Familias felices = Ciudadanos felices?

Algo muy curioso y alarmante está pasando en Gran Bretaña: la gente ya no es tan feliz como se supone que debería ser.

La típica familia británica saliendo del supermercado Sainsbury's, tras la compra. Las familias inglesas están bajando su consumo, pues el dinero no está alcanzando.

Desde afuera, los países del Primer Mundo parecen invencibles y sólidos; el mito de su felicidad inexpugnable es muy poderoso y cuando uno tiene la oportunidad de ver y de vivir los detalles cotidianos que hacen esa felicidad que nosotros los tercermundistas envidiamos, pues el mito se va deshaciendo lentamente. Si a la experiencia cotidiana de lo que construye esa imagen de felicidad le añadimos una situación de crisis financiera e institucional como la que vive Gran Bretaña en este momento, pues las grietas se hacen más visibles.

Según un artículo del diario inglés The Independent, el Reino Unido es el tercer país de Europa en el que las familias son más infelices y tienen más presiones para alcanzar un nivel de bienestar y felicidad. Las condiciones más alarmantes son estas:

High levels of debt and poverty, coupled with long and unsocial working hours, are major contributing factors […]

Ahora bien, la descripción detallada de los factores arriba mencionados, acerca la situación de 14 de cien familias británicas a la de muchísimas familias en Latinoamérica y específicamente, acerca a una de siete familias británicas que gasta casi todo su ingreso en alquiler, a la de innumerables familias del Tercer Mundo.  Entre otros factores de infelicidad familiar, el desempleo y la falta de apoyo a los padres de niños recién nacidos son los que más puntean: muchas empresas están jubilando con pocos beneficios a empleados de probada antigüedad y Gran Bretaña es uno de los países con peor apoyo en cuanto a licencias de maternidad y paternidad se refiere… es tan grave este último punto, que algunos empleadores permiten que sus empleadas lleven a sus bebés a la oficina en los días en que no pueden tener niñera, pues el cuidado infantil es muy costoso.

Todo esto salió en un reporte reciente, algo nada raro teniendo en cuenta los drásticos recortes que se han hecho a la inversión en seguridad social en Gran Bretaña y los que se están debatiendo en el Parlamento. El resultado de esta encuesta es que las familias británicas se están desmoronando bajo la presión de proveer un entorno sano para los niños, con las ventajas básicas: comida, techo, salud, educación y recreación. Esto implica que los jóvenes corren peligro…

A uno le puede resultar extraño que un gobierno se preocupe por la felicidad de las familias, pero hay que recordar que las familias están hechas por ciudadanos: tanto los adultos, que ya ejercen sus derechos y deberes civiles activamente como los niños, que son ciudadanos que en un futuro deben ejercer derechos y deberes.

El Estado de bienestar del primer mundo tiene muchos implícitos en su fundación. Para este caso en especial, el implícito es que el Estado debe proveer a sus ciudadanos de ciertas garantías para llevar una vida básicamente cómoda; ojo, no me refiero a una idea subjetiva de comodidad, me refiero a un estándar -elaborado por políticos y economistas, está bien- que mide la felicidad material de los ciudadanos. Si el Estado provee satisfactoriamente este estándar de comodidad, se espera que los ciudadanos se sientan comprometidos con el Estado, con su Estado y por lo tanto ejerzan sus derechos, pero también, que cumplan con sus deberes… entre los que está la paz interior y el buen orden público, dos cosas que en muchos lugares de Gran Bretaña se están viendo comprometidas por la creciente ola de violencia urbana.

Entonces: a los gobiernos del primer mundo sí les importa el estándar de comodidad de las familias. Es importante que los ciudadanos que conforman una familia se sientan felices y con oportunidades, para que ejerzan su condición ciudadana a plenitud y para que fomenten el patriotismo. Claro que es una relación hegemónica, pero aquí vemos la complejidad de estas relaciones de poder: los ciudadanos no tienen el cerebro “lavado”, pues lo que el Estado ofrece los interpela, apela a su sentido subjetivo de la comodidad y de su bienestar… es un delicado punto medio, difícil de señalar y de explicar.

La felicidad del Primer Mundo se revela cada vez más engañosa. Ni estas sociedades pueden creer que sus estilos de vida, ya tradicionales, estén tan en riesgo y tan comprometidos. Los tercermundistas podemos mirar en silencio, pues lo que muchos de estos ciudadanos denuncian, es algo que, desafortunadamente, nosotros vivimos… en la intimidad de nuestros hogares.

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