Bicentenarios V: de gritos y silencios.

Llegó y pasó, con bombos y platillos, fuegos artificiales, banderitas y desfiles militares -al menos no hubo repetición de la famosa miniserie Crónica de una generación trágica; se acuerdan?

Claro, las instituciones están de plácemes, pero también hay muchos descontentos, con amargas reflexiones sobre estos doscientos años de vida cuasirepublicana.  Y por supuesto, hay muchos modos de celebrar: desde lo más frívolo y superficial hasta lo más concienzudo y reflexivo.

Todos convocados y listos...

Yo quiero detenerme en una celebración que tiene por partes iguales reflexión y amargura, pues una celebración alegre y frívola es más fácil de desarmar.  Así que mi víctima de hoy es Luis Fernando Parra París, columnista de La Silla Vacía.com.

No puedo dejar de sentir tristeza por la pronta partida, hace ya algunos años, de los españoles, nuestros fundadores. Esos que nos trajeron las venéreas, los que diezmaron a los indígenas, los que trajeron el catolicismo, el de la pedofilia. Pero tercos nos independizamos.

El famoso florero...

Los españoles no fueron los únicos “fundadores” de esta comarca; hay que tener en cuenta a los africanos, esclavizados pero no anulados y a aquellos pueblos indígenas que lograron sobrevivir. Los esclavos africanos venían de diferentes naciones-culturas y dentro de la institución de la esclavitud, lograron reconstruir lazos sociales que garantizaron su supervivencia.  De estas solidaridades surgieron las fuerzas para los palenques, en caso de huida, o para establecer compadrazgos y vecindarios si se quedaban junto a los amos.  En cuanto a los nativos, las opciones de supervivencia demuestran la capacidad de resistencia y adaptación que estas culturas podían desplegar; la ley hispana concedía igualdad y reconocimiento a la tradición jurídica nativa si no desafiaba el fuero español, admitiendo sus tradiciones en cuanto a la propiedad y la jerarquía social; esto, más lo logrado por algunos sacerdotes que lucharon contra la esclavitud indígena -declarada ilegal desde comienzos del siglo XVI-, hicieron posible que grandes comunidades nativas se reorganizaran e hicieran una transición hacia la vida como indios.  Otras comunidades aprovecharon el desconocimiento de los blancos de gran parte del territorio y se establecieron en aquellas regiones de frontera, recreando su vida comunitaria.

Es cierto que los blancos trajeron muchas enfermedades, pero fueron tantas o menos que las que se desarrollaron con el choque microbiano que siguió al primer desastre ecológico -en las islas del caribeñas- y que se reforzó con la primera epidemia de viruela que golpeó territorio continental, ya en el siglo XVI.  A estas hay que sumarles las diferentes manifestaciones de melancolía o depresión profunda que hizo mella tanto en nativos como en colonizadores, algo que ellos llamaron modorra y que describieron con palabras llenas de piedad y asombro: dejan de hablar, de dormir, de caminar, de comer y tras unas semanas de esto, simplemente mueren… entre la modorra y la locura de muchos, los territorios americanos se parecieron a Macondo en sus últimos días.

Herencia católica: el país está consagrado a esta figura..

Y sí, trajeron el catolicismo con sus ángeles, vírgenes y santos; con sus hipocresías de todos los tamaños… entre historiadores es común la anécdota siguiente: un frailecito franciscano, por allá en el siglo XVI, en una comarca mexicana, le preguntó a un viejecito indio si sentía ganas de hacerse bautizar; el indio respondió que él ya era más o menos cristiano, pues había aprendido a mentir.  Esto lo sabemos por aquel fraile, que buscaba conversiones sinceras y como muchos evangelizadores, sospechaba de la convivencia cotidiana de los indios -a los que les admitían nobles cualidades- junto a los díscolos españoles, llenos de supersticiones medievales y de la picaresca que después sería literatura en la pluma de Miguel de Cervantes. Así se fue haciendo ese cristianismo raro, de santos para todo -desde virgen del apocalipsis hasta santa muerte, de procesiones multiusos y de mojigatería que castiga la debilidad y premia la doblez llevada con elegancia.  Y ni hablemos de las primeras instituciones educativas a la occidental, con todos sus vicios y sus virtudes… de estos recintos salieron, ya a finales del siglo XVIII, jóvenes criollos de linaje comprobado -pues la educación siempre fue un privilegio de clase-  que después de su viajecito por las Europas, se sientieron descontentos con la des-educación que aquí se impartía, pues no eran ciencias para conocer el mundo o mejorarlo, sino para comentarlo y huir de él hacia el reino de los cielos.

El desfile de las Fuerzas Militares colombianas.. una nación se caracteriza por el monopolio de la fuerza.

En ese clima de descontento se organizaron las primeras voces de autarquía, voces criollas y de piel clara. Pues el ejemplo de Haití causó asombro y revolvió el pánico secular a una revuelta de esclavos generalizada. Negros e indios poco a poco fueron cayendo en ese despelote, arrastrados por sus amos y compadres… aunque debemos recordar que existieron indios realistas, pues en algunas regiones las comunidades indias habían contado con la ayuda de eclesiásticos e instituciones seculares; una de estas, el protector de naturales, había hecho posibles muchos beneficios.

Aunque para nuestra fortuna nos dejaron incrustados, como gen autoinmune, esas ganas de matarnos, de robarnos, de dejarnos robar: de servilismo. Nos dejaron el machismo, el racismo, la paciencia de esperar la recompensa por nuestro trabajo en la otra vida, mientras ellos la disfrutan en esta.

Desgraciadamente, concuerdo con el columnista en esta apreciación; pero también la discuto.  Y ya hablaban y escribían en ese sentido los republicanos colombianos de la segunda mitad del siglo XIX y se hacían las preguntas respectivas: si es cultural, si esa es nuestra herencia hispánica ¿cómo mejorarla? si es genético, por la mezcla racial ¿cómo mejorarlo?  Y así empezaron los planes educativos y de desarrollo de algunos, así como los discursos eugenésicos de otros.  Había que fundar escuelas, estandarizar la educación y formar trabajadores racionales, eficientes y productivos para que construyeran las carreteras y ferrocarriles necesarios, las universidades que hicieran falta y las empresas que necesitabamos.  Y si era cuestión de raza, pues había que importar sangre caucásica a como diera lugar y darles espacio; había que instaurar la moda de la apertura que en otros países suramericanos estaba dando frutos conflictivos: recordemos las oleadas de emigrados europeos al cono sur, a Brasil, a Perú, México, el Caribe y Venezuela… el proyecto conservador y hegemónico de 1886, apuntalado por el concordato con la iglesia católica, frustró esta intención y así, muchos extranjeros de distinta religión simplemente desviaron su camino hacia países institucionalmente más tolerantes.

Mapa de la República de Colombia elaborado por Manuel María Paz y Manuel Ponce de León, basados en los datos de Agustín Codazzi, 1865.

¿Y España? pues bien, este país que había sido potencia por allá, en el lejano siglo XV, soportó las consecuencias de haberse consagrado como un reino fuera de este mundo. Ni el Espíritu Santo al que se encomendaban Cortés y sus huestes antes de entrar en batalla contra fieros mexicas, salvó a España de la decadencia lenta y proclamada por su creciente incapacidad de hacer efectivo su imperio: el contrabando generalizado y el aislamiento de muchas regiones de los virreinatos, hicieron difícil el previsto enriquecimiento a costa del Nuevo Mundo.. esas economías silenciosas terminaron por minar no sólo las arcas, sino también la confianza de los chapetones en los criollos. De este modo, gran parte de las riquezas americanas alimentaron los comercios ingleses, franceses y holandeses, pero no el español.  Y el imperio se vio más arruinado y puesto en el ridículo; a finales del XVIII, las Reformas Borbónicas, fueron el intento desesperado de parar 200 años de vida criolla… demasiado tarde: Inglaterra ya había comenzado su Revolución Industrial y Francia ya sembraba el conflictivo camino hacia la democracia.

Para mí, son muchos los silencios que encubre el famoso grito de independencia, con su celebración bulliciosa y alegre.  Y también son muchos los silencios que encubre una actitud de reproche hacia el país que, con una gran dosis de arrogancia y aventura, hizo de Iberoamérica el otro occidente que ha fascinado al Occidente cristiano y centroeuropeo, que siempre nos mira con curiosidad, miedo y lujuria.  Así que prefiero ondear mi bandera con discreción y recordar al señor Llorente con una sonrisa, mientras sigo en mi mente la letra del himno nacional…

Por un patriotismo reflexivo.


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