Los “hombres” de las leyes

Pongo la palabra hombres entre comillas por que no hay nada más lejano de la realidad. En el congreso de la república colombiana también hay mujeres muy trabajadoras que sacan adelante proyectos de ley.

La presencia femenina también se siente en los organismos locales de gobierno, donde muchas legisladoras han ganado protagonismo por sus fuertes posiciones y dedicadas luchas.

Pero no se trata sólo de mujeres legisladoras, ni de hombres legisladores. La denuncia del senador Gustavo Petro nos hace pensar en lo que las palabras hombre y mujer pueden significar y hasta donde pueden llegar:

Un duro enfrentamiento se registró entre los congresistas cristianos y el senador del Polo Democrático Alternativo, Gustavo Petro.La puja se dio en desarrollo de la votación del proyecto de reforma política.

Todo se inició cuando Petro respaldo el artículo que busca dar garantías al acceso a la política a los grupos de homosexuales y lesbianas.

Aunque el honorable senador Petro no haya conquistado mi confianza como ciudadana con deberes democráticos, estoy de acuerdo con él. Y no sólo por el hecho de que haya legisladores homosexuales.

Bertrand Delanoë, alcalde de París, abiertamente homosexual.

Bertrand Delanoë, alcalde de París, abiertamente homosexual.

Este tipo de denuncias debe alertarnos sobre algo más.  El que el acceso a la capacidad legisladora tenga que pasar por la evaluación de la sexualidad de la persona, tomándola como condición de idoneidad para un cargo de esa responsabilidad, me parece aberrante.  Eso equivale a decir: dime con quién te acuestas y te diré cómo legislas. Si así fuese la cosa, gran parte del congreso quedaría inhabilitado no por homosexual, sino por promiscuo o adúltero o hasta por abstinente terco. Hacer de este elemento de la vida privada un objeto de la vida pública demuestra lo conservadora que es nuestra sociedad hasta para legislar de manera liberal; si en realidad se concediera carta de ciudadanía a la amplia población homosexual colombiana, a nadie -especialmente a nuestros legisladores-, se le ocurriría preguntarle a un/a congresista si le gustan los hombres o las mujeres.

Se sabe que en muchos gobiernos europeos eso no es un problema… bueno, de pronto por que en vez de tratarse de una primera dama nacional o local lo que se obtiene es un primer caballero, consorte del gobernador o alcalde -París, Berlín, Finlandia-  o por el otro lado, se obtiene una primera dama, consorte de la alcaldesa o gobernadora…  ¿no valoran ellos la sexualidad como un factor que influya en las decisiones gubernamentales? es posible, pero si es así, esa valoración pasa por otros filtros que la hacen más sofisticada. Es que allá también neoconservadores que pueden cuestionar la ética de un legislador homosexual.

En fin, el hecho de que la sexualidad tenga que ser objeto de debate político y que se la haga parte de las condiciones para ejercer representación democrática, dice muchas cosas -no muy buenas- de la sociedad colombiana y de su democracia. Confirma el vicio leguleyo colombiano, que se caracteriza por la contradicción de tener unas leyes liberales aplicadas a una sociedad profundamente conservadora y cómo por medio de esas leyes se espera cambiar, casi como por arte de magia, conductas arraigadas.

Claro, las generaciones ahora se mueven más rápido y es posible  que dentro de algunos años o décadas la homosexualidad ya no sea objeto político.

Pero la espera se está haciendo muy, muuuuuy larga.

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