Dosis de personalidad: el poder de la palabra

Para nadie es un secreto que la capacidad de expresión es algo fundamental en las relaciones humanas. Por eso las constituciones políticas la consagran como derecho fundamental: la libre expresión. Desde que se iniciaron los gobiernos democráticos, poder hablar y escribir sin temer algún tipo de restricción hizo parte de  la problemática de la formación de una sociedad en la que los medios y espacios para hablar o escribir dejasen de ser el monopolio de un grupo social. Y desde que este proceso comenzó, la manipulación del poder de la palabra ha sido uno de los peligros constantes y uno de los puntos de debate más acalorados sobre la transparencia de las democracias.

La entronización del poder de expresarse ha llevado a algunos a un gran pesimismo respecto a los mecanismos que las democracias modernas puedan desarrollar para prevenir caer en “estados de opinión”, caracterizados por su maleabilidad y poca reflexión. Para el historiador del siglo XIX Jacob Burckhardt, contemporáneo de la rápida formación de los medios de comunicación modernos, uno de los grandes peligros de la democracia era este: el que a punta de opiniones se atrofiara el juicio crítico, creando una atmósfera cultural que no favorece el pensamiento libre, la base de la verdadera libre expresión.

Latinoamérica ha sido uno de los espacios favoritos para sondear los peligros y los vericuetos de la libre expresión. Lo hemos visto todo y lo hemos tenido todo: censuras directas, asesinatos y torturas a periodistas e investigadores, marginalización a reporteros que buscan fuentes alternativas, señalamientos histéricos que calan en el estado de opinión y claro, mecánicas más sutiles como la banalización de los espacios de información y la autocensura. Está bien, en Europa y Asia no escampa y ni hablemos de Africa o Norteamérica, donde las dinámicas de la comunicación, la expresión y la información tienen tantas complicaciones como en nuestro entorno. De ahí que los embates que han sufrido la prensa y otros espacios de expresión en nuestro continente durante los últimos meses, no pasen desapercibidos. Por ejemplo, el New York Times reporta que

In recent months, journalists across the region have faced opposition not only from courts but also from the leaders of several countries, who have moved to restrict critical coverage and paint the news media as the enemy.

Con esto se refieren a los casos de Brasil, Nicaragua, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina y claro, Colombia. En todos estos países se ha recurrido a leyes, decretos y señalamientos para asegurarse de que ciertas expresiones en los medios no surjan o al menos, no lleguen a un amplio público… y tampoco generen espacios de diálogo. Todos estos discursos tienen en común un movimiento: satanizar al cuestionador.

O también hay otras tácticas más sutiles y con igual efecto disolvente: ridiculizar cordialmente al oponente, al darle un trato familiar y supuestamente calmante que, disfrazado de buenas herramientas de diálogo, lo que busca es endulzar la discusión y hacerla “amena”… dejando en el suave ridículo al contendor, haciéndolo quedar como histérico sin sentido..

Otra estrategia terrible que anula el poder de la palabra dialogada es cierto ejercicio de tolerancia… sí, en serio… por que se puede tolerar y callar con indiferencia ante lo que el otro dice. Tolerar se convierte en un modo de dejar al otro hablando solo y entonces el tolerante se lava las manos diciendo “pero yo no he dicho nada contra él/ella… yo no he respondido a sus ataques…” ¡oh, pero cuanta paciencia y sabiduría!!!!!  😉  mientras lo que se esconde es una soberbia terrible. En ese instante la palabra se vuelve muda y el silencio se torna en ácido sulfúrico… y la victoria no es de nadie, pues si el que calla otorga, el que se queda sin quien le conteste no obtiene conocimiento.

Y así, la palabra queda sin poderes.

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En los viejos tiempos, la gente era muy cuidadosa con lo que decía… se tenía respeto por el verbo y por eso sólo algunos podían pronunciar ciertas palabras y por eso otras palabras no eran pronunciadas y por eso algunas culturas hicieron de la conversación toda una ceremonia, muchas veces previa a una guerra… pero lo que contaba más que el encuentro de las espadas era el encuentro de las mentes, conocer al supuesto enemigo. No cabe duda: hemos perdido la reverencia debida a la sagrada facultad de expresarnos, de hablarnos… le tenemos miedo al riesgo -poder- del diálogo por que, como dijo cierto filósofo, podríamos encontrar que nuestra tesis es cuestionable y por ende, puede ser falsa… tendríamos que ceder nuestro pírrico poder y ponernos en el penoso trabajo de aprender de aquel al que queremos ganarle…

Si quisiéramos recuperar el poder de la palabra, no sólo dejaríamos hablar al otro… nos comprometeríamos en fructífera conversación y tendríamos la aventura de conocernos a través de los argumentos del otro.

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