Tan lejos y tan cerca

Propongo el siguiente ejercicio: vamos a leer dos crónicas de países lejanos entre sí y vamos a jugar a hallar las semejanzas y las diferencias… puede ser divertido… ¿listos? aquí vamos:

Munir Majir, el joven tejedor de pañuelos afgano. Fotografía de El País.

Existe un triángulo entre Afganistán, Pakistán y Cachemira del que los medios de comunicación escribimos y hablamos mucho. La imagen que proyecta tanta información es la de unos territorios habitados por gentes que dedican una parte considerable de su tiempo a hacerse la guerra en nombre de dios o del diablo.

Ya nos dan las primeras coordenadas geográficas… veamos a donde nos lleva nuestra segunda crónica:

Para bajar a los estratos más bajos de Medellín hay que subir, subir, subir. Arriba, en los bordes de las montañas nororientales de la ciudad, están los barrios bajos, reguero de casas apretadas, muros contiguos, techos recostados sobre techos, escalas en procesión interminable, ventanas y balcones sobre el vacío, vericuetos de corredores, aceras de tierra, remolinos de polvo, los gallinazos volando allá, abajo, en un cielo inferior, por debajo de la línea de los pies. Podría ser poético, pero no lo es.

La Policía patruya las calles de los barrios altos de Medellín. Fotografía de la revista Semana.

No se podría imaginar que nuestros dos destinos geográficos tuviesen tanta tierra, agua y aire de por medio, ¿cierto?. Y es que de las lejanas tierras del Oriente a las cercanas tierras de los Andes tropicales, hay, aparentemente, más que la distancia geográfica… pero fíjense que esta diferencia nos lleva a la primera semejanza: la violencia campea.  La violencia se ha convertido en un lenguaje cotidiano, en una manera de relación en la que se evitan las palabras y las acciones tienen el peso inapelable del plomo. Y no es una simple metáfora…

Pero prosigamos nuestro ejercicio:

Mohamed Munir es afgano y no tiene siquiera tiempo para ponerse triste, que la melancolía es cosa de primermundistas. Sentado ante el telar mueve los pies y las manos como un pianista, pero no salen notas, sólo se mezclan los colores. Aprendió a fabricar pañuelos en Mazar-i-Sharif, al norte. Allí huyó con su familia tras la llegada de los talibán.

‘Caliche’, un joven del sector de La Silla, en pleno corazón del conflicto, ve pasar la caravana de uniformados que patrullan el sector, entre ellos cuatro carabineros a caballo escoltados de cerca por soldados de la IV Brigada. ‘Caliche’ es miembro de una banda y tiene un Corazón de Jesús tatuado en alguna parte. Estuvo en la cárcel Bellavista y fue, dice él, uno de los hombres que ‘Don Berna’ mandó a reclutar a toda carrera a finales de 2003 para enlistarlo como miembro del Bloque Metro de las autodefensas. En dos días le enseñaron a marchar como soldado, pero no pudo presentarse porque las armas y los uniformes camuflados no alcanzaron para todos y lo bajaron del bus en el que sí se fueron tres de sus vecinos, un tío y el esposo de una prima.

He aquí nuestra segunda semejanza: jóvenes y gallardos protagonistas cuyo ritual de entrada en la vida, fue el ver correr la sangre y huirle a la muerte.. o volverse su amigo. ¿Qué hace uno cuando el dolor y la supervivencia a pulso son su caudal de herencia? Obviamente planear y pensar no deben ser las actividades que entren de primeras en la lista de obligaciones -pues algo me dice que estos dos muchachos tienen más obligaciones que deberes

Estos pequeños afganos tienen que trabajar. Algunas fundaciones organizan escuelas especiales para ellos.

Y justo cuando hallamos a los protagonistas de nuestra crónica, aparecen nuestros coprotagonistas estelares, aquellos que comparten la suerte de nuestros héroes:

En el piso donde Munir fabrica jugando con los pies y las manos una media de un pañuelo y medio al día trabaja también su sobrino Abdul Majid, de 14 años. Es el encargado de preparar los tambores con los hilos tintados. Sentado en un cojín, Majid ríe cada pregunta pues entiende inglés. Va a la escuela como todos los niños afganos que aseguran ir a la escuela pese a estar trabajando como stajanovistas en horario de aprender. Ahora tiene excusa: cerraron los colegios y universidades por miedo a la gripe A y a las manifestaciones contra el fraude.

‘Caliche’ admite que un hermanito suyo va a la Biblioteca España a que le lean cuentos y él mismo dice haber ido un par de veces con una vecina a darse besos en las bancas de afuera. Lo que más le gusta de allí es lo limpio, lo grande, lo espectacular que es ese edificio en forma de dado, son sus palabras, pero admite que la única plata que sube a los barrios es la de los malos, amén, y que nadie se quita el hambre leyendo libros, de nuevo son sus palabras.

Estos dos chiquillos tienen en sus mayores -no tan mayores- el espejo de su próximo futuro… no hay tiempo para la escuela, pues hay que trabajar para poner pan en la mesa; que los libros no quitan el hambre.

Y de las cosas más triste, es que estas ideas tienen mucho de cierto cuando la realidad es tan mezquina, cuando la sociedad que hace el mundo es tan corta y no ofrece más que el hoy, que este minuto, que ese billete que no va a durar ni rendir, pues la supervivencia es la diosa de la inmediatez: todo es ya, la imaginación no puede costearse y por ende los planes no entran en el presupuesto.  Hay que vivir, pero este vivir parece un recorrido por los laberintos del purgatorio, un lugar donde nada se resuelve..

Pero sigamos leyendo, que pronto encontraremos a los actores de reparto. Y como en toda buena obra, los actores de reparte pueden tener una aparición corta, pero pueden cambiar el curso de la historia:

A falta de viajes organizados y vuelos low cost, el complejo papel de turistas lo representan en Afganistán los reporteros, diplomáticos y funcionarios de la ONU.

Sobre su escritorio, el comandante de la Policía Metropolitana examina siete carpetas con fotografías y reseñas de decenas de miembros de bandas criminales, casi todos menores de 30 años, sus nombres, alias, calles donde delinquen, edad y hasta dirección de residencia. Aunque sabe todo de ellos, se queja el oficial, no puede apresarlos porque ninguno tiene orden de captura.(…) En su último cumpleaños, el 5 de marzo pasado, Carolina Domínguez se pasó el día entero haciendo las necropsias de dos jóvenes descuartizadas a las que sus victimarios vaciaron en canecas con concreto. La médica legista, de cabello negro y ojos casi siempre enrojecidos, admite que ha tenido días peores.

Estos actores de reparto no son personajes inmunes, simple relleno.  Muchos de ellos creen en su pequeño papel, creen en que su actuación puede ser grande. Muchos hacen su parte con fe, con sudor diario, con la esperanza de ser la piedra que impida el rodar de esta rueda terrible, que todo lo tritura y lo aplasta… muchos de ellos arruinan su salud y su paz mental bregando a no ser parte de ese monstruo que se nutre de miedo, indiferencia, prejuicio e inercia… no es fácil, pero al parecer, estos actores no se le apuntan a lo fácil.

En Colombia todos debemos asumir un rol: desde lo institucional y desde lo personal.

Y sin embargo, a veces es imposible no quedar como una garra de ese monstruo.  A veces a uno le puede el cansancio, le puede la rabia y la tristeza, le puede su humanidad y cuando menos piensa, le está limando las uñas al monstruo.

En la tienda no hay descansos. Se trabaja siete días a la semana, de siete de la mañana a nueve de la noche. No existen los días libres, ni las vacaciones ni los diez minutos del bocadillo, todas esas ventajas que se logran cuando el progreso transforma la explotación en un trabajo remunerado y con ciertos derechos. Cuando Munir termina no ve la televisión, apenas sale con los amigos. Sólo tiene ganas de dormir. Es la ventaja de tanto trabajo: no hay tiempo para gastar.

Munir y Majid no reciben un sueldo. Su tío, a cambio del deslome, les ofrece techo, comida y seguridad. “Cuando necesita dinero me lo pide y se lo doy”, dice Farid. En Afganistán, donde nunca hubo Estado, la sociedad se basa en la familia, en el clan y en la tribu. El voto siempre es tribal y se destina a quien el jefe de la comunidad decide. En la tienda de Farid él es el jefe y responsable de su gente.

Un muchacho que trabaja como campanero, es decir, como delator de operativos policiales, puede recibir 20.000 pesos diarios, 600.000 pesos al mes. Los que recogen las cuotas de extorsión en las casas, en los negocios, en los paraderos de los buses, pueden duplicar esa cifra, lo mismo que se gana un bibliotecólogo o un administrador de empresas recién graduado. Al parecer, sin importar a nombre de quién se empuñen las armas, la milicia es desde hace dos décadas la mayor empresa en los barrios altos de Medellín. Los que no se van al Ejército a pagar servicio y luego a sobrevivir con un sueldo como soldados profesionales, se quedan a merced de las milicias guerrilleras, los narcotraficantes o, como ahora, de las bandas dedicadas a la extorsión.

En las comunas, dicen sus habitantes, están acostumbrados a ver subir gente a proponerles cosas. Por eso muchos entendieron la oferta del Presidente de darles 100.000 pesos a los estudiantes a cambio de información como otra de tantas ofertas que les viven haciendo de enrolarse en uno u otro bando. ‘Caliche’ ni siquiera está dispuesto a considerarla por lo ridículo de la cifra. Cien mil pesos no es plata, dice el muchacho, amén, y se santigua. Sus patrones le sextuplican esa cifra y no tiene que pecar por sapo, dice.

Yo les dije que este ejercicio iba a ser entretenido.  Aunque para muchos, el darse cuenta de que la violencia no es el excremento de nuestros tiempos, no tiene nada de divertido.. es algo que tiene que ser resuelto.  Pero cuando la violencia se vuelve un régimen de comunicación, una forma de vida, una manera de ser que trae una rutina y una seguridad, esto llama por algo más que una resolución… la palabra revolución puede ver a la mente, pero esto necesita algo más hondo que una pataleta con lluvia de girasoles y unas lágrimas.

Si hay mucho que nos separa, es más lo que nos une...

Quién iba a pensar que entre las lejanas tierras del Oriente y los Andes tropicales habían tantas semejanzas… nuestras generaciones jóvenes están siendo llevadas al matadero y los que aún quedamos, buscamos desesperados el antidoto para este veneno que no da tregua. Los veteranos que nos ven se debaten: dejarse morir y dejarnos morir, escarmentarnos por nuestros sueños de vivir (no son sueños excéntricos: es sólo vivir) o luchar con nosotros para hacer de nuevo el mundo, pues los ladrillos de antes ya no resisten el peso de la existencia contemporánea… estos veteranos ya han enterrado a suficentes hijos e hijas que debían sucederlos tanto en la grandeza, como en la cotidianidad.

Tan lejos y tan cerca………

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: