Una historia bacana

El eterno dilema: ¿cómo interesar a la gente en la historia? ¿cómo hacer del conocimiento del pasado no sólo algo entretenido, sino algo que en realidad tenga relevancia para la gente del presente? En la revista Semana se vuelve a plantear la cuestión, algo que resulta muy pertinente teniendo en cuenta el bicentenario colombiano que se acerca:

Decaillet dice que el lenguaje busca “llegar a un público joven con imágenes, música variada y también animación. Si la historia no sirve para nada, la gente se siente distante. Se trata de comprender que la historia hace parte de la vida y uno pertenece a ella”.

Entonces se trata de proyectar la idea de que la historia sirve para algo; y para eso, hay que presentarla con el paquete más atractivo posible: imágenes, música, animación. Esto no me sorprende ni me fastidia, de hecho, la imagen, la música y la animación se han convertido en temas de estudio histórico y por lo tanto en fuentes que los historiadores modernos utilizan para analizar un fenómeno. Han pasado a ser considerados como documentos que hay que analizar, a los que se les deben aplicar herramientas de análisis adecuadas para poder construirlos como objetos de estudio y así, poder hacer historia con ellos.  Pero ¿hacer de la historia algo entretenido, es igual a hacer de la historia algo útil?

“Los programas tratan historias no contadas de personajes históricos que han quedado en el olvido. La idea es que la gente vea que los objetos del museo no son estáticos, sino que tienen historias que se desprenden de ellos. Ese objeto es testimonio de lo que pasó y habla de continuidades y de problemas del presente. Los elementos del programa son: objetos, historias no conocidas, procesos no terminados, historia desde el presente. Se busca evitar lugares comunes y no tener una narrativa complicada. Por eso la idea de los narradores musicales”.

Cuando la historia trata las historias no conocidas y se sale de los parámetros, puede sorprender. Uno se entera de cosas que son cotidianas, que se dan por sentado, que se consideran insignificantes, pero que en realidad constituyen procesos muy importantes que nos construyen y que a veces, fundamentan actitudes muy, pero muy, pero muy dañinas, que nos impiden ser mejores como individuos y como sociedad. Asi que los programas estarían muy bien orientados… ahora, que lo de que la narrativa no sea complicada, pueeeeess… eso hay que explicarlo: sí, es cierto que a veces en historia se usa una jerga muy complicada y maluca, que despista, muchas veces a propósito; pero ¿por qué no complicar las cosas, por qué no poner las palabras de siempre en controversia? ¿acaso un narrador descomplicado es sinónimo de interesante? ¿o cuestionador?

El historiador Mauricio Nieto, de la Universidad de los Andes, dice no sentirse incómodo con estos emprendimientos. “La labor del historiador tiene que ver con un público más amplio que los colegas. Me gusta la idea, no estoy en contra de eso, en principio el problema está en replicar versiones de la historia sesgadas, tradicionales y poco críticas. ‘History Channel’ es un ejemplo de esto: es un canal visto en todo el mundo, en el que se presentan con autoridad algunos hechos inamovibles, e imposibles de interpretar de otra manera.

Fabián Sanabria, decano de ciencias sociales de la Universidad Nacional, está de acuerdo en que, en efecto, “la academia no ha asumido el reto de saber contarle a la sociedad la historia. No podemos quedarnos en una torre de marfil en donde sólo entre iniciados sabemos. El intelectual tiene el reto de salir en los medios, de traducirle a la sociedad lo que investigamos, de unirnos a los medios. Sin embargo, estos proyectos tienen un más y un menos. Más, en el sentido de que se cuenta en otras palabras aquello que los historiadores decían en un lenguaje como para iniciados. Ahí está Diana Uribe y su manera de contar, por ella la historia se hace extensiva a más gente. El menos es que, en tanto es un ejercicio de traducción, se corre el riesgo de vulgarizar y trivializar los hechos históricos”.

Diana Uribe en plena conferencia

Diana Uribe en plena conferencia

El profesor Sanabria -de quien fui alumna en la Universidad Nacional de Medellín- ha dado en el clavo de la cuestión. La divulgación es algo maravilloso, hacer que la gente tenga acceso a la historia y que se entere de que los procesos y las cosas que no considera importantes, de hecho lo son. Pero el peligro es que esa importancia se pierde cuando esos relatos se convierten en cuentecitos bacanos, que no alteran la percepción ni hacen pensar profunda y dolorosamente sobre la realidad y el presente. Los gurúes de la historia del siglo XX, herederos de la gran crisis de la historia del siglo XIX -Nietzche como líder- siempre dijeron que la historia tenía íntima relación con la vida presente; que el historiador se dedicaba a comprender la actualidad por medio del estudio del pasado, y que ese pasado no estaba dado, había que construirlo con estudio arduo y con un raro gusto por hacerse preguntas incómodas, ya saben, con un placer por “complicarse la vida”. Y si eso no va en la divulgación, si ese placer por preguntarse cosas raras e incómodas para deshacer el misterio con herramientas nuevas y complejas, no está incluido en el cuentecito y no hace a la gente pensar, tal vez la historia se vuelva algo verdaderamente inútil, algo simplemente entretenido que no nos hará mejores…. si mucho, nos amenizará el desayuno en  los domingos…..

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