Dosis de personalidad

En muchos países el consumo personal de drogas es algo legal. En esas sociedades nadie se creería con derecho a prohibirle a alguien el uso y el abuso de psicoactivos, así el consumidor se torne en adicto y por lo tanto deseche su potencial humano en una esclavitud terrible pero a cuyos efectos no puede renunciar, pues los “necesita”. Si el Estado quisiera reprimir o condicionar el consumo -adictivo o recreacional- de sustancias a sus ciudadanos, las manifestaciones a favor de los derechos individuales a la felicidad y al libre desarrollo de la individualidad no se harían esperar.

Aquí en Colombia, Tercer Mundo, las libertades individuales básicas son para muchos sinónimo de privilegios. Por eso cada vez que en nuestra angelical legislación aparece una ley que admite la humanidad de los ciudadanos colombianos, todos los liberales nos alegramos sinceramente, pues eso significa que al fin nos están concediendo la adultez como ciudadanos. Eso sucedió con la autorización de la dosis personal, que garantizó a muchos consumidores recreacionales el respeto de sus derechos. Ahora resulta que, con la evidencia del gran fracaso de la lucha contra las drogas, la dosis personal quiere ser prohibida y a cada consumidor, adicto o recreacional, se le quiere aplicar un tratamiento médico contra su voluntad.

Por el derecho a ser.

Por el derecho a ser.

Por supuesto que muchos nos manifestamos contra semejante despropósito, de modo personal y colectivo. En Facebook ya se armó el grupo y la discusión está al rojo vivo, pues se trata de efercer los derechos básicos a cabalidad y de que los respeten a cabalidad.  La constante prohibición al consumo de drogas, arropada en discursos éticos, médicos y políticos, sigue sirviendo de escondite a un fructífero comercio ilegal que se alimenta de algo que rara vez tiene cura: la profunda insatisfacción existencial. Claro, ese es un tema que levanta ampolla  y muy pocos están dispuestos a discutirlo con seriedad, admitiendo las diversas facetas que tiene; la pelea por el derecho a cualquier dosis personal, es una pelea que puede ser impopular, tergiversada, pero que hay que emprender:

La mayoría de los participantes eran estudiantes o recién graduados de colegios y universidades, cumplieron la cita y se agolparon en uno de los costados de la estatua del Libertador Simón Bolívar levantando en sus manos objetos a los cuales, según ellos, son ‘adictos’: CDS,  películas, libros y cámaras de fotografía, entre otros.

Solo unos  pocos se atrevieron a exponer los ‘porros’ con marihuana armados en papel de arroz o de cigarrillo.

Sólo unos pocos salen, pues la represión brutal no se hace esperar. Para muchos, el consumidor adicto, habitual u ocasional de drogas es una criatura peligrosa, que debe ser erradicada; y se amparan en el bien común para aplicar su arbitrario sentido de la justicia; de ellos vienen las amenazas, los graffitis y panfletos que anuncian con tono imperativo que la “limpieza” se hará “caiga quien caiga”… y tienen el descaro de disculparse si cae gente de bien…

Pero ¿qué hay detrás de esta ansiedad por el control? ¿por qué es tan peligroso un individuo que decide perderse por unas horas, o que opta por la adicción? desde la psiquiatría nos llegan respuestas:

Empiezo por un interrogante: ¿Por qué prohibirla? La respuesta está en la historia y no nace por una prohibición de la medicina ni por la salud sino por la religión. Es una locura religiosa. Las prohibiciones originales en la historia se hicieron por la comida. Los judíos y los musulmanes, por ejemplo, no pueden comer carne de cerdo. Una decisión que corresponde a  una expresión simbólica de sumisión a Dios. Hay que sacrificar algo, hay que rendirse ante algo para demostrar como se ama a Dios.  Hoy, se hace lo mismo para demostrar que se ama al Estado. No hay racionalidad en estas prohibiciones.

Aquí hay una enorme dosis de razón e inteligencia. Las prohibiciones se hacen para demostrar que se tiene un poder sobre alguien y algo. Por eso a los niños se les prohíbe que se urguen la nariz, que hagan pipí en público, que brinquen en los muebles, que torturen al perro, que le hablen a alguien… supuestamente eso simboliza el control que es capaz de ejercer el sujeto de la prohibición para seguir perteneciendo a la comunidad. En esta línea de pensamiento, el niño dejará de urgarse la nariz, no hará pipí frente a las visitas ni brincará en los muebles para lograr la admisión a su familia, al vínculo de parentesco con su mamá y su papá, que hacen del amor un gran condicional al aplicar estas prohibiciones.  Si seguimos por aquí, podemos comprender la prohibición a la dosis personal como el gran condicionante que pone el Estado para seguir considerándonos como elementos legítimos de la comunidad que pretende defender; papá Estado nos amará, garantizará nuestros derechos, si obedecemos ciegamente a sus requerimientos y abandonamos ciertas conductas que son profundas manifestaciones de nuestra personalidad….

Claro, la discusión no es tan sencilla y no se pueden buscar culpas absolutas en cualquiera de los dos lados de la ecuación -Estado o consumidores-. Pero el debate no debe ser aplacado.

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