¿Creer o no creer?

La discusión es interminable y siempre termina con una de las partes -si no las dos- acaloradas, atormentadas y afligidas por su falta de convencimiento.  Es curioso que una conversación sobre algo tan profundamente subjetivo como es la creencia en un ser superior, despierte tanto fanatismo tanto en el creyente como en el escéptico; para ambos, la cuestión es excluyente y de hecho, lo es.  Pero entre los frutos más interesantes de estos encontronazos está el conjunto de conceptos que arman los argumentos de cada equipo: para el escéptico, la evidencia material y psicológica habla de un mundo que no necesita de un dios para explicarse; para el creyente, el escéptico se “muere de hambre ontológica”, “vive en el desierto” y claro, “ha perdido el contacto con Dios”… pareciera que ambos hablasen de una profunda experiencia subjetiva: la de saberse solos o la de sentirse acompañados.

En los últimos años, el ateísmo ha dejado de ser una postura atractivamente subversiva o desencantada, que algunos personajes del mundo intelectual, científico o artístico enarbolaban contra el establishment, para volverse un elemento bastante común en la vida de muchas personas:

Ahora los ateos han salido del closet y se han publicado varios libros argumentando el por qué del ateísmo, sus ventajas y los puntos en contra de los creyentes. Con títulos tan atractivos como “Dios no es grandioso” o “Probablemente Dios no existe, así que relájate y disfruta de la vida”, los ateos ya no se esconden ni sienten que tienen que justificar su muy bien ajustada existencia a las expectativas de los creyentes.

Los creyentes, acostumbrados a ser la mayoría, están espantados.  Y amparados por variadas propuestas políticas -sin sorpresa, conservadoras-, buscan legitimar la necesidad y la lógica de una creencia como un elemento esencial para salvaguardar una comunidad, un conjunto de valores que son entendidos como “el orden natural”. El reciente debate en Argentina sobre los derechos de los homosexuales a contraer matrimonio, con todo lo que esto implica en cuanto a derechos civiles, ha sido un ejemplo de cómo las creencias y las inercias sociales pueden ser movilizadas políticamente y producir la exclusión de una gran parte de la sociedad; el resultado de este proceso argentino, que fue la aprobación del matrimonio gay, también es una muestra de cómo una verdadera democracia asegura los derechos de sus ciudadanos, aún cuando parte del país se oponga.

Volviendo al ateísmo: el que los ateos hayan salido del clóset y conversen sus creencias -sí, el ateísmo es otra postura ontológica como la creencia en un ser superior-, es un paso hacia adelante en el arduo proceso de abandonar los señalamientos facilistas.  Y como lo muestra esta serie de la BBC, ser ateo no es simplemente dejar de creer; es ejercer la duda ante las respuestas fáciles que dan las religiones masivas y ese ejercicio ha conocido diversas etapas históricas, así como la fe a ultranza también la ha tenido.  Lo mejor de una serie como esta, es que puede darnos luces sobre algo tan mal y sobreentendido como el no creer y el creer… al fin y al cabo, ya se sabe que las religiones no tienen todas las respuestas, tampoco la razón humana y mucho menos las iglesias..

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