Música política

Para muchos, aparte de ser ocasiones lindas y conmovedoras, los conciertos no tienen mayor efecto. La música, por lo tanto, no tiene mayor repercusión. Se trata de sonidos bellamente organizados que suenan, contagian, invitan a la danza o a cantar en coro, pero la cosa no pasa de ahí.

La verdad es que sí pasa de ahí, puede pasar de ahí. A veces la convocatoria de la música es tal que puede hacer reventar un movimiento social y se produzca un cambio. Otras veces, pasa algo igual de telúrico, pero más constante en el tiempo, algo como esto:

Cada cierto tiempo, Pairon y los suyos cargan en Bélgica un camión en el que se lee: Give music a chance. Días después desembarcan en Gaza, en Ramala, en Kinshasa o en Maputo con una buena pila de violines, clarinetes, flautas, timbales o tubas: “Los dejamos en escuelas con las que trabajamos sobre el terreno y así contribuimos ae allí no paren de hacer música”.

Son instrumentos musicales que son material reciclable. Si una caja de cartón tiene vida después de uso, ¿por qué no un violín?

Así, los “segundazos” de alguien pueden volverse el espacio de resistencia y de supervivencia de otros que pueden hallar en el aprendizaje de la música y en el placer de hacerla y escucharla, algo más edificante que la realidad que los amenaza con un letrero de “inevitable”… de hecho, tal vez gracias a ese “segundazo”, esa realidad resulte más rica, más flexible, mejor.

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