Marinilla: una escapada a la antioqueña

Este municipio localizado hacia el sur de Medellín -una hora- es pequeño, sencillo y como la gran mayoría de los municipios antioqueños, rodeado por colinas y montañas… a veces parece que a los antioqueños les gustara pelear con la geografía: si la tierra pone cañones y montañas para decir “no puedes”, el antioqueño hallará el modo de establecerse ahí, respondiéndole “a que sí puedo pues…”

Esto se cumple en Marinilla, especialmente en la vereda La Esperanza que está escondida de la carretera. A ella hay que llegar por un camino sin pavimentar que le propone a uno dos opciones: retroceder o arriesgarse a una buena reubicación de todas las vértebras de la columna mientras el taxi -con suspensión a prueba de todo, obviamente- avanza en medio de la estrechez y el polvo.  Pero eso vale la pena, pues la bienvenida es… vean por ustedes mismos:

Cielos azules y todos los verdes posibles...

Tuve la suerte de contar con la mejor compañía del mundo y una casita hermosa situada en la ladera, con vista hacia el amanecer, el ocaso, la cañada y todo lo que puede haber entre ellos..

Un pequeño balcón para ver el horizonte.

Claro, el silencio era el rey: sólo pájaros y alguna conversación entre las vacas y las cabras… la conversación humana también tuvo su lugar, pero el viento sonaba mejor que nuestras voces y los pájaron eran más melodiosos que lo que pudiera cantar por la radio.

Atardecer silencioso

Con esfuerzo nos convencimos de que era bueno salir a explorar la vereda.  Y lo hicimos en una de estas tardes caniculares -cortesía del calentamiento global que, para algunos, es obra de nuestra imaginación.  Armados de agua, buenas gorras y cámara fotográfica, nos dispusimos a probar nuestros citadinos pies en ese caminito hecho más para los caballos, las motocicletas, las bicicletas y los habitantes del lugar, diestros en evitar caídas y piedras flojas.  El riesgo valió la pena:

Una espera tranquila a la sombra...

Para nosotros era un día de vacaciones, pero para este buen amigo cuadrúpedo era un día de trabajo pasado por muchísimo sol y rutina.

En estas faldas abundan los cultivos de fríjol y maíz, que algunas familias complementan con hortalizas y plantas aromáticas.

Pero la fauna del lugar no se detiene en los caballos y los pájaros, claro está:

Esta pequeña nos miró con su usual gesto sonriente y nos saludó varias veces mientras pasabamos por su cerca:

Una cabrita juguetona..

Este fiel compañero nos saludó al vernos llegar.

.. y este buen guardián movió su cola pero no soltó ni un ladrido cuando nos vió.  Más bien, haciendo gala de hospitalidad campesina, nos saludó con amabilidad.

En esta vereda se puede notar la enorme distancia que aún existe entre nuestros campos y nuestras ciudades.  Es como si fueran dos mundos aparte, aunque sólo los separa una hora por una cómoda autopista.. la sencillez de la vida diaria es patente, pero también la pobreza de muchos; es una pobreza que convive con el estilo de vida acomadado de otros, de aquellos que han elegido esta veredita como su sitio de descanso y han construído allí sus casas de recreo.

".. y a la orilla del camino silenciosa está la casa.."

En las casas de recreo, o que sirven tanto de vivienda como de recreo para los familiares que van a la vereda a visitar y pasar unos días, el silencio es lo que más escasea. Se oye música -para bailar o para beber, se escuchan risas y gritos, se oye el trajín de ollas y asadores para atender a la visita con un buen sancocho hecho en fogón de leña y a todo eso hay que añadirle los ladridos, balidos, mugidos, gorjeos, graznidos y cacareos cotidianos.  Estos últimos sonidos no me molestan, pero al pasar por suficientes equipos de sonidos que atronan con su reguetón (tipo de música que detesto, digan lo que digan) o con cualquier otra música, yo me pregunto: ¿por qué a veces los citadinos tienen que trasladar su ruido banal y cotidiano a donde quiera que van? ¿tanto les asusta el sonido de su voz o de sus pensamientos?

y a la orilla del camino también estaba esta casa...

Pero el camino seguía, el campo llamaba y el silencio iba reclamando cada vez más sus derechos…

Una garza solitaria..

.. La oscuridad nace...

Pero ya oscurecía y era hora de volver.. tontinos, no habíamos llevado la linterna y teníamos que subir cuesta arriba, sometiendo a otra dura prueba a nuestras citadinas piernas.

Las noches frías, llenas de niebla, esperan con sus misterios:

Y llega la noche..

Y llega la noche...

Y así llega el fin de esta pequeña crónica vacacional: unos pocos días de campo, sol, frío, verde, viento y silencio en Antioquia rural.

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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Diego Roa
    Ene 25, 2010 @ 14:12:36

    Excelente descripción de lo que significa pasar unos dìas en el Oriente Antioqueño, especialmente en Marinilla. La descripción se ajusta tal cual, además las fotos lo dicen todo.

    Responder

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