Hace tiempos: un día para lo que no existe

Somos legión..

A muchos ya no les hace gracia. Y es que no debe hacernos gracia, pues en realidad, no tiene mucho sentido. Esta semana se celebraba el famoso Día de la Raza y yo recordé que en el colegio me decían que en este día conmemorábamos el encuentro de las tres razas que se encontraron el día en que Cristóbal Colón descubrió a América.

Esa era la explicación oficial, reimpresa ad nauseam en los libros escolares y que seguramente todos crecimos repitiendo hasta que aprendimos cosas nuevas, versiones nuevas de lo que aconteció ese 12 de Octubre.  Es natural que nos cause resquemor y hasta rabia, pues muchos ya sabemos que ese día no se descubrió nada, sino que se encontró un mundo nuevo -en tanto que no conocido- , cuando en realidad se buscaba la otra mitad del viejo mundo: Asia.

También nos da rabia y hasta cólera, cuando vemos que la tan encomiada raza en realidad es una espada de doble filo, con la que se nos hace exóticos y eróticamente atractivos pero con la que también se nos encasilla en los estereotipos.  Además, la idea de la raza se nos ha aplicado de los modos más terribles, pues durante 500 años se nos ha dicho que como estamos, no servimos; que tenemos que ser mejores de lo que somos, es decir, que tenemos que ser otros -más refinados, más liberales, más cultos, mejor vestidos y hasta comer distinto-  para poder entrar ese club que llaman Civilización o Países del Primer Mundo.

El blanqueamiento: un método de discriminación

Ni ahora, que los genetistas están hartos de repetir que las razas humanas NO existen, se abandona la idea.  El hecho de que el homo sapiens no tenga raza, ha sido una de sus claves de supervivencia, pues la raza significa especialización biológica… mirémonos en un espejo: ¿acaso tenemos algo que un chino o un africano no tenga?? y no me refiero a los ojitos rasgados o a la piel negra.. me refiero a algo raro, como un brazo de más, orejas más altas, sensores magnéticos, escamas… no, es lo mismo, es el equipamiento básico de todo homo sapiens. Pero es que admitir las diferencias es muy difícil y es mejor explicarlas esgrimiendo la biología simplificada hasta el ridículo.

Volviendo al comienzo: el 12 de Octubre no debería celebrarse un descubrimiento.  Como dijo el genial Oscar Wilde, América no fue descubierta sino encontrada y además, de pura casualidad.  Y no sólo fueron tres los que se encontraron; en esos tres había una multiplicidad enorme, pues no era lo mismo un andaluz que un extremeño, un yoruba que un congo y mucho menos un maya que un aymara. Ah, sus nombres eran legión y gracias a Dios, eran muchos, pues luego llegaron los sudaneses, los genoveses, los holandeses, los franceses, los portugueses y hasta los filipinos -llamados en ese tiempo sangleyes…

Manuel Gil Escobar: Descubrimiento de América, 1959

Esta efeméride está mal dirigida, pues celebra lo que no existe. Yo propongo que se celebre lo que sabemos que sucedió: que hubo sangre, muerte y enfermedades y entre todo eso, el tiempo suficiente para hacer el amor y procrear mestizos, mulatos, zambos y demás.  Que entre la pobreza y el fanatismo hubo tiempo para la solidaridad, para la olla compartida, para el guarapo, la chicha, el pisco, el pulque, el tequila, el ron y el aguardiente que nos hacen reír, llorar, bailar … todo al tiempo, pues la pobreza nos ha hecho seres multitarea, mientras que el primer mundo nos mira desde su especialización, fascinados por nuestra belleza -que es real- y aterrados por nuestra facilidad de adaptación.  Celebremos que aún manejamos el arte de perder el tiempo, mientras que el pobre primermundista, siempre tiene algo que hacer y ya no sabe qué es tomar la sobremesa después de almorzar.

Guardemos luto por los que murieron horriblemente, por los que mueren horriblemente de hambre y privación en una tierra que ha sido la despensa del mundo occidental y de la que han salido medicinas maravillosas. Lloremos por los que mueren en vida, creyendo que al ser latinoamericanos, les está vedada la entrada al paraíso y se avergüenzan del factor sorpresa que acompaña su ascendencia. Y celebremos el privilegio de parecernos a algún abuelo o abuela olvidado en una remota esquina del tiempo, mientras que por obra y gracia del coctel fenotípico, nuestra cara es la de ciudadanos del mundo y vamos derrumbando todos los estereotipos.