“Los colores de la montaña”: Colombia en el cine.

Los colombianos tenemos que admitir que tenemos una sensibilidad extrema para tratar nuestro régimen interno de violencia. Es algo que nos ha marcado tanto, por tanto tiempo, que hablar de él en el extrajero es casi como un imperativo. De ahí que las actitudes que se sienten en las palabras de los colombianos que están por fuera, por diversas razones, transiten desde la promoción del país hasta el lamento continuo. Las actitudes críticas y balanceadas son muy pocas, pues por lo general implican ir más allá de los estereotipos -propios y ajenos- de lo que puede significar ser colombiano; tener una actitud paciente ante el propio shock cultural y ante la curiosidad del extranjero con el que se convive implica admitir preguntas incómodas, admitir idiosincracias sin lógica y admitir tanto la ignorancia como la vergüenza ante el conflicto que nos ha hecho víctimas, victimarios y desertores.

Por eso cuando una película como Los colores de la montaña llega a una cartelera de cine europea, es mucho lo que hay que explicar y el trabajo de introspección se vuelve una tarea necesaria para construir una mirada sobre la película y sobre lo que cuenta.

No voy a negar que lloré cuando la ví. Pero las lágrimas no eran únicamente de empatía, eran de dolor y de rabia al saber que cualquier coincidencia era la pura realidad. A Carlos Arbeláez, el director, le cabe la alabanza de saber narrar algo tan terrible con tanta elegancia y sencillez; al usar los ojos de los niños, no cayó en el recurso fácil de la infantilización sino que supo aprovechar las poderosas actuaciones de los chicos para transmitir la perplejidad y el pánico que los colombianos sentimos y escondemos. Cuando pudo usar de la violencia más gráfica, prefirió recurrir a las estrategias más sutiles para dar a entender no sólo el horror de la violencia como ejercicio de poder, sino también el miedo que a veces se vuelve omnipotente y que es tan asesino como las balas o como las minas quiebrapatas.

El paisaje y el acento son reconocibles -y para un paisa, la sensación de orgullo mezclado con dolor es de las más terribles. En el imponente escenario de los Andes tropicales antioqueños, lleno de verdor y de fertilidad, con esas montañas que desafían la suspensión vehicular más afinada y que sacan esa fortaleza de caminante curtido que tenemos enredada en nuestra cultura, la historia de Manuel, su balón de fútbol y los amiguitos con los que juega, se hace más contrastante. Al final, los tres emprenden el viaje más triste, el que ha caracterizado las vidas de todos los colombianos en las últimas décadas. Ni siquiera necesitamos una descripción en los créditos. ¿Para qué llover sobre mojado?

Esta es una gran película. Siempre he pensado que el arte más noble es aquel que nos hace pensar, el que nos hace sentir lo que hemos entumecido a punta de entretenimiento. A muchos colombianos no les gustará por el tema, por su dureza… pero eso es lo de menos: esta película es para vernos, como en el espejo, y preguntarnos si nos da miedo o vergüenza lo que vemos.

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