Dosis de personalidad: el miedo como filosofía de vida

En Marzo de este año, la revista Semana publicó una certera columna que trata sobre un sentimiento muy humano que nos impulsa a tomas muchas decisiones; algunas de estas decisiones nos pueden salvar la vida, pero otras terminan restringiéndonos en experiencia y disminuyendo nuestra capacidad de comprensión. Ese sentimiento tan poderoso es el miedo.

Cuando el miedo se convierte en el parámetro rector de la existencia, actúa como una red segura que nos impide aprender de los fracasos y nos evita enfrentar situaciones de crisis. Esto, debido a que el miedo usualmente presenta su cara más amable: la ansiedad por las reglas. Y a muchos les gustan las reglas por que son un equivalente a la seguridad y están dispuestos a obedecer con tal de obtener seguridad, un bien que en este mundo tan acelerado está pasando por recurso en vías de extinción… la seguridad también es sinónima de la certeza, otra cosa que a los humanos nos gusta mucho. Seguridad, certeza, rutina, prevención, palabras que actualmente son el sueño de muchos, la meta y la oferta política de otros…

¿Cómo no querer que el desgraciado jíbaro que le vende un cacho de marihuana a un niño se pudra en la cárcel? Y ¿cómo no querer que el marido de uno no le ponga los cachos? ¿Qué tiene de malo querer ser feliz, vivir en paz, ver bien a los hijos? ¿A quién se le puede ocurrir que un vicioso delincuente o que una descarriada prostituta estén ejerciendo el derecho al “libre desarrollo de su personalidad”? ¡Que lo ejerzan en la cárcel! ¿Acaso la droga no es la causa de todos nuestros males? ¿De la violencia? ¿De las Farc? ¿De las mafias del narcotráfico? ¿Acaso la infidelidad y la promiscuidad no son síntomas de una soledad demasiado ruidosa?

Ah, pero nada es tan fácil como quisiéramos. Hay peligrosos equívocos en esa lógica que cree posible un mundo perfecto y feliz, hecho a su medida. Pero el mundo no es así. La realidad traiciona a cada rato las buenas intenciones.

Hay que recordar, como lo hace la columnista de Semana, que la idea de seguridad es hermana de la idea de bienestar. Todos los sistemas políticos del mundo, en todos los momentos de la historia antigua y contemporánea, han prometido el bienestar y lo han buscado por diversos métodos. Desde la monarquía parlamentaria inglesa hasta el comunismo anárquico libio, pasando por el nacional socialismo hitleriano y contando la revolución del Ayatolah Jomeini, incluyendo la democracia representativa norteamericana y el socialismo cubano, partiendo de la democracia ateniense y el imperio chino, todos los humanos en todo momento hemos luchado por nuestro bienestar, por salvaguardar lo que consideramos nuestro derecho inalienable: vivir en paz.

El miedo: una fuerza invisible y determinante...

El miedo: una fuerza invisible y determinante...

¿Pero acaso nos preguntamos qué implica vivir en paz? no creo que pensemos mucho en los límites de nuestra paz, en los costos que involucra; dudo en que nos interroguemos sobre los límites que tiene la tan mentada paz, por que los tiene. Y también creo que no pensamos ni un minuto en que nuestra paz puede constituir una violencia para el otro.

A nosotros nos sucede lo mismo que al pez: como vive en el agua no se da cuenta que existe. Nos hemos acostumbrado a alarmarnos con las consecuencias del conflicto armado – con razón – por cifras como la de 3 millones de desplazados; pero pocos reparan en que la violencia que afecta al 80%  de la población  total de Colombia proviene de las familias y es verdaderamente desgarradora. Si el número de habitantes del país es de 40 millones,  el 80% equivale a 32 millones y éstos han adoptado un esquema de vida según el cual el castigo ‘educa’, y cualquier diferencia con quien representa la autoridad se resuelve convirtiendo al dominado  (obediente y súbdito)  en merecedor de castigo. Éste puede ir desde un gesto de desprecio hasta una golpiza que lleve al dominado al borde de la muerte. Hemos dejado de notar que hay una relación de causalidad entre este esquema de vida y el conflicto armado.

Cuando tomamos el miedo como filosofía de vida, nos obsesionamos con la seguridad y el bienestar. Para tranquilizar nuestra obsesión ejercemos violencias de diversos tipos sobre aquellos con los que tenemos alguna relación afectiva y sobre las cosas que constituyen nuestro ámbito de recursos. Diseñamos estrategias y dispositivos para dominarlo todo y a todos y legitimamos los sacrificios hechos “en aras del bienestar general”. La solución final naciona socialista alemana que acabó con millones de personas tenía esta justificación; muchos alemanes que supieron de ella la justificaron de este modo: era necesaria para la salvación de Alemania…. Alemania pagó caro su solución final y ganó una dolorosa conciencia histórica: los discursos que venden bienestar son sirenas.

Ofrecer soluciones sin posibilidad de discusión apelando al bienestar general y sustentandolas en autoridades supranaturales, implica lo siguiente:

(…) ambas posturas provienen de una misma raíz ideológica. De una misma idea de sociedad. Y sobre todo, porque ambas buscan el sometimiento de la voluntad individual a lo que una autoridad determinada considere en un momento dado “el bienestar supremo de la colectividad”. Y eso del bien colectivo es un concepto tan maleable, que hasta fue la bandera de la Unión Soviética de Stalin.

Vivir sin miedo es lo más difícil de lograr…

Santiago de Chile, 1988.

Santiago de Chile, 1988.

Vivir sin miedo es el equivalente a vivir creativamente, a asumir la reinvención como paradigma. Pero eso es sinónimo de admitir que uno puede estar equivocado, que la tesis del otro pueda contener verdades fuertes que le harían bien a uno, que nos ayudarían a construir mejor nuestra vida.  Aprender a vivir sin miedo no es vivir con temeridad, es asumirse como un ser arquitecto de sus derechos; es educar en la construcción permanente de la ética.

Prohibir al individuo el ejercicio de una libertad para consigo mismo, que no vulnere a otros, es la máxima tentación cristiana, y es la herramienta de control social más cara a todo paternalismo autoritario. Tanto en la política como en la religión.

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