Hace tiempos: Refugiados en Colombia

“Llegaron, delante de la niña y pum pum, lo mataron. Yo salí a las 12:45 de mi tierra. Aquí llegué a las 4:30 de la mañana”.

Con este testimonio comienza el pequeño reportaje de Luis Pérez, dueño del blog Historias de la antigua Gran Colombia. En su blog, Pérez comenta la situación de los miles de refugiados que huyen de la violencia de la zona perteneciente al pacífico sur colombiano. Estos compatriotas huyen de la pobreza hacia otra pobreza más dolorosa aún, pues tienen que añadirle el desarraigo, la miseria, la explotación y el miedo. La frontera con Ecuador siempre ha sido un espacio de gran fluidez, en el que los lazos entre ambos países se reinventan constantemente, más allá de la diplomacia de los salones gubernamentales. Como el mismo Pérez cuenta,

“Los males de Tumaco se están reproduciendo al otro lado de la frontera. Cuando cae la noche, el brazo de mar que llega hasta San Lorenzo, en territorio ecuatoriano, es territorio de los grupos armados colombianos. Se mueven en barcas, con uniformes y su flamante armamento. Todo el mundo los ve pero nadie denuncia, porque con la denuncia viene la muerte. Las guerrillas y los paramilitares colombianos se mueven a gusto por la frontera. El Ejército ecuatoriano no tiene ni la capacidad ni los medios para controlar al detalle los más de 600 kilómetros de la frontera.”

La impotencia e inoperancia de las patrullas en la frontera no es algo nuevo. Esta realidad puede sonar alarmante para muchos, pues usualmente se nos ha tratado de convencer de que las fronteras geográficas y legales entre países son muy claras. Sin embargo, no hay nada más lejos de la verdad. La frontera entre Colombia y Ecuador es sólo una muestra de la gran movilidad que tienen estos espacios, en los que lo legal y lo ilegal se funden. Desde tiempos coloniales estos espacios fueron un dolor de cabeza para los gobiernos locales y regionales, que se confesaban impotentes ante la plasticidad y el misterio que envolvía las regiones fronterizas. Las sociedades que se han formado en estas zonas tienen una marcada autarquía que obliga al Estado a negociar y a adaptarse… por supuesto, es algo de lo que se aprovechan organizaciones que depredan a los habitantes ante la vulnerabilidad del Estado… sin olvidar que muchas de estas organizaciones cuentan con la participación de miembros del Estado, que se aprovechan de sus poderes para ejercer su corrupción.

El desplazamiento forzoso en Colombia, una dinámica forjadora de nación.

Esta dinámica, tan terrible, no es nueva en la historia colombiana.

Como ya dije, desde la Colonia los gobiernos regionales y locales confesaban sus cortos alcances para controlar a toda la población. Esto hacía que las fronteras internas fueran más amplias de lo que hoy son. Al tener tanto espacio libre, muchas poblaciones podían surgir sin tener que estar planificadas y las reglas de convivencia se forjaban en la vida cotidiana. A veces la convivencia implicaba aprender a vivir con el miedo y la violencia extremos… implicaba convertir la violencia en una presencia continua, en un lenguaje común…

En el artículo de Pérez, la violencia es la causa del desplazamiento de estas comunidades. Todos sabemos que la violencia ha sido la causa de un intenso flujo migratorio entre las regiones de nuestro país. Muchos de nuestros compatriotas se tienen que ir, tienen que abandonar su hogar y sus vidas tal y como las conocen para poder tener la esperanza de reiniciar en otro sitio. Esta migración es forzosa y ya se sabe que pone a prueba tanto al desplazado como a la comunidad receptora; no es sólo una cuestión institucional, sino también una situación psicológica límite que deja profundas huellas en las personas… incluso en aquellas que, a simple vista, no se ven afectadas por el desplazamiento forzoso.

La gran diferencia entre las grandes olas de desplazamiento de nuestros días y aquellas de cien, doscientos y trescientos años, es que ahora podemos darnos cuenta de la magnitud de este proceso. El desplazamiento forzoso ha sido una dinámica forjadora de sociedad y de nación en Colombia; eso no minimiza su crueldad y su dureza, si no que lo hace más terrible. La penúltima gran ola de desplazamiento forzoso fue durante las décadas de 1930 a 1950 (1955), es decir, durante La Violencia. En esos años las ciudades colombianas adquirieron la faz moderna que nosotros identificamos, pues muchos barrios surgieron para darle cabida a la gente que llegaba huyendo de la violencia rural, una violencia igual a la que hoy nos aqueja.

Los recuerdos de aquellos que llegaron a las ciudades y se establecieron en barrios nuevos, hacen parte de nuestro legado contemporáneo. Ellos son nuestros abuelos y hasta bisabuelos, que seguramente tienen muy fresco en la memoria el recuerdo de haber salido de sus casas de la misma manera en que salió la protagonista del reportaje de Pérez. Estos recuerdos hacen parte de actitudes que configuran la manera de ser de todos nosotros como ciudadanos; así el Estado se esfuerce por crear un país con un conjunto de recuerdos y símbolos seleccionados, estos recuerdos hacen parte de los lazos que nos forman como nación al formar parte de una cultura común, de una cultura política que tiene una relación paradójica con nuestras instituciones. Por que Colombia, país institucionalista, no incluye a sus ciudadanos mediante mecanismos institucionales adecuados y sus ciudadanos, como tradición, no confían en dichas instituciones y prefieren no participar en ellas ni haciendo uso del voto.

Rumbo a la batalla de Palonegro – llamada en aquel tiempo Guerra de Palonegro, durante la Guerra de los Mil Días (1899-1902)

Antes de La Violencia, fueron los conflictos que dejó la Guerra de los Mil Días. Esta guerra sumió al país en una devastación general y consolidó la violencia como una estrategia política para acabar físicamente con el enemigo. El desplazamiento forzado también se hizo presente aquí como el mecanismo más cruel y efectivo para vaciar tierras, ampliar propiedades y colonizar antiguas fronteras naturales. Muchos pueblos que ahora tachonan nuestra geografía se formaron en aquellos años, con gentes desesperadas huyendo de los horrores de la guerra y con gentes esperanzadas de encontrar un sitio mejor, tal vez hasta buscando familiares que se habían perdido en esa guerra.

Desgraciadamente, las generaciones actuales desconocen casi todo de esta guerra, la gran Guerra de los Mil Días, que cerró el siglo XIX y abrió el siglo XX en nuestro país. Muchos colombianos desconocen la terrible tradición del desplazamiento y del refugiado en Colombia, que ha hecho de los odios heredados y del resentimiento, herencias comunes. Lo más frecuente es hallar ecos del extremo bipartidismo de aquellos años: los Conservadores contra los Liberales y viceversa; los azules culpando a los rojos de las guerrillas y los rojos culpando a los azules de las expropiaciones… en realidad, estas guerras tan viejas, que parecen tan lejanas a nosotros, fueron fruto común, fueron oficio de todos los colombianos sin distinción. Nos han construido como nación con toda su crueldad y su silencio.

Ahora, afortunadamente, podemos saber de los tormentos de nuestros refugiados… podemos fingir que no los vemos ni los oímos, pero esa ficción no dura.  La crueldad que nos ha construido como país ya no puede ser ignorada.

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