¿Cultura para quién? ¿Cultura para qué? ¿Cultura con qué?

Este es un debate viejo. Y no pretendo añadir nada nuevo, simplemente volverlo a traer para que mantengamos abierta esta herida que, para algunos, no es importante, sino un rasponcito.

Nicolás Morales denuncia en su columna en la revista Arcadia cómo el Archivo General de la Nación ha sido encomendado a alguien que, al parecer, no sabe nada de archivos históricos. El objetivo de este nombramiento es bastante fácil de adivinar: recortar el gasto. Muchos suponen que en cultura no se invierte, sólo se gasta y se gasta demasiado; por lo tanto es bueno que nombren a alguien que sepa más de contratos y contabilidad, que a alguien que sepa del manejo de instituciones culturales -lo que implica saber de contratos y contabilidad específicos para las necesidades y potencial de las entidades culturales.

Recortar la inversión en cultura y educación, es recortar la capacidad mental del ciudadano.

Pero resulta que manejar una institución cultural -llámese archivo, biblioteca, museo, orquesta, ballet nacional…- es manejar un espacio lleno de riqueza intangible, por lo que necesita una mentalidad administrativa diferente a la empresarial.  No se trata de recortar gastos, se trata de ver la cultura como un conjunto de inversiones dirigidas a forjar ciudadanos.  Jorge Orlando Melo nos lo explica de este modo:

El dominio del lenguaje, que es la competencia cultural fundamental para la vida, se consolida con la lectura de textos literarios; muchas habilidades manuales y motrices se refinan con el ejercicio del arte; el conocimiento y disfrute de obras de arte consolida el juicio estético e intelectual de los individuos. Quienes han aprendido a disfrutar de la literatura, del arte, de la belleza de la naturaleza, son personas, en muchos sentidos, más ricas, complejas y productivas.

Melo continúa con el ejemplo de la literatura, para señalar la importancia del dominio del idioma como primera ventaja laboral y profesional. Por lo tanto la inversión en programas de lectura y de escritura creativa, ayudaría a las planeaciones escolares en español y literatura a llevar a los estudiantes a un manejo más completo de sus medios de expresión oral y escrita. Estimular la lectura y la escritura es una de las metas de la alfabetización, por lo tanto no pueden pensarse recortes en personal o en medios para estos procesos en los que el niño/adolescente/adulto aprende a crear. Aprender a escribir creativamente, equivale a desarrollar una compleja y efectiva herramienta de pensamiento que le permite a la persona crear un espacio social, construir una identidad dialógicamente e incluso superar traumas. Además, como lo dice el mismo Melo,

El funcionamiento de una sociedad democrática requiere una cultura política avanzada, en la que la capacidad para buscar y analizar la información, someter a crítica las propuestas políticas, evaluar alternativas, etc., es necesaria para participar en la vida política. Para ser un ciudadano se requiere haber desarrollado la habilidad de diálogo y debate que es el resultado en buena parte de una buena capacidad de lectura.

Privar a la ciudadanía de educación y de cultura, es un acto de opresión.

La experiencia del arte, la familiaridad con todas las ramas artísticas, entrena a la persona en la curiosidad y en la tolerancia. Esta curiosidad resulta en una capacidad para razonar con agudeza y sobre todo, en el desarrollo del impulso de ir hacia adelante y no conformarse con lo preestablecido; disfrutar el arte puede ser, de hecho, un espacio para las reflexiones que nos catapultan a la puesta en práctica de nuestros planes; ese impulso puede cambiar vidas, puede sacar de la miseria material y espiritual. Referente a esto conviene recordar una tremenda frase de José Antonio Abreu, cerebro fundador del famoso Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela, organización que ha sacado del ciclo de la miseria a numerosos jóvenes que hoy por hoy, son luminarias en el mundo de la música clásica -sólo busquen los nombres Gustavo Dudamel, joven director de la Orquesta Filarmónica de Los Angeles, o Edicson Ruiz, contrabajista en la Orquesta Filarmónica de Berlín:

Los ricos tienen una deuda con los pobres que jamás podrán pagar materialmente, pero pueden pagarla culturalmente: privar a los pobres del arte es una terrible opresión.

Pensar que recortar la inversión en proyectos culturales no va a lastimar a nadie, es ejercer una enorme estupidez. Pero es una estupidez comprensible, si se piensa en el arte y la cultura únicamente como objetos de mercado. Y no es que no lo sean, claro que son objetos de mercado; un cuadro, un c.d de música, una película, un libro son mercancías que circulan en nuestros mercados; algunos de estos productos tienen mayor circulación que otros, es decir, otros son más populares que otros… pero esa palabrita popular es una espada de doble filo, que puede condenar una gran experiencia cultural a una muerte temprana por falta de financiación. Enfocar todos los productos culturales como si fuesen cerveza o un partido de fútbol, hace que se pierda la necesidad de una publicidad y mercadeo específicos para ellos; un concierto de piano puede tener una buena expectativa de mercado, si se le saca de la exclusión sociocultural en la que usualmente se maneja; es decir, hay que sacar al concierto de música clásica del estereotipo, para que tenga esa expectativa de mercado positiva y tiente tanto a inversionistas como al amplio público… contrario a lo que se cree, no hay que mojarse acalorado, ni venir de otro planeta, ni haber nacido en cuna de oro para disfrutar una sonata de Beethoven. Jorge Orlando Melo vuelve a recordarnos que todo esto es un proceso llamado construcción del público, o si prefieren un término más económico: de la demanda cultural. Pero ese proceso, que debe cobijar a toda la ciudadanía, tiene un responsable específico:

la política cultural del estado debe promover en acceso de la población a los bienes culturales, dar prioridad al público infantil y juvenil y  tener a la escuela como escenario privilegiado de la actividad cultural. Por ello, la función del estado, más que producir la cultura, es ante todo promover la conservación del patrimonio cultural, impulsar la formación para la cultura, sobre todo en la escuela, apoyar el mantenimiento de una infraestructura adecuada[1] y facilitar, reduciendo trabas y regulaciones, la creación y difusión de bienes culturales. [2]

Formar el público cultural es una apuesta por el futuro, es un proceso largo. (Fotograma de la película Cinema Paradiso)

Entonces hay que hablar de la formación de cultura, de sus procesos de inclusión, de sus modos de financiación y apoyo. En vez de buscar ahorros en monedas, hay que buscar oportunidades de inversión en la formación de ciudadanos, algo que toma años y varias generaciones y en lo que tanto el Estado como los empresarios privados deben tomar parte. Sólo profesionales que han ganado sus galones en las trincheras del mundo cultural, saben los vericuetos de su promoción y por lo tanto están capacitados para convertir las instituciones culturales en espacios socialmente relevantes, en los que se formen ciudadanos pensantes.

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