Bicentenarios IV: de Manuela y las anónimas.

De la leyenda erótica que rodea la figura del criollo Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, por nosotros llamado Simón Bolívar, el personaje que fue Manuela Sáenz de Thorne se yergue con una luz propia y desafiante.

Uno de los retratos más conocidos de Manuela Sáenz

Si su compañero sentimental alcanzó la eternidad al comandar la temeraria empresa de conseguir la independencia política de las colonias hispanoamericanas del Sur de nuestro continente, doña Manuela se volvió legendaria por haber sabido convertirse no sólo en amante, sino también en aliada y defensora.  Sin embargo, la leyenda que envuelve a Manuela Sáenz se nutre de fuerzas contradictorias que nos empañan la vista… pues Manuela no fue la única mujer de las campañas libertadoras.. y no, no me refiero a la vida sexual de Bolívar.

Pero iré por partes, para explicarme mejor.  Empiezo precisamente por Manuela Sáenz, criolla quiteña reconocida por su padre blanco.  Como todas las niñas de linaje probado, a Manuela se le destinó una educación que la haría doncella apetecible para el mercado matrimonial y se la envió a un convento.  Y muchos de ustedes dirán: ¡pobrecita! o también dirán ¡de nada le sirvió, como era de loca!  Pues bien, la educación femenina en los conventos podía ser maravillosa y en los conventos de las grandes capitales criollas -México, Veracruz, La Habana, Santa Fe de Bogotá, Quito y Lima- era de lo más excelso; tanto, que muchas se aficionaban al estudio y preferían tomar sus votos antes que convertirse en la esposa de un mortal que les impidiese coger un libro… es que Cristo podía ser muy buen marido: oración y estudio, sin los riesgos de la maternidad, las molestias de familiares políticos o la insatisfacción erótica y emocional.

Monja coronada, México, siglo XVIII. La riqueza y el fasto que acompañaba la vida de las esposas de Cristo criollas, fue objeto tanto de crítica como de sorna.

Bueno, el caso es que la pequeña Manuela se fue al convento… y no fue terrible, pues la vida cultural que allí se llevaba era excelente y al parecer, no muchas monjas cumplían eso del celibato; por lo tanto, esa cultura subterránea de los anticonceptivos y abortivos hacía parte de la educación

"Mujer vergonzante". Lima, aproximadamente finales del siglo XVIII

no académica que allí se impartía.  El caso es que Manuela tuvo esa rara educación criolla que machacaba en la mente el discurso de castidad y obediencia femeninas, mientras que en la vida cotidiana seguramente observaba cómo las mujeres mandaban en muchas actividades. Comenzando con las monjas, no debe extrañarnos que de ellas Manuela haya aprendido las expresiones y efectos del poder femenino; luego, cuando fue sacada del convento para entrar en ese mercado matrimonial, seguramente tuvo la oportunidad de observar el sutil y extenso poder de las matronas criollas, mujeres bien casadas y/o viudas respetables que esgrimían sus linajes y sus propiedades para armar y desarmar familias, carreras y reputaciones.

Debemos recordar que, como herencia ibérica, las familias criollas no estaban compuestas solamente por lo que era unido por Dios -ok, el cura- en ceremonia católica y civil; la familia muchas veces incluía parientes pobres, amigos de toda la vida, sirvientes muy queridos, parientas solteronas y claro, los hijos ilegítimos que a veces eran reconocidos legalmente y otras simplemente, por el chismorreo colectivo y la admisión tácita del marido infiel.  Las mujeres aquí tenían gran protagonismo, pues eran las llamadas a organizar todo este batallón de personas que esperaban algo del señor marido-padre-hermano-tío-padrino-compadre…  el orden familiar, así como el bienestar y la paz del hogar, eran competencias absolutamente femeninas, al ser las educadoras de los niños y las administradoras de la casa.  Y todo esto lo aprendió Manuela y seguramente lo aplicó una vez casada con el inglés Thorne. Y eso que ni hablemos de los hogares paralelos, pues en muchas ocasiones la amante negra, mulata, mestiza, etc., tuvo igual o más poder que la señora de la casa.

Pareja de mulatos en Santo Domingo, siglo XVIII

Como pueden ver, ya hay bastante información sobre las mujeres de aquella época. Los estudios de Asunción Lavrín, Virginia Gutiérrez de Pineda, Pablo Rodríguez y otros que se han adentrado en los archivos buscando girones de la vida cotidiana de las sociedades criollas, han sacado a la luz muchos de los comportamientos santos y non sanctos de las mujeres y han podido dibujarnos algunos rasgos de ese complejo mundo que tal vez no tendría la publicidad del mundo masculino, pero que no era mudo inválido, ni mudo, ni poco creativo… y mucho menos fragmentado por la raza. En esos crisoles socioculturales que fueron los hogares criollos y los vecindarios, criollas blancas ricas tenían relación cotidiana con mestizas, indias, negras esclavas o libertas, mulatas esclavas o libertas, blancas pobres y extranjeras; todas estas mujeres tenían profesiones diferentes, no reconocidas por los gremios masculinos, pero igualmente importantes para la economíahogareña y local.  Así que debemos imaginarnos a doña Manuela rodeada de su séquito de sirvientas y esclavas, algunas de más confianza que otras, las cuales tendrían amistades con otras mujeres fuera de la casa, con las que podrían compartir información -“chisme”- que interesaría a doña Manuela, de las que podrían obtener algún servicio para su patrona y que, claro está, podrían servir de correo privado y certificado para otra patrona.

Entonces doña Manuela no era lirio inocente ni tonta hermosa. Y eso no es restarle valor moral, al contrario: es reconocerle todo su carácter, que nunca osó esconder. Y ahí radica el elemento desafiante de su personalidad: pudiendo limitarse a ser un amor escondido de un hombre al que le sobraban las ofertas de ese tipo, decidió abandonar la comodidad de su muy respetable matrimonio para irse con Bolívar; ojalá tuviese a la mano la carta que doña Manuela le dirige a su británico marido, en el que le explica que su frialdad y la distancia de su carácter han corroído el amor que pudo haber sentido por él -si es que se enamoró del inglés, y que por ende, ahora que amaba apasionadamente, prefería irse con Bolívar y sumergirse en esa aventura militar, tan lejana de lo que debía hacer una mujer.

O era en realidad tan lejano de una mujer salir con la tropa en campaña?  De nuevo, el estudio de crónicas, correspondencia y otros documentos de la época, han revelado que entre las filas de soldados espontáneos que se unieron a Bolívar, las mujeres y los niños eran presencia numerosa y cotidiana.  Las mujeres cocinaban, lavaban, atendían heridos y los curaban, limpiaban armas y tenían otras dos funciones: espiaban y peleaban.  Ah sí, más de una hizo prostitución por la causa; entretener a la soldadesca chapetona con risitas, canciones, bailes, caricias y folladitas en las tiendas de campaña era la perfecta excusa para ver el armamento, asegurarse de cuántos eran, agudizar el oído para escuchar pistas de la posible estrategia y de noticias que pudieran interesar a los patriotas; es decir, era toda una labor de espionaje organizado.  Luego, llegaba la hora de la batalla y allí muchas no dudaban en dejar las faldas y vestir pantalones, alzar machete o cargar fusil y entrar en la gresca, disparando y tendiendo emboscadas.  Por lo tanto, la visión de doña Manuela en traje militar, montada en un caballo y dirigiendo acción militar seguramente sorprendía, pero no demasiado; lo que seguramente sorprendía era ver a una mujer de su clase en esas lides y tan segura de sí misma, tanto, que ese tenaz militar que era Antonio José de Sucre no dudó en apoyar su nombramiento como coronel.

La otra imagen oficial de Manuela Sáenz.

Esta gran dama nunca dejó de ser dama, simplemente sabía que ser mujer no significa ser pasiva y que la valentía daba prueba de carácter.  También asumió el costo social de su elección, que se hizo contundente cuando Bolívar cayó en desgracia y más después de su muerte. La coronel Sáenz no se quejó; asumió el repudio, la traición, el abandono y la pobreza y mantuvo vivo el recuerdo del hombre a quien no sólo había amado y seguido, si no también admirado y defendido.  Muchas compartieron un destino similar, recordando en su vejez al marido muerto o que las había dejado, o simplemente llevándose a la tumba el nombre -o nombres- del padre de los hijos que habían criado; la pobreza y el trabajo continuo fueron compañeros constantes de muchas mujeres a quienes las guerras y las enfermedades dejaron como cabezas de sus familias y por ende con la responsabilidad de administrar lo mejor que podían patrimonios de todos los tamaños para poder asegurar una dote, una herencia y un oficio.  La imagen de doña Manuela Sáenz haciendo dulces para la venta puede ser conmovedora, pero entonces debemos recordar que muchas mujeres echaron mano de esas habilidades domésticas para poner pan en la mesa y una ruana en las espaldas de los suyos: hacer dulces, tortillas, morcillas, arepas, aguardiente o guarapo; remendar, coser, tejer; lavar y planchar; cuidar niños o ancianos; todas estas eran artes femeninas -lo siguen siendo- que garantizaron la subsistencia de más de una que no tenía hombre o renta para apoyarse; así sustentaron sus hogares en todas las etapas de su vida, así lo sustentó Manuela Sáenz en su vejez.

Es muy lindo que se le hagan homenajes a doña Manuela en estas fechas; hay que darle el lugar que le corresponde; pero no nos olvidemos de las otras, que no figuran con letras de molde pero que fueron fuerzas contundentes en la formación de lo que hoy somos.

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