La delgada línea entre arte, violencia y mercado.

En la revista Cambio, apareció un artículo que busca analizar las obras plásticas que han planteado una protesta, una denuncia ante la violencia arbitraria que se sufre en muchas partes del mundo.  Muchos pensarían que hacer arte es algo increíblemente egoísta, pero de hecho para el artista, retirarse del barullo del mundo es el primer paso para comprenderlo mejor y volver a sumergirse en él…

La historia del arte reciente ha mostrado iniciativas cuyo significado perdura y otras tan trilladas que han terminado por aniquilarlo. ‘El Siluetazo’ forma parte del primer grupo. Ocurrió el 21 de septiembre de 1983, cuando, por iniciativa de tres artistas argentinos -Rodolfo Aguerreberry, Julio Flores y Guillermo Xexel-, un grupo de ciudadanos recordó a los 30.000 desaparecidos de la dictadura pegando siluetas en los edificios que circundan la emblemática Plaza de Mayo de Buenos Aires.

Fue una manera de sacudirse del miedo tras ocho años de represión, “de ponerse en el lugar del otro, de prestarle un soplo de vida a ese que no lo tiene en ese final inconcluso que es la desaparición”, sostiene la autora del libro El Siluetazo, Ana Longoni, historiadora del arte que visitó recientemente el país por invitación de la maestría en Museología de la Universidad Nacional.

En muchas ocasiones el arte -sea en obras o en actos- ha servido como espacio de catarsis, hasta de curación… pero todo lo que el arte puede lograr pasa a ser controversia cuando entran las fuerzas del mercado, y convierten la tragedia que se denuncia, que se quiere curar, en un momento para comerciar y sacar partido económico del sentimentalismo.

La sociedad contemporánea tiende a fetichizar el horror, a carnavalizar la tragedia y a ‘museificar’ el desastre. En plena guerra de los Balcanes, un hombre que acababa de perder a su familia y sus bienes fue registrado por las cámaras de televisión cuando recogía un zapato, una tetera y otros restos. Al preguntársele qué hacía, contestó: “Para cuando hagamos el museo”.

Para una sociedad es importante tener memoria de sus tragedias, no sólo para llorar y conmemorar, sino también para reflexionar e intentar un enfoque del futuro más optimista que tienda a impedir que se repita la tragedia y en el que puedan diseñarse políticas efectivas para que las causas que la detonaron puedan ser canalizadas, prevenidas y neutralizadas; en fin, para que no se repita el horror.

Pero cuando el Museo, lugar de la memoria institucional, pasa de ser una herramienta socialmente pertinente que posibilita el aprendizaje colectivo a ser un lugar para la comercialización de lo trágico convertido en mercancía digerible para excitar la sensiblería, en ese momento, el papel del arte como espacio de reflexión se desvirtúa y se pueden plantear preguntas de fuerte contenido ético como estas:

“¿Quién posee el legítimo título sobre los artefactos recolectados en un desastre? ¿Hasta qué punto la exposición del dolor del otro dentro del museo cruza la línea entre la educación y la explotación? ¿Deberían los museos presentar las imágenes de las víctimas sin su permiso o el de sus familias? ¿Pueden exhibirse restos humanos?”.

La tragedia convertida en mercancía produce algo previsible: utilidades, dinero… pero la tragedia convertida en potencia creadora, puede llegar a producir cosas imprevisibles: una sociedad mejor, una generación desafiante, una renovación de los valores…  como se plantea en la revista:

El riesgo de banalizar el dolor puede ser tan grande, que el filósofo alemán Andreas Huyssen ha llegado a afirmar que la ‘musealización’ termina generando amnesia. Y no se refiere exclusivamente a lo que ocurre dentro de los museos, sino a esa tendencia a construir memoriales y parques de la memoria a veces sin detenerse a pensar qué es lo que mejor sanará a una colectividad.

El siluetazo, 1982.

El siluetazo, 1982.


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