. Y claro, sentidas.

Miren esta otra:

José Celada P., travesti.

¿Travestis en la conservadora Medellín????? Pues sí, y don Benjamín, con ese ojo tremendo que tenía para todo lo raro, fuera divino o humano, fotografió a varios de ellos. También inmortalizó a cantantes, intelectuales, políticos, gente de la elite medellinense y campesinos con su traje dominguero; ni los muertos se escaparon del lente de don Benjamín de la Calle (1869-1934), es más, entre sus series más conmovedoras están las de los niños muertos, que en sus ataudes llenos de flores, parecen dormidos… para la eternidad.

Muchos saben y claro, pocos están dispuestos a admitir, que la movida travesti y gay en Medellín siempre tuvo buen tráfico. Hay un rumor sobre cierto café en el centro de la ciudad, conocido punto de encuentro entre homosexuales durante los años 30 y 40. Y con esa gran habilidad de la sociedad medellinense para hacerse la de la vista gorda, estos personajes travestidos llamaban que llamaban su atención se ganaban la tenaz indiferencia de esa sociedad bienpensante, que sólo se ocupaba de “cosas decentes”.

Esta imagen tan perfecta, desafía esa imagen de Medellín como una comunidad de hombres de a caballo, de carriel y ruana, que conquistaron montes y poblaron valles.. y otros discursos regionales de ese estilo. En Medellín también han vivido hombres lo suficientemente machos para entaconarse y salir muy bien vestidos, a la última moda flapper, por las callejuelas del centro, cosechando a su paso miradas ardientes, asombro y puritano desdén. Ese es un Medellín que le debo a don Benjamín de la Calle; gracias a sus fotos, hay otro lado de esta ciudad que da al traste con ese terco ideal de “pueblo grande”, homogéneo y rezandero.

Fotos como las de Francisco Mejía y las de Benjamín de la Calle hacen parte de lo que los historiadores llamamos “fuentes”. Nos dicen mucho, pero lo más apasionante es lo que apenas revelan; eso es lo que nos manda como locos a los archivos, a esculcar papeles viejos -públicos y privados- que nos digan más, que nos respondan algunas preguntas y que nos impulsen a formular otras. Claro, no todo son preguntas y respuestas; para eso tenemos nuestros métodos, nuestras reglas que también, dado el caso, estiramos y hasta rompemos cuando nuestro olfato nos dice que hay más… que detrás de estas fotos, hay mucho más…

pero eso, va para otro artículo..

Hace tiempos: uno de los peligros de la amnesia

En mi querido país, la amnesia es generalizada y altamente peligrosa; por lo tanto, las terroríficas secuelas que deja son muchas y este post sólo se va a ocupar de una de tantas. Rueda la película…

Y esto no es todo… falta la segunda parte:

Es cierto, en Colombia hay templos más antiguos.. es posible que esta iglesia esté edificada en la zona de lo que fue una doctrina de indios y que hubiera quedado como punto de referencia para esa zona en la que había tanta población india móvil que trabajaba en las encomiendas y estancias.  Si estaba decorada con pinturas, habría seguido el modelo de muchos templos en Hispanoamérica -para indios y para blancos-, que contaban con coloridas escenas de las partes más importantes del evangelio que se quería enseñar a todos los habitantes de los nuevos reinos. 

El meollo del asunto, es la falta de cuidado del Ministerio de Cultura colombiano, como lo denuncia el sacerdote. Un ministerio que, al parecer, está más orientado a hacer publicidad volviendo al país una marca -“Colombia es pasión”- que en cuidar los restos materiales del pasado que nos construye… por que sí vale la pena cuidar de este vejestorio de edificio, ya que nos cuenta la historia de cómo una población fue incluida, a la fuerza y con diferentes herramientas, en un proyecto social y cultural que alteró sus vidas profundamente y que les dio un lugar relegado en una sociedad “blanca”, lugar del que no han salido todavía.

El hermoso mestizaje de una orquesta y el hip hop

La sacaron del estadio… esto es una maravilla, la Filarmónica y ChocQuibTown .. claro que sí!!!

Edmar Castañeda: arpa llanera y jazz

Sí, están leyendo bien: arpa llanera y jazz.  Este colombiano le está dando la vuelta al mundo, pero también a la música de su tierra. Al sacar el arpa llanera de su sitio habitual, está desafiando una larga historia de monumentalización de la música popular… pero tranquilos, que ya me voy a explicar.

Edmar Castañeda y su harpa mágica, tocando con Django Reinhardt en 2007

 

Los instrumentos musicales que están metidos en ese paquete cultural llamado “música folklórica colombiana” padecen, muchas veces, de un anquilosamiento, o encasillamiento que no les permite ser bien recibidos en otras formas de música. Muchos músicos se niegan a aceptar la plasticidad de un instrumento musical tradicional, por variadas razones; es posible que no les gusten los sonidos que produce fuera del contexto familiar, o que no entiendan el nuevo formato musical que tienen en frente. Todo eso es válido. Pero no debe ser obstáculo para que un instrumentista explore otras posibilidades con su instrumento.

Edmar Castañeda en plena acción.

 Al público amplio, por lo general, tampoco le caen bien estos cruces de frontera. Muchos seguramente dirán que es una especie de traición a la música tradicional y que el arpa llanera no tiene nada que hacer en una jam session de jazz. Muchos desdeñarán y recibirán con frialdad esta música, diciendo que “no es música colombiana, por lo tanto ni me va ni me viene”. La indiferencia es un indicativo, muy bueno, del rechazo basado en la falta de sentido de aventura.  Y también es totalmente válida.

La cuestión es que muchas veces, esa monumentalización o encasillamiento del que hablaba más arriba, se basan en estos sentimientos. Nos rehusamos a concebir algo diferente a lo familiar y tradicional y en este caso, nos negamos a la existencia de una posibilidad sonora muy rica y vibrante.  Al decir que la música de Edmar Castañeda no es música colombiana, se está apelando a un gusto que niega el cambio y la apertura cultural de nuestra nación, un proceso social que nos ha marcado durante los últimos 30 años.  Al decir que la música de Edmar Castañeda no pertenece a nuestra tradición, le negamos a nuestra cultura su diversidad, su riqueza, su enorme capacidad de aprendizaje y sobre todo, su inagotable fuerza creadora.

Lo que Castañeda hace con su arpa llanera, es una muestra de todas esas características que acabo de enunciar y que no tienen nada que ver con el anquilosamiento de los instrumentos musicales, una dolorosa consecuencia de entender el folklore como lo estático y inamovible.

Las alabanzas que Castañeda se ha ganado lo describen como un mundo en sí mismo, como un músico con el talento y el carisma necesarios para sacar su instrumento de la oscuridad. No podía ser de otro modo; hay que tener la potencia y la riqueza de un mundo, siempre en formación, para re-crear con tanta belleza una tradición.

Sólo cuando me río: porque no es lo mismo, ni es igual..

… y por ende, no son sinónimos. Aleida lo tiene muy claro:

Aleida, el alter ego femenino de Vlado.

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