Dosis de personalidad (II)

La historia oficial occidental se ha caracterizado, entre otras cosas, por insistir en la linealidad de los procesos y de la realidad… claro, solo hay UNA realidad.

Por lo tanto, admitir que hay medios que pueden dar cuenta de otros tipos de realidad es algo que no combina muy bien con la intención de promover e imponer un solo tipo de mundo. De ahí que la inserción de estimulantes y psicoactivos en los consumos de las personas haya constituido y siga constituyendo un grave problema político para los Estados y todas sus maquinarias de defensa. Al parecer, admitir que se puede ejercer en ciertos momentos un estado alterado de conciencia -y por ende, de realidad, y que además se puede aprender de él para el estado de vigilia, es algo que a muchos les suena peligroso. Aquí nos topamos con la idea de control, una idea querida y hermosa para muchos, por la que vale la pena hacer cualquier cosa…

Michel Foucault, historiador... sus investigaciones ayudan a entender los puntos de vista de la antipsiquiatría

Michel Foucault, historiador... sus investigaciones ayudan a entender los puntos de vista de la antipsiquiatría

La “otra realidad”, aquella que se logra por medios artificiales que alteran las funciones biológicas, se ha comprendido como un monopolio. Claro, al ser un monopolio, tiene sus condiciones de exclusión y para tener una idea de esta exclusión, las palabras tabú y pecado pueden servir de sinónimos. Ahora bien, en el mundo moderno, supuestamente más alejado de la legitimación religiosa, las palabras tabú y pecado han sido remplazadas por enfermedad y vicio. Tienen la misma carga y busca la misma meta: excluir del acceso a la “otra realidad” a “los demás” y prevenir el aprendizaje en otras esferas que se salen del control institucional.  Michel Foucault, en sus investigaciones históricas sobre la locura, la sexualidad y la medicina (para cuya aplicación desarrolló el término “medicalización”) señala insistentemente en el gran esfuerzo disciplinatorio y civilizatorio que se busca con el desarrollo y aplicación de diversas pedagogías, técnicas y terapias médicas que buscan sanear/controlar. Según Foucault, llega un momento en que la medicina deja de preocuparse por la enfermedad y pasa a preocuparse por el rol social de la enfermedad como fuerza disolvente de los vínculos sociales que promocionaría el Estado; en su libro “Los Anormales”, dice lo siguiente:

“(…) la psiquiatría siempre funcionó, a partir del siglo XIX, esencialmente como mecanismo e instancia de la defensa social. Yo había tratado de mostrarles hasta qué punto las tres famosas preguntas que en la actualidad se hacen a los psiquiatras que testimonian en los tribunales: “¿El individuo es peligroso? ¿El acusado es pasible de castigo?¿El acusado es curable?”, tenían poco sentido en relación con el edificio jurídico del código Penal tal como funciona todavía hoy. Preguntas sin significación con respecto al derecho, preguntas que tampoco tienen significación con respecto a una psiquiatría que se centre efectivamente en la enfermedad; pero que tienen un sentido completamente preciso cuando se plantean a una psiquiatría que funciona esencialmente como defensa social o, para retomar los términos del siglo XIX, como “caza de degenerados”.

Proyectos de ley como el que actualmente cursa trámite en el Congreso colombiano, con el que se busca reformar el artículo constitucional que permite el uso personal y privado de psicoactivos, hace gala de este entendimiento de la medicina que denuncia Foucault. Al penalizar no sólo el consumo público sino también el porte en lugares públicos, se incide en el consumo privado de estas sustancias. Y de sustancias psicoactivas o psicotrópicas,  pasan a ser estupefacientes; es decir, a ser susceptibles, según la ley, de control penal y médico… este último forzado sobre el “delincuente/enfermo”.

Curiosamente, esta política médico-penal ha sido rebatida por la Comisión Latinoamericana sobre las drogas y la democracia, que denuncia en su último reporte el fracaso de la política de persecución a a la producción, el tráfico y el consumo de drogas, pues los niveles de reorganización de las redes criminales que se sustentan con este negocio ilegal manifiestan una versatilidad impresionante, apoyada por la flagrante corrupción administrativa que surge de las alianzas con el crimen organizado.

¿Entonces, la prohibición de la droga se hace para tener control sobre la gente?

Ciento por ciento ese es el motivo. No tiene nada que ver con prevenir supuestos daños en la salud. Y llamar a las drogas dañinas es una tontería, es como decir que es peligroso tocar un cable de electricidad de alto voltaje. Hay muchas cosas que son peligrosas pero no son prohibidas. Como fumar cigarrillo, por ejemplo. Y la gente fuma legalmente, aunque sea más dañino que muchas drogas. Es algo así como una religión secular. Algo similar al anti semitismo o el racismo.

Antanas Mockus, filósofo y político colombiano, integrante de la Comisión Latinoamericana para la democracia y las drogas

Antanas Mockus, filósofo y político colombiano, integrante de la Comisión Latinoamericana para la democracia y las drogas

Las políticas restrictivas en Colombia no son algo nuevo. Siendo una sociedad profundamente conservadora, hasta las políticas liberales están impregnadas de esa mentalidad restrictiva y conservante que admite la idea de la libertad, pero que se espanta ante su práctica.

El tono de estas restricciones desde el Estado lleva la tranquilizadora impronta del orden por el bien común, idea que para muchos es muy positiva, pues significa la ansiada paz y el deseado orden.

Sin embargo, ¿vale la pena un orden en el que hasta lo más privado es sujeto de control?

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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. juansaldar
    May 04, 2009 @ 03:18:04

    Creo que el problema posee otra faz: qué tan confiable es el estado colombiano ante los ciudadanos, para dirimir con una ley el conflicto moral al que se ve abocado con esta y otras penalizaciones?

    Un ente rector del comportamiento ciudadano puede gastar el tiempo y los recursos que considere necesarios para establecer una ley. Pero esa reglamenteción, como tal, puede quedar o en el papel o simplemente generar mayores tensiones políticas y sociales (problemas…) para el estado, si no posee los suficientes argumentos reales.

    Tarea imposible dejar conformes a todos los ciudadanos con una ley X ó Y. Pero qué sabe el Estado de la formación que recibe cada persona respecto al consumo de psicoactivos? Cuál es el imaginario alrededor de este tema? Vale la pena una reglamentación? Todo indica que se está tratando de resolver un problema político o de orden público, a través de una vía social indirecta… y de muy difícil (costoso!) manejo.

    Parece ya muy clásica en Colombia la solución de “castigar al hombre” antes de “educar…”

    http://juansaldar.wordpress.com/delaestetica/evolucion-y-estetica/

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