Hace tiempos: El gran pánico

Como más puede describirse esta sensación occidental? No me atrevo a decir universal, pues no se si a los de Oriente y a los que están por fuera de esos dos sistemas culturales (occidente y oriente) les pase lo mismo. Al menos los occidentales andamos muy claustrofóbicos estos últimos años.

Hablo del Gran Pánico como referencia al título de una gran obra de la historia francesa salida de la pluma de Georges Lefebvre, que lleva el mismo título. En este trabajo, Lefevbre estudia las causas que llevaron a las revueltas campesinas previas a la revolución que se desató en París y que nosotros llamamos Revolución Francesa. Esas revueltas se caracterizaron, según Lefevbre, por el creciente miedo de los campesinos franceses a que los nobles se aliasen en una conspiracion maligna para matarlos de hambre. Corría el año de 1788 y Francia soportaba una crisis financiera a la que se añadía una terrible alteración climática provocada por la erupción del volcán islandés Loki en 1783; las secuelas de esta erupción ocasionaron tormentas e inundaciones que alteraron el verano y destruyeron la mayor parte de las cosechas; el invierno fue igual de mortífero durante los años siguientes. A la situación de escasez se unió entonces la pobreza y a estas dos, le siguió la delincuencia… Claro, suena muy familiar.

Ahora, hagamos la cuenta: de 1783 a 1789 fueron seis años… Seis años en los que aquello que era usual (la explotación económica y moral, las reglas de la sociedad estamental, las explicaciones religiosas y míticas para justificar el status quo) se fue desmoronando de manera escandalosa.  Las revueltas campesinas no eran nuevas en la Francia del Antiguo Régimen, pero la extensión del Gran Pánico las convirtió en un fenómeno novedoso y atemorizante.  Uno de los resultados fue la “abolición formal” de los derechos feudales de la nobleza francesa, lo que no fue bien recibido… Y ahí llegó la Revolución y luego su coletazo neoconservador napoleónico, nacionalista y monárquico…

 

El United Kingdom Independence Party (UKIP) es el partido político que ha acogido la bandera xenofóbica en Gran Bretaña. Para muchos de sus simpatizantes la llegada de inmigrantes es la causa principal del derrumbamiento del sistema de seguridad social inglés.

El United Kingdom Independence Party (UKIP) es el partido político que ha acogido la bandera xenofóbica en Gran Bretaña. Para muchos de sus simpatizantes la llegada de inmigrantes es la causa principal del derrumbamiento del sistema de seguridad social inglés.

 

Las oleadas de neo conservatismo que se han desplegado en los últimos 25 o 30 años en la sociedad occidental cuentan con el precedente del gran desmoronamiento cultural del siglo XX; el partido UKIP de Gran Bretaña, el resurgimiento del franquismo en España y la reorganización de los partidos conservadores en todo el mundo es una buena muestra de este fenómeno. Recordemos que el siglo XX fue el siglo de dos guerras mundiales en las cuales se dirimieron cuestiones éticas y culturales que habían definido la sociedad occidental. La reorganización política que siguió a la Segunda Guerra Mundial confirmó la supremacía de algunos países occidentales (Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Unión Soviética) y puso a otros en una posición ventajosa para recuperarse, como Alemania. El resto, como Latinoamérica, se vieron comprometidos en un orden jerárquico que marcaba los grados de “progreso” y “civilización” alcanzados por sus sociedades.

Este sistema ha sustentado nuestras sociedades en las últimas décadas.  Nosotros y nuestros padres, nuestros hijos, nos hemos criado con este sistema moral y social que otorga puntos por nuestra ascensión en la escala de privilegios. Esto implica que muchas categorías morales se convirtieron en sinónimos de condiciones materiales y viceversa. Las explicaciones religiosas y mitológicas para nuestro status quo ahora son variadas ─ somos, al menos la mayoría de los urbanitas, hijos de una cultura multi─religiosa, en la que los discursos religiosos pueden intercalarse y mezclarse para formar una narrativa que confirma nuestra posición vital.  Todo este andamiaje histórico y psicológico anda en crisis… las manifestaciones de esta crisis ya no transcurren ignoradas, nos llegan a través de los medios masivos y de las redes sociales virtuales.  Lo que en la Francia del siglo XVIII tomó casi diez años, a nosotros se nos viene como avalancha en menos tiempo. La disolución de lo que una vez conocimos como familiar nos amenaza y nos parece invencible.

Como hace casi doscientos años, nosotros, en nuestra actualidad, hemos desarrollado alternativas. Si la Europa en plena revolución apretó el gatillo para el cañón del Romanticismo, la sociedad occidental de postguerra se la jugó en el movimiento contracultural de los años 60 y 70.  Los modelos alternativos a nuestra sociedad jerarquizada surgieron desde esas décadas. Muchas de las alternativas de vida que ahora promovemos como formas de autocuidado y sanación se formaron y se divulgaron desde aquellos años.  Sin embargo, estamos demasiado invertidos como sociedad, como seres humanos en el presupuesto ético y moral de la jerarquización en la que hemos vivido y que hemos defendido. Ojo, que no voy a decir que la revolución marxista es la gran salida… si bien la teoría marxista nos provee de un impresionante vocabulario y marco analítico para entender nuestro andamiaje social, el que reconfigure dicho andamiaje me provoca serias dudas (no sé si a usted le pasa lo mismo …)

 

La diversidad sociocultural es una de las características de nuestra sociedad actual. Para muchos, la disolución de las identidades absolutas es una gran amenaza al edificio social que se ha construido, y por lo tanto, esta diversidad debe rechazarse con todos los instrumentos posibles.

La diversidad sociocultural es una de las características de nuestra sociedad actual. Para muchos, la disolución de las identidades absolutas es una gran amenaza al edificio social que se ha construido, y por lo tanto, esta diversidad debe rechazarse con todos los instrumentos posibles.

 

Estamos tan empeñados como sociedad en el modelo jerárquico en el que vivimos, que estamos dispuestos a sufrir un gran coletazo neoconservador para mantenerlo. Las últimas elecciones al Parlamento Europeo lo demuestran con la victoria de partidos de derecha y la fuerte lucha ideológica en Latinoamérica lo confirma, dando amplias muestras de la polarización ideológica que desgarra a nuestros países. Los Estados Unidos sufren un mal parecido, apenas camuflado por su organización federal.  Cada sociedad occidental está dispuesta a irse al garete con tal de conservar los privilegios que definen a sus clases sociales. Las justificaciones éticas, políticas, morales, religiosas, judiciales y sentimentales abundan y abundarán.  No debería extrañarnos entonces la criminalización de la pobreza ni la reglamentación de la xenofobia. Ambas condiciones ─ ser pobre, ser extranjero ─ implican unos serios debates éticos y políticos que cuestionan los privilegios que han servido para identificar a nuestras sociedades urbanas occidentales. Muchos de esos privilegios se centran en esto: no ser responsable de.  No ser responsable de las desgracias, ni de la pobreza, ni de la angustia de los otros… a veces, ni de la miseria propia.

No es “bonito” vivir en pánico.  A los franceses del siglo XVIII les disgustó tanto, que terminaron desatando el Terror… Y tengo la certeza de que nuestra cultura occidental va por los mismos caminos. No me las voy a dar de gurú, ni mucho menos de life coach y por eso no me voy a desgastar en recomendar claves para enfrentar, sortear ni mucho menos evitar este gran final. Creo que es sencillamente imposible. Y creo también que gente mucho más aventurera y competente que yo ─ por ejemplo Nietszche ─ ha recomendado buenos puntos de vista y métodos para ejercer la reinvención y así  darle buena sepultura a modelos de vida que están enterrándonos vivos y por los cuales estamos dispuestos a enterrar vivos a muchos otros.

Pero sí me queda una pregunta… ¿Vamos a quedarnos como zombies, como muertos vivientes, honrando un sistema que no tiene mucho caso?

Hace Tiempos: El Día de la Mujer, o la dulzura encubridora.

Fue hace poco, unos cuantos días. El tan cacareado día internacional de la Mujer se celebró con lo acostumbrado: muchas rosas (blancas y rojas), corazones, animalitos tiernos y un montón de comparaciones y superlativos que ensalzan a la Mujer como paradigma de existencia. Eso, por el lado tradicional.

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Hay otro modo de celebrar, o más bien conmemorar, que se ha hecho común en los últimos años. Ese modo consiste en recordar la razón histórica de esa fecha: la violenta muerte de un grupo de trabajadoras estadounidenses que reclamaban condiciones de trabajo más saludables y justas. Esta reivindicación se hace a la luz de lo que ha promulgado la ONU en cuanto a la celebración del Día Internacional de la Mujer como Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Pero este post no es para hacerle “barra” a un modo sobre el otro. Nace de una pregunta: ¿cuándo y cómo se hizo esta transformación de celebrar la autonomía y la igualdad de la mujer a reafirmar por medio de la celebración, su papel tradicional? No es una cosa sencilla y no deberíamos tomarlo a la ligera; sólo hay que escuchar las palabras y frases dedicadas a las mujeres y que llenan los medios de comunicación: las mujeres somos la mejor creación de Dios, la fuente de vida, la encarnación de la ternura, de la belleza, de la sensibilidad, de la delicadeza, de la fuerza silenciosa, de la paciencia, de la comprensión, de la fuerza en la fragilidad, y otras cosas por el estilo. También se alaba nuestra facilidad para las lágrimas, para aprender del dolor y para luchar a pesar de nuestra “manifiesta” flaqueza.

El modo tradicional de celebrar el Día de la Mujer: ¿Celebración o idealización perjudicial?

El modo tradicional de celebrar el Día de la Mujer: ¿Celebración o idealización perjudicial?

Y es que las mujeres no tenemos estas cualidades? Muchas sí, muchas no. El problema de este tipo de celebración que reafirma el rol tradicional de la mujer es que promueve un prototipo de feminidad que rara vez tiene algo que ver con la realidad. Semejante idealización no es buena, pues no promueve la comprensión de las debilidades y fallas que las mujeres, como seres humanos que somos, poseemos. Pero no es un error inocente. Al usar y repetir hasta el cansancio estos atributos para definirnos, nos quitan y nos quitamos la movilidad psicológica; dicha movilidad hace posible que crezcamos como seres humanos y que maduremos, logrando mayor autonomía y resiliencia (según varios diccionarios y la psicología, la resiliencia es la capacidad que tienen los individuos de sobreponerse a la adversidad y al dolor, no sólo superandolos, sino también integrándolos de manera constructiva en su vida para salir fortalecidos.)

Al promover a la mujer como fuente de vida, no se toma en cuenta a las mujeres que no pueden procrear, o que eligen no hacerlo y que no son menos mujeres por ello. La contracara es que es que promueve una definición de mujer en cuanto a su capacidad reproductora, algo que no está muy acorde con la variedad de carácteres de las mujeres ni con sus múltiples reacciones ante la maternidad. Muchas mujeres no tienen “instinto maternal”; muchas mujeres son pésimas madres y ponen en riesgo a sus hijos, incluso los matan. La maternidad como definición de la mujer sigue siendo una de las armas más crueles de sometimiento en muchas partes del mundo, donde las mujeres y niñas son entregadas en alianzas matrimoniales como transacciones entre familias y muchas madres jóvenes sufren la miseria, el abandono y fuertes crisis emocionales por verse obligadas a asumir una maternidad que tal vez no desearon.

Hay mujeres que no son tiernas, ni pacientes, ni comprensivas. Su rigidez intelectual y emocional las convierte en seres terribles y temibles, con los que es difícil dialogar y convivir. En muchas de nosotras, esa promoción de la fragilidad y la delicadeza ha dado pie a un estilo de vida caracterizado por el parasitismo emocional y material. Una mujer educada de este modo se porta como una princesa melindrosa, que se define por su incapacidad para crecer y hacerse cargo de sí misma. Lamentablemente, muchos hombres alimentan este círculo vicioso al definirse como proveedores totales.

Otro modo de celebrar: homenajear la fuerza femenina transformadora.

Otro modo de celebrar: homenajear la fuerza femenina transformadora.

Entonces, en esta celebración de lo femenino como sinónimo de lo frágil y lo quebradizo, las mujeres fuertes no quedan bien paradas. Y las mujeres que asumen su fuerza moral y física con alegría y sinceridad, sin el “a pesar de”, tampoco salen muy beneficiadas. Las mujeres deportistas y las mujeres que han elegido hacer sus vidas en carreras y oficios tradicionalmente masculinos, pueden sentirse en un lugar contradictorio. Las mujeres homosexuales, bisexuales y transgénero, posiblemente no se sienten homenajeadas con una celebración que no toma en cuenta su fuerza moral y psicológica, herramientas que han desarrollado al asumirse como son y al integrarse a la sociedad con toda su riqueza existencial.

La celebración del Día Internacional de la Mujer fue una idea del régimen socialista soviético a principios del siglo XX. Con ella se quería celebrar el papel activo y crucial que las mujeres obreras habían tenido en la revolución socialista rusa. La ONU comenzó a promoverlo de manera generalizada durante los años 70’s, cuando el feminismo estaba en pleno auge. Es posible que la edulcuración de esta celebración se haya dado durante los 80’s, cuando la sociedad occidental experimentó (y comenzó a ejercer) un liberalismo conservador que, si bien promovía un tipo de individualidad, lo hacía reafirmando los papeles tradicionales que habían sido cuestionados por la contracultura de las décadas tras la segunda guerra mundial. En Colombia, que no tuvo una fuerte ola contracultural, esta celebración ha pasado a formar parte de las herramientas para promover una arraigada visión patriarcal sobre las mujeres y sus capacidades. De ahí que en vez de hacerle mucha promoción a la fecha como homenaje a la fuerza femenina, capaz de activar fuertes cambios sociales, lo que se hace es promover una definición tradicional de la mujer como elemento secundario de la sociedad, más decorativo que activo.

Celebremos la fuerza femenina, en todas sus variedades.

Celebremos la fuerza femenina, en todas sus variedades.

El Día Internacional de la Mujer, tal y como se celebra, es un homenaje turbio. Tanta flor y osito de peluche disfraza realidades femeninas fuertes, muchas veces crueles, de las que podríamos aprender muchísimo y por las que hombres y mujeres debemos luchar, para que no se repitan. Lo femenino debería tener una celebración más alegre y compleja, que admita nuestra variedad humana, con sus fortalezas y flaquezas y que nos muestre con mayor complejidad histórica. Sobre todo debería recordarnos cómo las mujeres hemos podido cambiar el mundo, solas y con la ayuda de los hombres… que muchas veces, en vez de preferir la muñeca que pintan en las alabanzas durante el Día de la Mujer, prefieren una mujer fuerte que ha vivido.

Hace tiempos: Refugiados en Colombia

“Llegaron, delante de la niña y pum pum, lo mataron. Yo salí a las 12:45 de mi tierra. Aquí llegué a las 4:30 de la mañana”.

Con este testimonio comienza el pequeño reportaje de Luis Pérez, dueño del blog Historias de la antigua Gran Colombia. En su blog, Pérez comenta la situación de los miles de refugiados que huyen de la violencia de la zona perteneciente al pacífico sur colombiano. Estos compatriotas huyen de la pobreza hacia otra pobreza más dolorosa aún, pues tienen que añadirle el desarraigo, la miseria, la explotación y el miedo. La frontera con Ecuador siempre ha sido un espacio de gran fluidez, en el que los lazos entre ambos países se reinventan constantemente, más allá de la diplomacia de los salones gubernamentales. Como el mismo Pérez cuenta,

“Los males de Tumaco se están reproduciendo al otro lado de la frontera. Cuando cae la noche, el brazo de mar que llega hasta San Lorenzo, en territorio ecuatoriano, es territorio de los grupos armados colombianos. Se mueven en barcas, con uniformes y su flamante armamento. Todo el mundo los ve pero nadie denuncia, porque con la denuncia viene la muerte. Las guerrillas y los paramilitares colombianos se mueven a gusto por la frontera. El Ejército ecuatoriano no tiene ni la capacidad ni los medios para controlar al detalle los más de 600 kilómetros de la frontera.”

La impotencia e inoperancia de las patrullas en la frontera no es algo nuevo. Esta realidad puede sonar alarmante para muchos, pues usualmente se nos ha tratado de convencer de que las fronteras geográficas y legales entre países son muy claras. Sin embargo, no hay nada más lejos de la verdad. La frontera entre Colombia y Ecuador es sólo una muestra de la gran movilidad que tienen estos espacios, en los que lo legal y lo ilegal se funden. Desde tiempos coloniales estos espacios fueron un dolor de cabeza para los gobiernos locales y regionales, que se confesaban impotentes ante la plasticidad y el misterio que envolvía las regiones fronterizas. Las sociedades que se han formado en estas zonas tienen una marcada autarquía que obliga al Estado a negociar y a adaptarse… por supuesto, es algo de lo que se aprovechan organizaciones que depredan a los habitantes ante la vulnerabilidad del Estado… sin olvidar que muchas de estas organizaciones cuentan con la participación de miembros del Estado, que se aprovechan de sus poderes para ejercer su corrupción.

El desplazamiento forzoso en Colombia, una dinámica forjadora de nación.

Esta dinámica, tan terrible, no es nueva en la historia colombiana.

Como ya dije, desde la Colonia los gobiernos regionales y locales confesaban sus cortos alcances para controlar a toda la población. Esto hacía que las fronteras internas fueran más amplias de lo que hoy son. Al tener tanto espacio libre, muchas poblaciones podían surgir sin tener que estar planificadas y las reglas de convivencia se forjaban en la vida cotidiana. A veces la convivencia implicaba aprender a vivir con el miedo y la violencia extremos… implicaba convertir la violencia en una presencia continua, en un lenguaje común…

En el artículo de Pérez, la violencia es la causa del desplazamiento de estas comunidades. Todos sabemos que la violencia ha sido la causa de un intenso flujo migratorio entre las regiones de nuestro país. Muchos de nuestros compatriotas se tienen que ir, tienen que abandonar su hogar y sus vidas tal y como las conocen para poder tener la esperanza de reiniciar en otro sitio. Esta migración es forzosa y ya se sabe que pone a prueba tanto al desplazado como a la comunidad receptora; no es sólo una cuestión institucional, sino también una situación psicológica límite que deja profundas huellas en las personas… incluso en aquellas que, a simple vista, no se ven afectadas por el desplazamiento forzoso.

La gran diferencia entre las grandes olas de desplazamiento de nuestros días y aquellas de cien, doscientos y trescientos años, es que ahora podemos darnos cuenta de la magnitud de este proceso. El desplazamiento forzoso ha sido una dinámica forjadora de sociedad y de nación en Colombia; eso no minimiza su crueldad y su dureza, si no que lo hace más terrible. La penúltima gran ola de desplazamiento forzoso fue durante las décadas de 1930 a 1950 (1955), es decir, durante La Violencia. En esos años las ciudades colombianas adquirieron la faz moderna que nosotros identificamos, pues muchos barrios surgieron para darle cabida a la gente que llegaba huyendo de la violencia rural, una violencia igual a la que hoy nos aqueja.

Los recuerdos de aquellos que llegaron a las ciudades y se establecieron en barrios nuevos, hacen parte de nuestro legado contemporáneo. Ellos son nuestros abuelos y hasta bisabuelos, que seguramente tienen muy fresco en la memoria el recuerdo de haber salido de sus casas de la misma manera en que salió la protagonista del reportaje de Pérez. Estos recuerdos hacen parte de actitudes que configuran la manera de ser de todos nosotros como ciudadanos; así el Estado se esfuerce por crear un país con un conjunto de recuerdos y símbolos seleccionados, estos recuerdos hacen parte de los lazos que nos forman como nación al formar parte de una cultura común, de una cultura política que tiene una relación paradójica con nuestras instituciones. Por que Colombia, país institucionalista, no incluye a sus ciudadanos mediante mecanismos institucionales adecuados y sus ciudadanos, como tradición, no confían en dichas instituciones y prefieren no participar en ellas ni haciendo uso del voto.

Rumbo a la batalla de Palonegro – llamada en aquel tiempo Guerra de Palonegro, durante la Guerra de los Mil Días (1899-1902)

Antes de La Violencia, fueron los conflictos que dejó la Guerra de los Mil Días. Esta guerra sumió al país en una devastación general y consolidó la violencia como una estrategia política para acabar físicamente con el enemigo. El desplazamiento forzado también se hizo presente aquí como el mecanismo más cruel y efectivo para vaciar tierras, ampliar propiedades y colonizar antiguas fronteras naturales. Muchos pueblos que ahora tachonan nuestra geografía se formaron en aquellos años, con gentes desesperadas huyendo de los horrores de la guerra y con gentes esperanzadas de encontrar un sitio mejor, tal vez hasta buscando familiares que se habían perdido en esa guerra.

Desgraciadamente, las generaciones actuales desconocen casi todo de esta guerra, la gran Guerra de los Mil Días, que cerró el siglo XIX y abrió el siglo XX en nuestro país. Muchos colombianos desconocen la terrible tradición del desplazamiento y del refugiado en Colombia, que ha hecho de los odios heredados y del resentimiento, herencias comunes. Lo más frecuente es hallar ecos del extremo bipartidismo de aquellos años: los Conservadores contra los Liberales y viceversa; los azules culpando a los rojos de las guerrillas y los rojos culpando a los azules de las expropiaciones… en realidad, estas guerras tan viejas, que parecen tan lejanas a nosotros, fueron fruto común, fueron oficio de todos los colombianos sin distinción. Nos han construido como nación con toda su crueldad y su silencio.

Ahora, afortunadamente, podemos saber de los tormentos de nuestros refugiados… podemos fingir que no los vemos ni los oímos, pero esa ficción no dura.  La crueldad que nos ha construido como país ya no puede ser ignorada.

Hace tiempos: espumoso licor, yo te saludo…

Hoy quiero compartir otro hallazgo en el archivo, esta vez cortesía de la colección patrimonial de documentos de la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Este poema fue publicado en la revista literaria El Montañés, una de las muchas publicaciones culturales que tuvieron vida efímera en el Valle de Aburrá a comienzos del siglo XX.  Como sé que muchos comparten mi gusto -por la cerveza, al menos, ahí les va…

LA MUSA DE LA CERVEZA

Mi bebida es cerveza fina y dorada,

para engañar la vida bebo cerveza,

su lúpulo mezclado con su cebada

tiene amor, alegría, gracia y belleza.

La sangre se atempera con su fermento,

el pulso se sosiega con su frescura,

y en calma las arterias y el pensamiento

los ojos se reposan en su hermosura.

Vertida en rutilantes vasos profundos,

finge cristal precioso que burbujea,

génesis esplendente lleno de mundos

donde el sol se hace chispas y centellea.

Amén!!

 

Cuando su hervor estalla con fuerza suma,

una visión el vaso lanza sonoro

con ojos de topacio, labios de espuma

y frente chorreante de rizos de oro.

 

 

Es la musa dorada de la cerveza,

tembladoras burbujas forman su risa,

y hecha está la mantilla de su cabeza

con claveles pajizos que el sol irisa.

Andaluza parece, y es alemana,

árabe, inglesa, egipcia, rusa y hebrea;

cruza al pie del Vesubio, y es italiana;

por las tierras de Cristo, y es galilea.

Es popular y alegre como una copla,

a los reyes iguala con los vasallos,

y, en un búcaro, ha visto Constantinopla

tras las rejas doradas de los serrallos.

Salud 🙂

Sus átomos son letras burbujeantes

que entienden cuantas razas alumbra el día,

y su verbo de pompas tonificantes

trama collares de hombres con la alegría.

En Nueva York grandioso como en Atenas,

en París esplendente como en la Nubia,

triunfan sus áureas gotas de vida plenas

y su espuma que es blonda de seda rubia.

Lo mismo da en los vasos, susurradora,

dentro de un patio alegre de Andalucía,

que con ella el Egipto sus labios dora

en las noches de fuego de Alejandría.

Acaso un rey artista va entre arenales,

llevando por remotos itinerarios,

su hastío que conducen a sillas reales

entre asiáticas pompas los dromedarios,

y al sentir ya los labios cual ascuas vivas,

el rey, por un capricho de su riqueza,

bebe las gotas de oro que van cautivas

en el cosmos dorado de la cerveza.

"Una cerveza antes de dormir, significa una mejor noche para toda la familia!"

Quizás también en suelos alcatifados,

y encima de almohadones de sedas vanas,

tiene un sultán los ojos encandilados

en un valle de hebreas y circasianas:

En una pipa, larga como serpiente,

fuma el fino tabaco que Arabia cría,

y el humo va a borrarse lánguidamente

en los muros pintados por la alegría:

y cuando en sed la sangre quema su boca,

pide a un eunuco negro rubia cerveza,

cuyo tapón tronante vibrando toca

en los techos calados por la belleza.

Dondequiera que al aire salta profusa

lanzando un taponazo rudo y sonoro,

allí sale del vaso la rubia musa

con la faz entre un marco de bucles de oro.

Ella pisa la esclava triste Polonia

y el calcinado suelo de Fez ardiente;

en el nombre de Irlanda besa a Bolonia,

en el nombre del Norte besa al Oriente.

Cosmopolita errante, mira mil soles

al desbordar la espuma de sus cristales;

en el Japón salpica los quitasoles,

en Persia los tapices de oro torzales.

Si enlazando naciones va furibundo

el tren vertiginoso, con más presteza

va uniendo corazones por todo el mundo

la espuma detonante de la cerveza.

Alzad la rubia copa, todos sus fieles,

cuantos movéis los hilos en los telares,

cuantos pulsáis las liras y los cinceles,

cuantos alzáis las hostias en los altares.

"La cerveza cambiará al mundo... no sé cómo, pero lo hará."

Los que esgrimís la azada que el brazo abruma,

los que, puras las almas, dictáis las leyes,

y en alto ya la copa llena de espuma

por vasallos y nobles, pobres y reyes,

juremos que tejid0s con fe de hermanos

nadie logre inspirarnos odio iracundo;

¡y un collar formaremos con nuestras manos

como un gigante abrazo que abarque el mundo!

 

Salvador Rueda, Madrid, 19 de Noviembre de 1904.

 

 

Hace tiempos: Una aventura en el Archivo de Prensa…

Pocas personas saben que en el cuarto piso de la Biblioteca de la Ciudad Universitaria en la Universidad de Antioquia, existe uno de los mejores archivos de prensa del país. Claro, no es un lugar muy concurrido por el gran público, pues rara vez la gente en general tiene la necesidad de desenterrar viejas noticias de años pasados. Para los que trabajamos con archivos, para los que escarbamos entre las letras de imprenta mudas, el archivo es un hogar, es un laberinto lleno de aventuras.

Biblioteca de la Universidad de Antioquia, Medellín (Ant.)

Una de esas aventuras me ocurrió en estas semanas, trabajando en ese Archivo de Prensa, donde reposan las ambiciones impresas de los primeros periodistas colombianos, así como las arriesgadas investigaciones de los profesionales reporteros de los últimos tiempos.

Esta aventura tuvo una triste coincidencia: mientras yo escudriñaba un número del periódico El Espectador, de Medellín, del año 1899, el archivo se fue llenando de mujeres jóvenes y maduras, todas ávidas de un tipo específico de noticias: la presencia de grupos paramilitares en ciertas zonas de Medellín a principios de los años 90, así como la publicación de notas donde anunciaban la aparición de cadáveres y fosas comunes en esos mismos años.

Una de las viejas ediciones del periódico El Espectador, en sus comienzos, en Medellín. En 1915, el periódico se trasladó a Bogotá.

Muchas recordaban la fecha donde aparecían las notas que más les interesaban. Otras recordaban las fotos que ilustraban la página donde estaba la noticia que buscaban. Otras buscaban sus agujas en ese pajar de páginas de prensa, cada vez más grande, pues al no recordar la fecha exacta, tenían que armarse de paciencia para buscar en cajas y más cajas de prensa guardada y celosamente cuidada por los auxiliares del archivo.  Muchas no sabían cómo debían solicitar lo que buscaban, y sobre todo, no sabían cómo pedir una copia del pedacito de papel que les ayudaría a argumentar sus casos; por ende, los dos auxiliares jefes se vieron copados de actividad, pues sólo ellos pueden sacar fotografías de los periódicos con los cuidados necesarios, para evitar la destrucción prematura del ejemplar.

Las filas para pedir una foto, los nervios, la angustia y hasta la frustración eran los mayores componentes de la atmósfera del archivo en esos momentos. El archivo, usualmente tan pacífico y callado, se había convertido en un hormiguero. Las afortunadas que encontraban su noticia sonreían con la tranquilidad de haber hallado el argumento que necesitaban para contextualizar sus muertos y argumentarlos en un tribunal. Como es usual entre las mujeres, la conversación sobre la situación en común no tardó en surgir… es un buen modo de compartir la premura y darse ánimos; las preguntas “cuándo lo/la mataron?” “dónde lo/la mataron?” “dónde lo/la encontraron?” eran frecuentes; a éstas se unían “Y tiene más hijos?” o con más precisión, ante la presencia de pequeños acompañantes: “Este es su nieto/a, hijo/a?”  Claro, también llegaron las sonrisas de celebración junto a un “bendito sea Dios, qué bueno que encontró la noticia!!” o un más preciso “Claro que iba a encontrar, si por esas fechas los paras mandaban por allá!!”

Toda esta actividad frenética por encontrar rastro de lo que ellas ya sabían, se tomó el archivo ese día.. se lo ha tomado por varios días…

Mientras tanto, yo leía mis rollos de prensa microfilmada. En el diario liberal El Espectador, en los números de 1899, el editor y varios corresponsales denunciaban las persecuciones políticas que el gobierno ultraconservador, bajo la bandera de la Regeneración, ejercía contra los liberales. El editor -Fidel Cano- y sus corresponsales denunciaban el ambiente de inseguridad y de creciente temor, pues la guerra se veía como algo inevitable; en el periódico también se denunciaba la progesiva pérdida de libertades republicanas y la penuria económica que asolaba a la nación. Entonces, llegué al último número de 1899 y me levanté a buscar el rollo del año 1900. Pero el siguiente rollo comienza en 1903… claro, pensé: la Guerra de los Mil Días, que llenó de terror al país, que desangró regiones, que aniquiló la incipiente economía colombiana y que dio el marco para la secesión de Panamá, comenzó a finales de 1899 y terminó a finales de 1902. Esa guerra dejó en claro cómo la contienda política volvía a tomar la dinámica de aniquilar al otro que tiene ideas diferentes. Por medio de los sufrimientos de la Guerra de los Mil Días, se construyeron recuerdos que aún constituyen las identidades regionales de nuestro país: la goda Antioquia (en la que muchos liberales antioqueños lucharon y sufrieron y sobrevivieron), la Costa liberal, las guerrillas liberales y conservadoras del Valle, del Huila… todos colombianos asesinados y expropiados por el absolutismo de las ideas, ideas vueltas bandera para encubrir venganzas personales en muchos casos… para encubrir masacres, violaciones, asesinatos selectivos, robos hechos en nombre del partido, del pueblo, de la Iglesia… y claro, en nombre de la nación y de su bienestar.

Ejércitos liberales al comienzo de la Guerra de los Mil Días.

Entonces, recordando lo que sé de la Guerra de los Mil Días, y con las conversaciones de estas mujeres en mis oídos,  recomencé mi lectura en el año 1903… don Fidel Cano volvía a la imprenta, prometiendo continuidad e imparcialidad. Claro, las noticias tristes no tardaban en aparecer en el rollo de microfilm: más penuria económica (venta de casas, de muebles, ruegos por trabajo), peticiones de noticias de los esposos que se fueron a la guerra y cuyas esposas aún esperaban sin saber si eran viudas o si debían esperar a un inválido -o loco..- y las tristes nuevas del fallecimiento de muchos, víctimas de la guerra, de los que apenas se sabía una vez restablecida la regularidad de las comunicaciones por telegrama. La rabia por la pérdida de Panamá coronaba este panorama periodístico..

Y mientras yo me levantaba de mi silla para estirar un poco las piernas y buscar mi rollo de microfilm, escuchaba cómo entre estas mujeres que buscan noticias sobre un dolor que ya conocen muy bien, surgían frases parecidas a las que Fidel Cano y varios de sus corresponsales escribían hace poco más de cien años. Escuchaba lamentos que, de tanto leer en los archivos y los libros, se vuelven dolorosamente comunes.

Estas mujeres no lo saben y no lo sospechan, pero su búsqueda y lo que yo leo en el viejo diario El Espectador, tienen mucho en común. Y no me causa alegría darme cuenta de esto. Por qué vivimos en un país en que hay que argumentar nuestros muertos, para que se les reconozca la dignidad de ser admitidos por sus victimarios? Acaso podemos sentirnos orgullosos de que las frases de un editor de periódico de hace 100 años tengan eco en la voz de mujeres que ni saben que existió, ad portas del siglo XXI?

Y lo más doloroso: ¿Por qué insistimos en olvidar, en no recordar ni apropiarnos de nuestras memorias, sino que las relegamos a un archivo, donde pocos las ven y donde muchos se olvidan de su existencia? ¿En realidad es más fácil olvidar y señalar impunemente al otro como causa de los problemas, sin hacer un acto de remembranza liberador? un acto de memoria en el que podamos decir nosotros, todos nosotros, somos víctimas y victimarios, hemos inflingido dolor y lo hemos recibido y lo hemos repetido al señalar al otro y no ponernos en su piel.

A propósito, si desean visitar el Archivo de Prensa de la Biblioteca de la Universidad de Antioquia, pueden ir de Lunes a Sábado entre 8 de la mañana y 6 de la tarde, 3 de la tarde los Sábados… luego les contaré de otros archivos, igual de retadores.

Hace tiempos: La vieja guitarra

Con perdón de Silvio, Facundo y otros sabios de esa tribu… pero las protestas de mi vieja guitarra van por otro lado. Tienen voces audaces, en tanto que mal entendidas. No reclama perentoriamente, pero cuando suena, no hay más remedio que escucharla.

Y mil disculpas, Paco de Lucía y Gipsy Kings. Por que su salero es una rica herencia, es algo que el tiempo ha forjado con esas manos de artesano curtido… son manos de artesano las que la hacen sonar…

A muchos les va a disgustar, pero este legado surgido de esa relación amor-odio entre nosotros los criollos y los ibéricos, ha sido una de las maravillas más elásticas, más transgresoras. El señorial Joaquín Rodrigo lo supo cuando compuso para ella sus sonoras elegías: este noble instrumento, nacido de otra relación amor-odio (entre moros y cristianos), tiene tanto de princesa como de saltimbanqui… si bien requiere la calma de estar sentado, puede salir a espaldas de su poseedor (¿esclavo?) en cualquier momento…

Entre dama y brincona, mi vieja guitarra se amiga con todos. Entre bailes y llantos, es tan camarada como el licor que puede remojar a ambos y como el recuerdo que puede detonarlos. Muy bella, de formas esplendorosas y también ajada y con signos de excesivo manoseo, ha sido tan constante como los caminos imprevistos por los que ha viajado gran parte de nuestro sentir sin palabras.

Si bien no le choca la erudición, ha sido fiel al analfabeto, a aquél que primero aprende a cantar y a tocarla que a distinguir letras o notas en un papel. Ella sí que no distingue entre razas o credos. Y es tanto el amor de muchos por ella, que quieren que su ataúd tenga forma de guitarra:

La vieja guitarra, la mía, la de todos, nadie puede reclamarla para sí. Todos vamos en sus cuerdas, tiene suficiente fuerza para cargarnos. Llegó a estas latitudes hace 500 años y nadie puede desterrarla, esta es su casa tanto como esa rara península Ibérica. Y como sabemos que no le gusta estarse solamente en un par de sitios, pues la compartimos con muchos…

Tan fuerte y tan sonora y tan flexible como una caña de bambú, tan andariega como una gitana y como una india y como una negra, tan mezclada como muchas de las músicas que suenan en ella… como todo lo poderoso de la cultura humana, es en sus variadas formas donde radica su fuerza.

Dos fotógrafos del viejo Medellín

Comencemos con una imagen que tal vez puede aparecer como una rareza en eso que nosotros creemos que era Medellín (Colombia) en los años 40 del siglo XX:

Kira, bailarina exótica.

Sí, ella llegó a esta pequeña ciudad a comienzos de la década del 40 y cosechó enorme éxito bailando en los dos teatros más importantes de entonces, el Bolívar y el Guayaquil. A mí me da dificultad imaginarme a una bailarina exótica en la muy católica Medellín, pero don Francisco Mejía (1899-1979) me la pone así, de frente, como hizo con muchos personajes, espacios y momentos que inmortalizó con su cámara.

Kira no fue la única artista que retrató. Por su lente pasaron actrices, cantantes de ópera y de zarzuela, intelectuales, pintores, escultores y músicos que ahora no hacen parte de los recuerdos de la gran mayoría de los medellinenses -contadas excepciones. Admirando a Kira, uno logra percibir lo que el fotógrafo Mejía seguramente admiraba en ella… y en esto, no se diferenciaría de muchos caballeros de la época: sensualidad, belleza, fantasía con tintes de goce prohibido. Y ahí uno vuelve a estrellarse de frente contra el estereotipo que uno tiene de Medellín: tan chiquita, tan católica, tan aburrida, tan práctica, tan pacata, tan moralista, tan goda, tan… atractiva para bailarinas exóticas????

Como historiadora, el estrellón que la foto de Kira me produce me lleva a varias preguntas; la primera, la más obvia, apunta a develar como una artista como Kira podría ser bien recibida en una ciudad que, regida de día por “buenos principios morales”, en las noches “se soltaba el pelo”. ¿Kira, la válvula de escape a un moralismo asfixiante? Es lo más probable. Otras noticias de la época (y de épocas anteriores) revelan en reportajes periodísticos y anécdotas el lado rebelde, hasta oscuro, de esta Villa empotrada en el Valle de Aburrá: los medellinenses aquí pintados son seres violentos, o sujetos de pasiones trágicas, protagonistas de heroismos poéticos y algunos, hasta desplegaban cierto cosmopolitismo; Medellín se agitaba entre asesinatos, la apertura de revistas literarias, los debates políticos, las inclementes persecuciones políticas, las pulpiteadas de los curas, los bailaderos populares y las temporadas de ópera… sí, mucho cabía en la vieja y pequeña Medellín.

Para esta historiadora, la belleza de una foto como la de Kira radica no sólo en que, como dice la trillada expresión, equivale a mil palabras. Al buscar el contexto de esta imagen y sus protagonistas -la bailarina y el fotógrafo- encuentro que son más que mil palabras y que también implica experiencias que rebasan las palabras… mi trabajo es intentar traducir en palabras, conceptos, explicaciones, esas cosas dichas y no dichas. Y claro, sentidas.

Miren esta otra:

José Celada P., travesti.

¿Travestis en la conservadora Medellín????? Pues sí, y don Benjamín, con ese ojo tremendo que tenía para todo lo raro, fuera divino o humano, fotografió a varios de ellos. También inmortalizó a cantantes, intelectuales, políticos, gente de la elite medellinense y campesinos con su traje dominguero; ni los muertos se escaparon del lente de don Benjamín de la Calle (1869-1934), es más, entre sus series más conmovedoras están las de los niños muertos, que en sus ataudes llenos de flores, parecen dormidos… para la eternidad.

Muchos saben y claro, pocos están dispuestos a admitir, que la movida travesti y gay en Medellín siempre tuvo buen tráfico. Hay un rumor sobre cierto café en el centro de la ciudad, conocido punto de encuentro entre homosexuales durante los años 30 y 40. Y con esa gran habilidad de la sociedad medellinense para hacerse la de la vista gorda, estos personajes travestidos llamaban que llamaban su atención se ganaban la tenaz indiferencia de esa sociedad bienpensante, que sólo se ocupaba de “cosas decentes”.

Esta imagen tan perfecta, desafía esa imagen de Medellín como una comunidad de hombres de a caballo, de carriel y ruana, que conquistaron montes y poblaron valles.. y otros discursos regionales de ese estilo. En Medellín también han vivido hombres lo suficientemente machos para entaconarse y salir muy bien vestidos, a la última moda flapper, por las callejuelas del centro, cosechando a su paso miradas ardientes, asombro y puritano desdén. Ese es un Medellín que le debo a don Benjamín de la Calle; gracias a sus fotos, hay otro lado de esta ciudad que da al traste con ese terco ideal de “pueblo grande”, homogéneo y rezandero.

Fotos como las de Francisco Mejía y las de Benjamín de la Calle hacen parte de lo que los historiadores llamamos “fuentes”. Nos dicen mucho, pero lo más apasionante es lo que apenas revelan; eso es lo que nos manda como locos a los archivos, a esculcar papeles viejos -públicos y privados- que nos digan más, que nos respondan algunas preguntas y que nos impulsen a formular otras. Claro, no todo son preguntas y respuestas; para eso tenemos nuestros métodos, nuestras reglas que también, dado el caso, estiramos y hasta rompemos cuando nuestro olfato nos dice que hay más… que detrás de estas fotos, hay mucho más…

pero eso, va para otro artículo..

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