Hace Tiempos: Los sonidos del silencio

Es curioso que para muchas personal el silencio esté asociado a la angustia. A muchas personas les molesta el silencio, les molestan los ambientes callados; cuando están en uno de estos espacios, tiene que emitir algún sonido que manifieste de modo inequívoco su presencia. Usualmente ese sonido es la propia voz, así que de buenas a primeras ponen conversación a quien tengan al lado o al frente, desconocido o familiar; el objetivo es romper el silencio, que les parece apremiante o preámbulo de algo trágico. También hay algunos que consideran la ausencia de ruido como sinónimo de que algo inútil está sucediendo. Muchos amigos de la quietud y el silencio que no viven solos, ven su tranquilidad rota por la intervención de otro que ve con preocupación que “fulano no está haciendo nada, está tan callado, debe estar aburrido” y llegan al rescate con alguna actividad que produce ruido y, por ende, quedan con el alivio de que no hay “desperdicio”.

Uno de mis profesores universitarios nos advertía en clase contra esta obsesión por acallar el silencio. Si no eres capaz de estar en silencio -decía-, es por que no te soportas a tí mismo. Y debes aprender a vivir contigo, pues eres la persona con la que pasas todo el tiempo.

También hay que recordar una de las máximas religiosas comunes: el silencio es un camino a la divinidad. La potente voz de lo divino se oye cuando las demás voces se callan.

Uno de los signos musicales para el silencio...

Uno de los signos musicales para el silencio...

Históricamente el silencio ha tenido un valor que aparece en las crónicas, con el que se ha hecho arte de todos los tipos, pero que al parecer no ha sido objeto de estudio sistemático. En las crónicas dejadas por los conquistadores europeos en el Nuevo Mundo, el silencio es un evento magnífico y angustiante, pues les daba la certeza de la inmensidad, pero también la terrible seguridad de que faltaba mucho para encontrar alguna población humana donde pudieran conseguir comida y orientación -en esas circunstancias, el oro pasaba a segundo lugar… el silencio podía ser el preludio a una muerte definitiva y horrible, lejos de su civilización.  El historiador holandés Johan Huizinga en su hermoso libro El otoño de la Edad Media, le dedica varias palabras a la lenta invasión del silencio que hacen los nuevos ruidos de la naciente modernidad, en especial uno: las campanadas de los relojes de los campanarios. Esta apreciación también fue aplicada por los historiadores Serge Gruzinski y Carmen Bernard cuando en sus libros explican los nuevos sonidos humanos que invadieron el espacio suramericano bajo las botas conquistadoras: caballos, pólvora, campanarios, serruchos, martillos, hachas, mugidos, balidos, etc. Todo esto no sólo invadió el espacio sin sonido humano, también alteró la relación que los seres vivos hacían con el espacio y modificó irreversiblemente el ecosistema.

La otra cuestión que sale a la luz al analizar las relaciones históricas y sociales entre el silencio y el sonido es esta: hacer sonidos, o ruidos que destierren o que oculten otros, es un indicio de dominación del espacio. Piénsenlo.  Nosotros no tenemos la capacidad anatómica para rugir, pero podemos inventar instrumentos que emiten sonidos tan ensordecedores como un rugido de tigre y que tienen el mismo efecto: anunciar que ya llegamos, que nos tengan miedo, que vinimos a quedarnos y que este espacio es nuestro, que los demás tienen que adaptarse….. pero esta demostración de victoria del homo sapiens frente a sus “compañeros de cuarto” en el planeta, está causando problemas. Problemas para nosotros y para las otras criaturas.

Cuando los predadores están al acecho, los pájaros y las ranas, incluso los insectos, hacen silencio. Por eso no es extraño que a los seres humanos nos gusten los lugares en que las aves se sienten seguras para cantar. No es extraño que sonriamos ante un coro de sapos en la noche. Pero en las ciudades cacofónicas vivimos ansiosos, siempre vacilamos, de la misma manera que un ciervo tiembla cuando se detiene a beber agua de un río ruidoso. Hay estudios que muestran que las personas asaltadas continuamente por los altos volúmenes del tráfico pueden llegar a suprimir sus sistemas inmunológicos e incrementar su riesgo de tensión alta y ataques cardíacos. Según Gordon, una ciudad será agradable para los seres humanos únicamente cuando podamos oír las suelas de nuestros zapatos tocar el cemento, o cuando podamos hablar entre nosotros sin alzar la voz.

Gordon Hempton, el hombre que se menciona en este artículo de la revista El Malpensante, busca y registra lugares donde reina el silencio. El diagnóstico que arrojan sus pesquisas es inquietante: los lugares donde el silencio, es decir, la ausencia de ruidos producidos artificialmente por humanos, es la presencia predominante, se están acabando. Y es inquietante por que estamos acabando con un recurso no renovable que está íntimamente ligado a nuestra salud: la tranquilidad.

Gordon Hempton escuchando el silencio.

Gordon Hempton escuchando el silencio.

Resulta que nosotros somos cajas de resonancia ambulantes… el sonido nos afecta y nuestras respuestas a él son, la mayoría de las veces, espontáneas.  Todo nuestro entorno sonoro, llamado sonosfera repercute en nosotros y viceversa. Esto hace parte del saber médico, de ahí que una de las medicinas postmodernas sea el silencio; buscar silencio, tranquilidad, desacelerar el paso, cambiar el ritmo propio para percibir el ritmo externo y poder crear un paisaje sonoro más sano. Cuando Gordon Hempton lucha por establecer lugares de silencio en los parques, no sólo conserva el ecosistema animal; nos da a los humanos una oportunidad de vida.

Así como tienen nichos ecológicos, los animales también necesitan nichos auditivos, definidos por el paisaje sonoro que habitan. La embestida del ruido destruye su hábitat sonoro. Los cantos de los pájaros se pierden en las autopistas, que actúan como ringleras de tonos bajos a alto volumen, llegando hasta los bosques y praderas, reduciendo el ecosistema para las aves. Y, a veces, eliminando una especie por completo. Y también es una pérdida para los seres humanos. Del mismo modo en que las luces artificiales opacan las estrellas, nuestros motores opacan a las aves, y nuestra experiencia de la belleza en la tierra se ve drásticamente empobrecida.

Aquí Hempton sintoniza su intención con las alternativas medicinales actuales: buscar silencio puede ser el paso para la curación de nuestros males, pues al cambiar nuestro ritmo podemos percibir todo lo que nos rodea y construir un mundo más rico. Es como dice Carlos Fregtman en su libro El tao de la música:

Escuchar el entorno es escucharse por dentro. (…) La cerrazón auditiva también nos inhibe como resonadores plenos de sonidos que nos circundan y son, de hecho, muy expansivos y energizantes. Acorazamos herméticamente nuestro cuerpo y los sonidos no pueden ingresar.

Buscando el silencio, nos abrimos a los sonidos...

Buscando el silencio, nos abrimos a los sonidos...

El mandato -al menos en la cultura occidental- de dominar la naturaleza en todos sus aspectos, se está revelando como un disparo a nuestros propios pies. Al readmitir la presencia del silencio no readmitimos la ausencia del ruido, sino la del control, esa ilusión moderna que nos ha dado espejismo por algo más de doscientos años.  Admitiendo el silencio, admitimos la variedad y la diferencia de sonidos y sí, de silencios, que forman la compleja comunicación humana.

Para finalizar, escuchemos una de las obras musicales más desafiantes del siglo XX: Cuatro minutos y treintra tres segundos de silencio, del compositor John Cage.

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