Bahía Trío: amansando el aire…

Eso me dijo mi querido amigo Juan Felipe cuando me presentó este grupo. Pero se quedó corto… no sólo es para amansar el aire, es para aprender a bailar con él, para cogerle el paso al caminar, para saber estarse quieto con él cuando uno debe parar para ver cuánto ha avanzado y ver en dónde fue que se quedó estancado…

¿No les parece muy cruel y a la vez muy curioso que un grupo chocoano que hace música chocoana, nos pueda parecer exótico a los colombianos? Eso dice mucho de lo sordos que estamos a nuestro propio pulso y de la enorme influencia que tiene la cultura masiva sobre nuestras vidas. Gracias a Dios los va uno descubriendo, se va dando uno cuenta de que hay mejores orillas sonoras… y de que esas orillas están a la vera del Pacífico colombiano.

Otro elemento de ese exotismo con el que podemos escuchar esta música, es el que, para nosotros, mamá África está bien lejos… al otro lado de un océano literal y mental que nos impide admitir la enorme cercanía cultural que tenemos con esas civilizaciones negras. Y sin embargo, esos ritmos suenan deliciosamente familiares…

Otra cosa: esta no es la música que se conforma en concordar con el estereotipo de lo negro, con su sexualización excesiva y su ridiculización gratuita. Esta es la música afrocolombiana que nos acerca a esa cultura musical africana donde dominan las aventuras rítmicas más sofisticadas y elegantes que se encuentran con combinaciones armónicas que desafían las reglas de la música occidental académica… es una música de alto calibre, señoras y señores… ahí les dejo:

Anuncios

Bogotaneando – La crónica, parte 2

¿Será que el abandono hace parte de las políticas públicas? ¿Podemos considerar el abandono, como una forma de habitar la ciudad? Estas dos preguntas son las que toman lugar en mi cabeza, alternativamente, cada vez que pienso en Bogotá. 

El hecho de que Bogotá sea una ciudad que, en muchos sectores, es mejor pasar de largo, dice mucho del tipo de modernidad en el que vive. Ahora bien, hay que aclarar que la sectorización de Bogotá no es algo nuevo, muchos especialistas en historia y desarrollo urbano están de acuerdo en decir que dicha sectorización se fue consolidando desde hace unos cien años más o menos, cuando la ciudad empezó a recibir fuertes flujos migratorios de gentes que, sacadas de su localidad por la pobreza y por la guerra, sólo atinaban a buscar en Bogotá un lugar. La cuestión entonces es cómo se ha desarrollado esa sectorización, cómo es que se ha organizado a esa masa siempre creciente que son los bogotanos.

Lo que salta a la vista cuando uno intenta responder a dicha cuestión, es el innegable daño ecológico que la ciudad ha sufrido y que causa a sus regiones aledañas. Bogotá vive a costa de su ecosistema y los daños ya son irreversibles; es más, podríamos decir que uno de los precios que ha tenido que pagar por su gigantismo, ha sido el deterioro de su ecosistema, con el cual dejó de tener relación durante las últimas décadas del siglo XIX. Esa es una parte del abandono al que me refiero.

Santafé de Bogotá (Col.), Plaza de Bolívar

Ese abandono constituyó el núcleo de una administración sin verdadera planeación. Y parece que, cuando llegó la planeación, se planeó la ciudad del futuro en el norte y así quedó otra Bogotá… es como si fueran dos hermanitas siamesas, la una con problemas de desarrollo y la otra más repuestica. La primera, que comprende gran parte del antiguo núcleo histórico de la ciudad, parece en varias manzanas un pueblo de una película del oeste,  uno de esos pueblos perdidos en la mitad de la nada donde en cada esquina puede estar escondido un pistolero. Y al parecer así es. Es muy doloroso ver cómo la pobreza y la inseguridad, se alimentan del abandono gubernamental – y a su vez, el abandono gubernamental se alimenta de esa pobreza y de esa inseguridad. Ya había dicho en la primera crónica que en estas zonas eran tristemente evidentes el desaseo, el abandono y la tristeza; este ecosistema urbano es un ecosistema moribundo, sino es que ha muerto ya. Y ojalá me equivoque.

No me olvido del sector de La Candelaria, y a él le dedicaré una crónica aparte. Este sector alberga un intento de los administradores de la ciudad por reconciliarse con su ecosistema: el Eje Ambiental, que supuestamente se verá completo en una década (más o menos), cuando esas palmeras que sembraron después de la Séptima, bajando por la Avenida Jiménez, crezcan y den toda la sombra que prometen; los edificios circundantes tendrán una vista bellísima… pero falta ver si eso es suficiente para reactivar el ecosistema de esa parte de la ciudad.

Pasando de la nefasta 26 hacia el norte, uno puede ver el cambio de relación. Si es cierto que el abandono hace parte de las políticas públicas, el sector de Chapinero, la pequeña Suiza y otros en esa área, dan una curiosa señal de ello. Se dice en la academia que el mayor esfuerzo modernizador en Bogotá, estuvo enfocado a establecer una ruptura con la Colonia y todo lo material que estuviera asociado a esa forma de vida. Chapinero es un barrio que pareciera haber sido diseñado con ese propósito, con esas casas de estilo europeo que llaman la atención y que están siendo recuperadas.

Ya en el norte, uno siente los deseos de cosmopolitanismo y de modernidad en las avenidas que se ensanchan, en los edificios que proclaman que en ese sector habita la Bogotá moderna, centro financiero del país. polo turístico de la región. Incluso la localidad histórica recuperada en ese sector, Usaquén, presenta un lazo urbanístico con esos deseos de modernidad: tan limpia y conservada, los rastros perfectos del pueblecito, alberga en sus callejuelas bien mantenidas negocios y restaurantes que se han ido convirtiendo en parada obligada de los bon vivants y de los turistas. Esa es una parte de Bogotá que se muestra con orgullo, pues muestra el equilibrio de un desarrollo pensado; pero  ¿en realidad es tan pensado?

Santafé de Bogotá (Col) Parque de Usaquén

De aquí podemos volver a la otra pregunta inicial: ¿el abandono puede ser considerado como una forma de habitar la ciudad? Yo pienso que sí; los habitantes de Bogotá han abandonado su ciudad de muchas formas y la frustración con sus administradores es una de ellas. Pienso que muchos bogotanos se han cansado de querer algo mejor para su ciudad y por eso buscan otro lugar dónde hacerla… tal vez al norte, donde todo es más nuevo.

Hace tiempos: racismo en Colombia

Esta entrada comienza con una obra de arte, por gracia del colectivo Blanco Porcelana [visite la obra interactiva aquí].

Blanco Porcelana, uno de los posters de la   obra

Y luego continúa con una denuncia hecha en el blog La Silla Vacía en la que refieren cómo esta instalación artística ha sido objeto de una tutela, puesta por familiares de la artista, que se sienten vulneradas en su buen nombre… digo “vulneradas”, por que se trata de las tías de la artista. Y ese es uno de los lados del asunto.

Entonces: no hace falta continuar esta entrada diciendo que la artista simplemente está comentando algo que todos sabemos, que el racismo en Colombia existe. Todos estamos un poco cansados de saber que el racismo en Colombia es cosa de todos los días, pero de tanto decirlo y “saberlo”, en realidad lo pasamos por alto. De tanto señalarlo en las acciones y palabras de otros, en los casos que parecen traídos de una película sobre el sur gringo, se nos olvida lo que esta artista nos está presentando: que el racismo es una de nuestras estructuras sociales cotidianas, que lo llevamos en la sangre, como llevamos nuestra diversidad genética producto de la mezcla de tres razas (y eso que digo tres por simplificar, nada más… acuérdense que los españoles eran bien mezcladitos cuando llegaron por estos lares…)

La pieza central de esta obra son las frases que delatan nuestro racismo cotidiano; seguramente frases que la artista oyó en boca de sus tías y su mamá y seguramente, frases que todos hemos oído en bocas familiares… frases que, sin pensarlo, repetimos. Y el hecho de que las repitamos sin pensarlo, demuestra lo impregnada de racismo que está nuestra cultura colombiana. Los señalamientos a características étnicas que desde tiempos coloniales se han tomado como “desafortunados”, son uno de los rasgos  que se han mantenido en nuestra cultura, que durante la transición hacia un sistema democrático, no logró minimizar las barreras socioeconómicas que se asociaban a la cuestión racial; nuestro racismo está apuntalado entonces por un fuerte arrivismo económico: nadie quiere “ser negro” o “indio”, por que en el fondo, eso también significa ser “pobre”… y ser “pobre” significa no sólo no tener medios financieros, significa también estar a merced de otros para vivir, tener que soportar leyes injustas, no poder ejercer el libre albedrío en el mundo social.

Nuestro racismo cotidiano refuerza este prejuicio como un conjunto de frases, de comportamientos y actitudes que buscan no sólo señalar al “más oscurito”, sino negar cualquier parecido o relación con ese elemento social que se considera indigno; entonces vamos desde alaciarnos y teñirnos el cabello hasta los lentes de contacto de color claro y si con la cuestión física no alcanza, entonces vamos a la ostentación de aquello que usualmente reconocemos como pertenecientes a aquellos que detentan “el porte”: ropa, lenguaje corporal, actividades de ocio, lugares de vivienda y otros consumos que se asocian como pertenecientes a gente “con clase”… claro, la reacción de la gente “con clase” , no se hace esperar: “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”, para darle a entender al recién llegado que su ascenso social podrá mostrar todos los signos materiales de su redención, pero que su “esencia” (su verdadera piel, su verdadero cuerpo), sigue perteneciendo a ese mundo oscuro y pobre del que salió.

Y eso que no voy a hablar del contra-racismo, o racismo a la inversa: cuando el discriminado, a su vez, discrimina a su discriminador… eso requiere otra entrada en el blog.

El lado de la cuestión que mencioné al principio de este comentario, se refiere al hecho de que sean las familiares mujeres de la artista, las que hayan puesto la tutela. Las mujeres seguimos siendo las guardianas de los valores y la moral, a pesar de las alternativas que el feminismo ha puesto ante nosotras; ya ven entonces que no me parece lo máximo el que las mujeres sigamos replicando y promoviendo valores que no permiten la consolidación de una sociedad más incluyente… Y no se trata de falta de educación en muchos casos; seguramente las tías de la artista salieron graduadas de excelentes instituciones educativas y muchos de nosotros, los espectadores de la obra de arte, hemos ido a la Universidad; se trata de que casi siempre, nuestras instituciones educativas y educadores repiten los prejuicios sociales y no presentan -al menos de manera eficiente- la alternativa: unos valores democráticos y respetuosos. 

Las tías de la artista, como la gran mayoría de las mujeres colombianas, fueron objeto de una educación conservadora. Yo leo su reacción ante la obra como otro fruto de esa educación: el horror de pensar que la gente las va a considerar unas racistas. Pero en eso no se diferencian de los demás colombianos, incluso de aquellos que denunciamos la discriminación racial y que también somos hijos de una cultura racista. Ahí a ellas se les escapa que la artista no está diciendo que sólo sus tías son racistas; también está diciendo que ella, la artista, es racista; que los curadores de las galerías de arte son racistas; que otros artistas son racistas; que nosotros, los que vemos y experimentamos su obra, y nos escandalizamos con las frases de tono racista que nos muestra, somos racistas.

Entonces, para concluir esta entrada, me parece que esta obra de arte es poderosa por que saca de lo cotidiano algo que nos estructura como sociedad y que seguimos dando como estructura social a las nuevas generaciones: el racismo. Me gusta que haya sido entutelada, me parece que la acción judicial es una contribución a su poderoso efecto estético, pues pone en mayor relieve la hipocresía que manejamos ante nuestra conservadora sociedad colombiana – pero aclaro que no me gusta ver censura en el mundo del arte; en este caso, la censura ha cumplido una de las máximas de Oscar Wilde: “cuando me halagan, sé que lo he hecho bien; pero si me insultan, sé que he tocado las estrellas”.