Bahía Trío: amansando el aire…

Eso me dijo mi querido amigo Juan Felipe cuando me presentó este grupo. Pero se quedó corto… no sólo es para amansar el aire, es para aprender a bailar con él, para cogerle el paso al caminar, para saber estarse quieto con él cuando uno debe parar para ver cuánto ha avanzado y ver en dónde fue que se quedó estancado…

¿No les parece muy cruel y a la vez muy curioso que un grupo chocoano que hace música chocoana, nos pueda parecer exótico a los colombianos? Eso dice mucho de lo sordos que estamos a nuestro propio pulso y de la enorme influencia que tiene la cultura masiva sobre nuestras vidas. Gracias a Dios los va uno descubriendo, se va dando uno cuenta de que hay mejores orillas sonoras… y de que esas orillas están a la vera del Pacífico colombiano.

Otro elemento de ese exotismo con el que podemos escuchar esta música, es el que, para nosotros, mamá África está bien lejos… al otro lado de un océano literal y mental que nos impide admitir la enorme cercanía cultural que tenemos con esas civilizaciones negras. Y sin embargo, esos ritmos suenan deliciosamente familiares…

Otra cosa: esta no es la música que se conforma en concordar con el estereotipo de lo negro, con su sexualización excesiva y su ridiculización gratuita. Esta es la música afrocolombiana que nos acerca a esa cultura musical africana donde dominan las aventuras rítmicas más sofisticadas y elegantes que se encuentran con combinaciones armónicas que desafían las reglas de la música occidental académica… es una música de alto calibre, señoras y señores… ahí les dejo:

Hace tiempos: racismo en Colombia

Esta entrada comienza con una obra de arte, por gracia del colectivo Blanco Porcelana [visite la obra interactiva aquí].

Blanco Porcelana, uno de los posters de la   obra

Y luego continúa con una denuncia hecha en el blog La Silla Vacía en la que refieren cómo esta instalación artística ha sido objeto de una tutela, puesta por familiares de la artista, que se sienten vulneradas en su buen nombre… digo “vulneradas”, por que se trata de las tías de la artista. Y ese es uno de los lados del asunto.

Entonces: no hace falta continuar esta entrada diciendo que la artista simplemente está comentando algo que todos sabemos, que el racismo en Colombia existe. Todos estamos un poco cansados de saber que el racismo en Colombia es cosa de todos los días, pero de tanto decirlo y “saberlo”, en realidad lo pasamos por alto. De tanto señalarlo en las acciones y palabras de otros, en los casos que parecen traídos de una película sobre el sur gringo, se nos olvida lo que esta artista nos está presentando: que el racismo es una de nuestras estructuras sociales cotidianas, que lo llevamos en la sangre, como llevamos nuestra diversidad genética producto de la mezcla de tres razas (y eso que digo tres por simplificar, nada más… acuérdense que los españoles eran bien mezcladitos cuando llegaron por estos lares…)

La pieza central de esta obra son las frases que delatan nuestro racismo cotidiano; seguramente frases que la artista oyó en boca de sus tías y su mamá y seguramente, frases que todos hemos oído en bocas familiares… frases que, sin pensarlo, repetimos. Y el hecho de que las repitamos sin pensarlo, demuestra lo impregnada de racismo que está nuestra cultura colombiana. Los señalamientos a características étnicas que desde tiempos coloniales se han tomado como “desafortunados”, son uno de los rasgos  que se han mantenido en nuestra cultura, que durante la transición hacia un sistema democrático, no logró minimizar las barreras socioeconómicas que se asociaban a la cuestión racial; nuestro racismo está apuntalado entonces por un fuerte arrivismo económico: nadie quiere “ser negro” o “indio”, por que en el fondo, eso también significa ser “pobre”… y ser “pobre” significa no sólo no tener medios financieros, significa también estar a merced de otros para vivir, tener que soportar leyes injustas, no poder ejercer el libre albedrío en el mundo social.

Nuestro racismo cotidiano refuerza este prejuicio como un conjunto de frases, de comportamientos y actitudes que buscan no sólo señalar al “más oscurito”, sino negar cualquier parecido o relación con ese elemento social que se considera indigno; entonces vamos desde alaciarnos y teñirnos el cabello hasta los lentes de contacto de color claro y si con la cuestión física no alcanza, entonces vamos a la ostentación de aquello que usualmente reconocemos como pertenecientes a aquellos que detentan “el porte”: ropa, lenguaje corporal, actividades de ocio, lugares de vivienda y otros consumos que se asocian como pertenecientes a gente “con clase”… claro, la reacción de la gente “con clase” , no se hace esperar: “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”, para darle a entender al recién llegado que su ascenso social podrá mostrar todos los signos materiales de su redención, pero que su “esencia” (su verdadera piel, su verdadero cuerpo), sigue perteneciendo a ese mundo oscuro y pobre del que salió.

Y eso que no voy a hablar del contra-racismo, o racismo a la inversa: cuando el discriminado, a su vez, discrimina a su discriminador… eso requiere otra entrada en el blog.

El lado de la cuestión que mencioné al principio de este comentario, se refiere al hecho de que sean las familiares mujeres de la artista, las que hayan puesto la tutela. Las mujeres seguimos siendo las guardianas de los valores y la moral, a pesar de las alternativas que el feminismo ha puesto ante nosotras; ya ven entonces que no me parece lo máximo el que las mujeres sigamos replicando y promoviendo valores que no permiten la consolidación de una sociedad más incluyente… Y no se trata de falta de educación en muchos casos; seguramente las tías de la artista salieron graduadas de excelentes instituciones educativas y muchos de nosotros, los espectadores de la obra de arte, hemos ido a la Universidad; se trata de que casi siempre, nuestras instituciones educativas y educadores repiten los prejuicios sociales y no presentan -al menos de manera eficiente- la alternativa: unos valores democráticos y respetuosos. 

Las tías de la artista, como la gran mayoría de las mujeres colombianas, fueron objeto de una educación conservadora. Yo leo su reacción ante la obra como otro fruto de esa educación: el horror de pensar que la gente las va a considerar unas racistas. Pero en eso no se diferencian de los demás colombianos, incluso de aquellos que denunciamos la discriminación racial y que también somos hijos de una cultura racista. Ahí a ellas se les escapa que la artista no está diciendo que sólo sus tías son racistas; también está diciendo que ella, la artista, es racista; que los curadores de las galerías de arte son racistas; que otros artistas son racistas; que nosotros, los que vemos y experimentamos su obra, y nos escandalizamos con las frases de tono racista que nos muestra, somos racistas.

Entonces, para concluir esta entrada, me parece que esta obra de arte es poderosa por que saca de lo cotidiano algo que nos estructura como sociedad y que seguimos dando como estructura social a las nuevas generaciones: el racismo. Me gusta que haya sido entutelada, me parece que la acción judicial es una contribución a su poderoso efecto estético, pues pone en mayor relieve la hipocresía que manejamos ante nuestra conservadora sociedad colombiana – pero aclaro que no me gusta ver censura en el mundo del arte; en este caso, la censura ha cumplido una de las máximas de Oscar Wilde: “cuando me halagan, sé que lo he hecho bien; pero si me insultan, sé que he tocado las estrellas”. 

 

Dos fotógrafos del viejo Medellín

Comencemos con una imagen que tal vez puede aparecer como una rareza en eso que nosotros creemos que era Medellín (Colombia) en los años 40 del siglo XX:

Kira, bailarina exótica.

Sí, ella llegó a esta pequeña ciudad a comienzos de la década del 40 y cosechó enorme éxito bailando en los dos teatros más importantes de entonces, el Bolívar y el Guayaquil. A mí me da dificultad imaginarme a una bailarina exótica en la muy católica Medellín, pero don Francisco Mejía (1899-1979) me la pone así, de frente, como hizo con muchos personajes, espacios y momentos que inmortalizó con su cámara.

Kira no fue la única artista que retrató. Por su lente pasaron actrices, cantantes de ópera y de zarzuela, intelectuales, pintores, escultores y músicos que ahora no hacen parte de los recuerdos de la gran mayoría de los medellinenses -contadas excepciones. Admirando a Kira, uno logra percibir lo que el fotógrafo Mejía seguramente admiraba en ella… y en esto, no se diferenciaría de muchos caballeros de la época: sensualidad, belleza, fantasía con tintes de goce prohibido. Y ahí uno vuelve a estrellarse de frente contra el estereotipo que uno tiene de Medellín: tan chiquita, tan católica, tan aburrida, tan práctica, tan pacata, tan moralista, tan goda, tan… atractiva para bailarinas exóticas????

Como historiadora, el estrellón que la foto de Kira me produce me lleva a varias preguntas; la primera, la más obvia, apunta a develar como una artista como Kira podría ser bien recibida en una ciudad que, regida de día por “buenos principios morales”, en las noches “se soltaba el pelo”. ¿Kira, la válvula de escape a un moralismo asfixiante? Es lo más probable. Otras noticias de la época (y de épocas anteriores) revelan en reportajes periodísticos y anécdotas el lado rebelde, hasta oscuro, de esta Villa empotrada en el Valle de Aburrá: los medellinenses aquí pintados son seres violentos, o sujetos de pasiones trágicas, protagonistas de heroismos poéticos y algunos, hasta desplegaban cierto cosmopolitismo; Medellín se agitaba entre asesinatos, la apertura de revistas literarias, los debates políticos, las inclementes persecuciones políticas, las pulpiteadas de los curas, los bailaderos populares y las temporadas de ópera… sí, mucho cabía en la vieja y pequeña Medellín.

Para esta historiadora, la belleza de una foto como la de Kira radica no sólo en que, como dice la trillada expresión, equivale a mil palabras. Al buscar el contexto de esta imagen y sus protagonistas -la bailarina y el fotógrafo- encuentro que son más que mil palabras y que también implica experiencias que rebasan las palabras… mi trabajo es intentar traducir en palabras, conceptos, explicaciones, esas cosas dichas y no dichas. Y claro, sentidas.

Miren esta otra:

José Celada P., travesti.

¿Travestis en la conservadora Medellín????? Pues sí, y don Benjamín, con ese ojo tremendo que tenía para todo lo raro, fuera divino o humano, fotografió a varios de ellos. También inmortalizó a cantantes, intelectuales, políticos, gente de la elite medellinense y campesinos con su traje dominguero; ni los muertos se escaparon del lente de don Benjamín de la Calle (1869-1934), es más, entre sus series más conmovedoras están las de los niños muertos, que en sus ataudes llenos de flores, parecen dormidos… para la eternidad.

Muchos saben y claro, pocos están dispuestos a admitir, que la movida travesti y gay en Medellín siempre tuvo buen tráfico. Hay un rumor sobre cierto café en el centro de la ciudad, conocido punto de encuentro entre homosexuales durante los años 30 y 40. Y con esa gran habilidad de la sociedad medellinense para hacerse la de la vista gorda, estos personajes travestidos llamaban que llamaban su atención se ganaban la tenaz indiferencia de esa sociedad bienpensante, que sólo se ocupaba de “cosas decentes”.

Esta imagen tan perfecta, desafía esa imagen de Medellín como una comunidad de hombres de a caballo, de carriel y ruana, que conquistaron montes y poblaron valles.. y otros discursos regionales de ese estilo. En Medellín también han vivido hombres lo suficientemente machos para entaconarse y salir muy bien vestidos, a la última moda flapper, por las callejuelas del centro, cosechando a su paso miradas ardientes, asombro y puritano desdén. Ese es un Medellín que le debo a don Benjamín de la Calle; gracias a sus fotos, hay otro lado de esta ciudad que da al traste con ese terco ideal de “pueblo grande”, homogéneo y rezandero.

Fotos como las de Francisco Mejía y las de Benjamín de la Calle hacen parte de lo que los historiadores llamamos “fuentes”. Nos dicen mucho, pero lo más apasionante es lo que apenas revelan; eso es lo que nos manda como locos a los archivos, a esculcar papeles viejos -públicos y privados- que nos digan más, que nos respondan algunas preguntas y que nos impulsen a formular otras. Claro, no todo son preguntas y respuestas; para eso tenemos nuestros métodos, nuestras reglas que también, dado el caso, estiramos y hasta rompemos cuando nuestro olfato nos dice que hay más… que detrás de estas fotos, hay mucho más…

pero eso, va para otro artículo..

Hace tiempos: uno de los peligros de la amnesia

En mi querido país, la amnesia es generalizada y altamente peligrosa; por lo tanto, las terroríficas secuelas que deja son muchas y este post sólo se va a ocupar de una de tantas. Rueda la película…

Y esto no es todo… falta la segunda parte:

Es cierto, en Colombia hay templos más antiguos.. es posible que esta iglesia esté edificada en la zona de lo que fue una doctrina de indios y que hubiera quedado como punto de referencia para esa zona en la que había tanta población india móvil que trabajaba en las encomiendas y estancias.  Si estaba decorada con pinturas, habría seguido el modelo de muchos templos en Hispanoamérica -para indios y para blancos-, que contaban con coloridas escenas de las partes más importantes del evangelio que se quería enseñar a todos los habitantes de los nuevos reinos. 

El meollo del asunto, es la falta de cuidado del Ministerio de Cultura colombiano, como lo denuncia el sacerdote. Un ministerio que, al parecer, está más orientado a hacer publicidad volviendo al país una marca -”Colombia es pasión”- que en cuidar los restos materiales del pasado que nos construye… por que sí vale la pena cuidar de este vejestorio de edificio, ya que nos cuenta la historia de cómo una población fue incluida, a la fuerza y con diferentes herramientas, en un proyecto social y cultural que alteró sus vidas profundamente y que les dio un lugar relegado en una sociedad “blanca”, lugar del que no han salido todavía.

El hermoso mestizaje de una orquesta y el hip hop

La sacaron del estadio… esto es una maravilla, la Filarmónica y ChocQuibTown .. claro que sí!!!

Edmar Castañeda: arpa llanera y jazz

Sí, están leyendo bien: arpa llanera y jazz.  Este colombiano le está dando la vuelta al mundo, pero también a la música de su tierra. Al sacar el arpa llanera de su sitio habitual, está desafiando una larga historia de monumentalización de la música popular… pero tranquilos, que ya me voy a explicar.

Edmar Castañeda y su harpa mágica, tocando con Django Reinhardt en 2007

 

Los instrumentos musicales que están metidos en ese paquete cultural llamado “música folklórica colombiana” padecen, muchas veces, de un anquilosamiento, o encasillamiento que no les permite ser bien recibidos en otras formas de música. Muchos músicos se niegan a aceptar la plasticidad de un instrumento musical tradicional, por variadas razones; es posible que no les gusten los sonidos que produce fuera del contexto familiar, o que no entiendan el nuevo formato musical que tienen en frente. Todo eso es válido. Pero no debe ser obstáculo para que un instrumentista explore otras posibilidades con su instrumento.

Edmar Castañeda en plena acción.

 Al público amplio, por lo general, tampoco le caen bien estos cruces de frontera. Muchos seguramente dirán que es una especie de traición a la música tradicional y que el arpa llanera no tiene nada que hacer en una jam session de jazz. Muchos desdeñarán y recibirán con frialdad esta música, diciendo que “no es música colombiana, por lo tanto ni me va ni me viene”. La indiferencia es un indicativo, muy bueno, del rechazo basado en la falta de sentido de aventura.  Y también es totalmente válida.

La cuestión es que muchas veces, esa monumentalización o encasillamiento del que hablaba más arriba, se basan en estos sentimientos. Nos rehusamos a concebir algo diferente a lo familiar y tradicional y en este caso, nos negamos a la existencia de una posibilidad sonora muy rica y vibrante.  Al decir que la música de Edmar Castañeda no es música colombiana, se está apelando a un gusto que niega el cambio y la apertura cultural de nuestra nación, un proceso social que nos ha marcado durante los últimos 30 años.  Al decir que la música de Edmar Castañeda no pertenece a nuestra tradición, le negamos a nuestra cultura su diversidad, su riqueza, su enorme capacidad de aprendizaje y sobre todo, su inagotable fuerza creadora.

Lo que Castañeda hace con su arpa llanera, es una muestra de todas esas características que acabo de enunciar y que no tienen nada que ver con el anquilosamiento de los instrumentos musicales, una dolorosa consecuencia de entender el folklore como lo estático y inamovible.

Las alabanzas que Castañeda se ha ganado lo describen como un mundo en sí mismo, como un músico con el talento y el carisma necesarios para sacar su instrumento de la oscuridad. No podía ser de otro modo; hay que tener la potencia y la riqueza de un mundo, siempre en formación, para re-crear con tanta belleza una tradición.

Sólo cuando me río: porque no es lo mismo, ni es igual..

… y por ende, no son sinónimos. Aleida lo tiene muy claro:

Aleida, el alter ego femenino de Vlado.

“Los colores de la montaña”: Colombia en el cine.

Los colombianos tenemos que admitir que tenemos una sensibilidad extrema para tratar nuestro régimen interno de violencia. Es algo que nos ha marcado tanto, por tanto tiempo, que hablar de él en el extrajero es casi como un imperativo. De ahí que las actitudes que se sienten en las palabras de los colombianos que están por fuera, por diversas razones, transiten desde la promoción del país hasta el lamento continuo. Las actitudes críticas y balanceadas son muy pocas, pues por lo general implican ir más allá de los estereotipos -propios y ajenos- de lo que puede significar ser colombiano; tener una actitud paciente ante el propio shock cultural y ante la curiosidad del extranjero con el que se convive implica admitir preguntas incómodas, admitir idiosincracias sin lógica y admitir tanto la ignorancia como la vergüenza ante el conflicto que nos ha hecho víctimas, victimarios y desertores.

Por eso cuando una película como Los colores de la montaña llega a una cartelera de cine europea, es mucho lo que hay que explicar y el trabajo de introspección se vuelve una tarea necesaria para construir una mirada sobre la película y sobre lo que cuenta.

No voy a negar que lloré cuando la ví. Pero las lágrimas no eran únicamente de empatía, eran de dolor y de rabia al saber que cualquier coincidencia era la pura realidad. A Carlos Arbeláez, el director, le cabe la alabanza de saber narrar algo tan terrible con tanta elegancia y sencillez; al usar los ojos de los niños, no cayó en el recurso fácil de la infantilización sino que supo aprovechar las poderosas actuaciones de los chicos para transmitir la perplejidad y el pánico que los colombianos sentimos y escondemos. Cuando pudo usar de la violencia más gráfica, prefirió recurrir a las estrategias más sutiles para dar a entender no sólo el horror de la violencia como ejercicio de poder, sino también el miedo que a veces se vuelve omnipotente y que es tan asesino como las balas o como las minas quiebrapatas.

El paisaje y el acento son reconocibles -y para un paisa, la sensación de orgullo mezclado con dolor es de las más terribles. En el imponente escenario de los Andes tropicales antioqueños, lleno de verdor y de fertilidad, con esas montañas que desafían la suspensión vehicular más afinada y que sacan esa fortaleza de caminante curtido que tenemos enredada en nuestra cultura, la historia de Manuel, su balón de fútbol y los amiguitos con los que juega, se hace más contrastante. Al final, los tres emprenden el viaje más triste, el que ha caracterizado las vidas de todos los colombianos en las últimas décadas. Ni siquiera necesitamos una descripción en los créditos. ¿Para qué llover sobre mojado?

Esta es una gran película. Siempre he pensado que el arte más noble es aquel que nos hace pensar, el que nos hace sentir lo que hemos entumecido a punta de entretenimiento. A muchos colombianos no les gustará por el tema, por su dureza… pero eso es lo de menos: esta película es para vernos, como en el espejo, y preguntarnos si nos da miedo o vergüenza lo que vemos.

Tejido social rítmico y sonoro en Medellín

Es muy fácil ver con compasión y con desconfianza a estos jóvenes tan valientes, pero también es lo más injusto. Ellos han sobrevivido una guerra urbana terrible, han visto caer a muchos de los suyos y sin embargo, siguen en pie. Y caminan fuerte, decididos, llevando el compás y la rima.

Y no se trata sólo de la ignorancia de la comuna internacional. Los otros medellinenses, los que muchas veces vemos los toros desde la barrera, no hemos conocido ni admitido este formidable movimiento social nacido en las calles de nuestra ciudad y surgido de la cotidianidad -terrible- de gran parte de nuestra sociedad. Es tan fresco, tan rebelde y tan honesto, que choca con sus letras y con el poder que le ha dado a estos jóvenes, porque son los jóvenes los que han asumido esta misión, esta tremenda posición de decir NO NOS VAN A MATAR, NO NOS VAMOS A DEJAR MATAR.

Y cantando, rimando, mezclando, bailando, van diciendo que están vivos, que respiran y que son mucho más que el estereotipo que les colgamos con actitud arrogante. Estos muchachos son héroes, están salvando a muchos de los suyos en un acto de poesía y de ritmo, de música, que en realidad no tiene fronteras.

Claro, se han ganado enemigos por elegir vivir en vez de morir. Y la negligencia y la discriminación social tampoco les ayuda.  Ya hay varias víctimas… pero ellos continuan y aunque no podamos ayudarlos directamente, al menos, podemos escucharlos y sentir con ellos algo que no hemos querido pensar: cómo nosotros, como ciudad y como sociedad, perdimos el norte y lo que nos unía.

En Medellín hay ritmos y sonidos que te dicen que hay mucho más para ver, oír y sentir...

Boyacá: cofre de tesoros.

Este cofre tiene una apariencia sencilla y cotidiana, guardado por el imponente y desafiante sistema montañoso de los Andes, al que tanto le debemos los colombianos.  Eso hace que el viaje por tierra hasta esta región, ubicada en el centro de nuestro paradójico país, sea una invitación constante a no quedarse dormido en el asiento del bus… y esta invitación se repite muchas veces…  

Las brumas que rodean a Paipa...

Los accidentes típicos de la cordillera proveen a esta región con una gran variedad de climas… ese es el sello de las regiones andinas colombianas, la variedad.  Y por eso hay que tener un buen estado físico para recorrerlas, por que lo que en un momento es montaña brumosa, en el otro se transforma en desierto sinuoso:  

La aridez que rodea a Villa de Leyva.

Y entonces uno se ve llevado del calor al frío, del clima templado al viento glacial.. pero todo vale la pena, incluso el enfrentamiento a los fuertes vientos helados del páramo, si el premio es una visión mágica como esta:  

La laguna de Tota.. azul bruñido y brillante, luminoso y helado.

El viento golpea, la luz amenaza con la ceguera, pero semejante encuentro vale todo desafío.  El suelo es generoso y prodiga una gran variedad de delicias y de colores.  

La veranera, una presencia constante.

Y si esto es el campo, las zonas urbanas también sorprenden por su belleza y su sencillez.  La vida de los boyacenses aparenta ser muy simple, sin mayores altibajos; al menos el caracter amable y un poco taciturno de la gente, lo inclina a uno a pensar eso -claro que uno es un paisa ruidoso sonriente y ruidoso, así que…  De todos modos, sorprende la limpieza y el orden de los pueblos y ciudades de la región.  

Así como también sorprende su fe católica, en estos tiempos de ateísmo y de religiones light.  Estabamos en Semana Santa, semana de rezos, procesiones y monumentos, de altares llenos de flores… y los boyacenses se lucieron en orden, primor y devoción, pues los sermones que en tierras antioqueñas ya se van reduciendo, por allá aún duran según su solemnidad y la gente, claro, se pone sus mejores galas para ir a la iglesia y participar en la procesión, hecha con todo el cuidado.  Por ejemplo, miren a este personaje:  

El pregonero en Monguí... ¿quién dijo que la Edad Media se había acabado?

Y como ya vimos parte de los tesoros hechos por Mamá Natura en esta región, demos una mirada a los hechos por el hombre. En estos hay suntuosidad y mucho agridulce.  

Altar mayor de la iglesia de Villa de Leyva.

Esta luz dorada en el interior de los templos es un leitmotif que en Boyacá tiene una variación constante y embrujadora.  Y no lo duden: en los viejos templos coloniales boyacenses, casi todo lo que brilla es oro.  

Uno de los altares en la puerta de la iglesia de Tópaga.

Bien le dijo Hernán Cortés al emperador Mexica, que la enfermedad del español se curaba con oro.  Y así procedieron, haciendo del oro un objeto de culto y un medio de adoración esparcido por los hermosos templos e iglesitas doctrineras en los que nuestros antiguos nativos aprendieron la fe trabajando en sus adornos.  Debemos recordar que el significado de cruces, flores, vírgenes, pastores y demás, fue entrando en la mente y el corazón de los nuevos cristianos mientras trabajaban para la gloria de Dios.  Las doctrinas de indios fueron los espacios privilegiados para que los sacerdotes católicos, que asumieron la conversión y la protección de los indígenas -y créanme, la protección de un cura podía ser lo menos peor-, enseñaron la artesanía occidental a sus alumnos tan habilidosos.  En pocas generaciones, los aprendices habían superado a sus maestros. La iglesia de Tópaga es una de las pocas iglesias doctrineras que aún tenemos en Colombia y en ella reposan verdaderas joyas del arte barroco de nuestro país, que han engalanado diversas publicaciones nacionales e internacionales.  Mírenla:  

Iglesia de Tópaga.

Desgraciadamente no pude entrar, pues estaban en pleno Sermón de las Siete Palabras y había que respetar la solemnidad de la ocasión.  Pero otros templos aguardaban, con sus naves repletas de tesoros que recuerdan lo paradójicamente prolífica que puede ser una relación de colonización como la que se vivió en estas tierras por unos 300 años.   

Este es el templo de Santo Domingo de Guzmán, en una callecita de la fría Tunja:  

Iglesia de Santo Domingo, Tunja.. vista desde la entrada.

Y nada, ni un perentorio aviso arzobispal que regaña al turista diciendole “nuestros templos no son museos”, puede impedir que uno le tome fotos y fotos a tanto esplendor.. esta visión embruja y uno casi que puede ver a los fantasmas de artesanos indios y mestizos cuidando con amor los cuadros, los altares, los arcos…  

Cerca al altar mayor..

 

 

Figuras como ésta, llenas de simbolismo y riqueza, abundan en nuestros templos coloniales, que eran más que edificios consagrados a la fe y a la arrogancia de una sociedad; eran libros, en los que una sociedad mayoritariamente analfabeta podía aprender y esperar a comprender todo lo que debía saber para vivir en paz, según el rol que Dios -amo de la vida y de la muerte, de este mundo y del otro- le hubiese asignado.  Nosotros ya hemos olvidado todo este lenguaje, hijos de una cultura cada vez más laica y dependiente de la alfabetización.  Pero para nuestros antepasados, la vista y su amigo, el color, eran indispensables.  A ellos iba pegada la palabra hablada, que quedaba en anclada en la memoria gracias al ritmo de la letanía piadosa. 

Pero las iglesias no eran las únicas que podían utilizar el color para resaltar su grandeza y comunicar a todos los fieles las maravillas que aguardaban a los que obedecían la ley.  Las casas de los notables, de aquellos que por raza, propiedad y linaje podían ostentar los títulos de Don o Doña, también podían hacer alarde de un despliegue decorativo colorido y fastuoso, digno de sus pergaminos; y como ejemplo, he aquí la Casa del Fundador, en Tunja:
 
 

El cielo raso en la Casa del Fundador, Tunja

Cielo raso Casa del Fundador, Tunja. Detalle (un camello?)

En estas pinturas de decoración doméstica, como pueden ver, se alternan los motivos clásicos y los exóticos.  Hay lugar para citar las culturas conocidas por los españoles -mediterránea, árabe, eurocristiana- y a veces, para citar esa cultura que estaban llegando a conocer: la nativa suramericana.   

Gracias al azar y a la conservación, estas pinturas no es lo único que ha quedado en las viejas casonas coloniales.  A veces, entre los trastos viejos, se han recuperado trocitos de la vida cotidiana, del quehacer de todos los días:  

Loza y azulejos del siglo XVI y el XVII, recuperados en la Casa del Fundador, Tunja.

Y junto a los platos, tazas, cuencos, jarras, cucharas, candelabros, frasquitos, ceniceros, trinchetes, ruecas, armaduras, pistolas, espadas y demás, claro, estaban los muebles… por que al colonizar, uno lleva su pobre humanidad a cuestas hasta donde haya elegido: ese es el requerimiento para trasladar una civilización de una latitud a otra:  

El secretero: mueble indispensable. Casa del Escribano, Tunja.

Y claro, como el tiempo no se detiene, la civilización siempre tiene más cosillas que agregar.  Por eso es que, llegado el caso, hay que importarla, para no quedar tan atrasados.  Y así es como llegó, a comienzos del siglo XIX, un piano a la pequeña Tunja:  

Un piano francés en la Casa del Escribano, Tunja.

En estas casonas se encierra una gran colección de artículos quenos muestran cómo se desarrollaba la vida virreinal.  Son unos doscientos años de muchas existencias, hechos de muchas palabras y sueños que, por lo general, nunca conoceremos.  

En los documentos de los archivos se pueden encontrar algunas palabras, retazos de los eventos en los que estos artículos tuvieron un sentido para las personas que llamaban a estos espacios su hogar.  Para nosotros, si tenemos la suficiente imaginación, pueden llegar a ser máquinas de viajar en el tiempo.   

Interior de la Iglesia del Convento Santa Clara la Real, Tunja.

Pero no podemos salir de Tunja sin darle unos minutos al Convento de Santa Clara la Real y a su iglesia, pequeña pero fastuosa.  

Este convento y su templo son muestras incontestables de lo que la riqueza y la fe podían lograr en la sociedad virreinal: que una pareja sin hijos, entrados en la madurez, decidan consagrarse a Dios… claro, la Iglesia, conmovida, recibe semejante regalo.  He aquí unas muestras de lo que guarda este edificio, actualmente en proceso de restauración:  

Púlpito en la Iglesia del Convento Santa Clara la Real, Tunja.

Santa Clara la Real: cielo raso..

En el Coro de la Iglesia del convento de Santa Clara la Real, Tunja.

La Inmaculada... del siglo XVII...

Y hasta la penitencia y el martirio por el Crucificado, podía tener su lado artístico.  Fue en este convento que Josefa Del Castillo, una de las primeras escritoras del Nuevo Mundo, pasó su mística y masoquista vida, ahuyentando al demonio y escribiendo con gran belleza… y este es su cuartico de penitencia, donde según la leyenda, se azotaba y el demonio la tentaba.. ¿será que esos angelitos pintados la consolaron un poco?  Espero que sí…  

El cuartico de penitencia de Josefa del Castillo en Tunja..

Y bueno, suficiente de templos, monjas tentadas por el demonio, imágenes rematadas de oro y donaciones imponentes… es hora de salir a la calle, de seguir viajando y viendo..  

A la calle en Tunja!!!

Entonces al bus!!! a la carretera!!! el camino nos llama!!!  

En la carreteraaa.... rumbo a Nobsa, capital de todo lo tejido!!!!

 Sí señores!!!! En la pequeña Nobsa ustedes podrán encontrar todo lo que alguna vez pensaron que podía tejerse… y lo que jamás se imaginaron que podía tejerse!!!!  

Desgraciadamente, los nobseños, tan habilidosos en las artes de lo tejido, no lo son en lo de la creatividad para los negocios: una tienda de tejidos y artesanías es igual a las otra cien… así que aquí les muestro lo que hallé de más colorido: 

Lindos tapices nobseños.

Y el mayor atractivo que en estos momentos tiene tan noble municipio, es este pesebre móvil.. toda una belleza, un paseo por lo que pudo haber sucedido el día de la Última Cena: 

Lindo pesebre móvil en Nobsa..

Como detalle curioso, en aquel día se presentaba la agrupación de Capoeira del pueblo en el pequeño parque central y competía con la llamada a procesión.. al parecer los nobseños se sentían más atraídos por la Capoeira que por la procesión, pues la invitación a rezar sonaba cada vez más a regaño.. 

Capoeira en el parque de Nobsa.

Detalle de cuadro de la Crucifixión, en el interior de la iglesia de Nobsa.

Y habiendo visto todo lo que Nobsa tiene para ofrecer al turista fugaz, era hora de pasar a otros destinos… 

Y esos nuevos destinos nos deparaban emociones más republicanas, de fuerte tono independentista, que nos hacían esculcar la memoria para acordarnos de las lecciones de historia patria… y claro, para esta historiadora, las lecciones de historia patria vienen como un paquete enorme, lleno de contradicciones deliciosas: 

Monumento a los Lanceros... "Salve usted la patria!!!"...

San Isidro Labrador, interior templo del Pantano de Vargas.

 

 Como pueden ver, no todo son fiestas patrias y honores a las huestes de centauros indomables, lideradas por Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios. 

Incluso en este sitio memorable, la vieja tradición católica y agrícola se hace presente en este encantador altar, pequeño, en el también pequeñito templo del pueblo que rodea lo que fue alguna vez el Pantano de Vargas… desafortunadamente, el paraje no es para nada apacible, pues en la placita se instalaron tres bares que compiten por tener el equipo de sonido de volumen más potente. 

Pero prosigamos nuestro viaje por este cofrecito.  Vamos a un destino bien colorido, lleno de comercio y de placer para los ojos: Ráquira. 

Ráquira: adelante, bienvenido...

 Todos los colores conocidos y todos los que uno ni se imaginaba, están en Ráquira.  Ah, también sale uno con muy buenas ideas para aplicarlas a la fachada de la casa propia, si es que uno se atreve… y dan ganas de atreverse.. 

Fachada de verde, en Ráquira..

Fachada de rosa y campanitas colgantes, también en Ráquira.

Y claro, si uno tiene el poder adquisitivo, puede dejarse tentar de lo lindo y salir con paquetes llenos de cositas y adornos pintorescos para decorar lo propio y lo ajeno… 

no es sino que pase, que se deje antojar y verá que en la mente le surgen todos los lugares en los que falta algún detallito… 

Pajaritos que cuelgan...

Muñequitas y flores de madera..

¿Si ve?  Lo que hace falta es billetera y maleta, para ir, elegir y llevarse tantas cosas tan lindas…

Y cuando uno se cansa de ver tanta artesanía, pues simplemente se sienta y fantasea con vivir en un pueblito así, sacado de la imaginación más hippi del mundo…

 

 

 

O hamacas de todos los tamaños y colores...

Pero es que Boyacá está llena de lugares, grandes y pequeños, en los que a uno le gustaría quedarse, o al menos, en los que uno se ha visto cuando se imagina viviendo otra vida… por ejemplo, miren esta casita en Monguí:

La casita junto al Puente Real, en Monguí.

O tal vez esta, de fachada austera y prometedor interior, en Tibasosa:

Tibasosa: tierra del sabajón en todas sus presentaciones..

Pero nos montamos de nuevo al bus, el viaje prosigue… y pronto, otra joya nos da la bienvenida:

Chiquinquirá, tierra espiritual.

Y lo es, encantadora y llena de gente para las fiestas piadosas… claro, no se asombren por el mercado de la fe que allí hallarán: escapularios e imaginería de todos los tamaños y clases y una taquilla especial en la catedral, en la que pueden consignar el valor de la misa que deseen ofrecer.  Por que no sólo de espíritu viven los hombres, ni siquiera los consagrados a Dios..

La famosa catedral de Chiquinquirá

En ese día soleado, tan lleno de gente, era una proeza entrar… todos querían ver el interior del afamado templo, para tomar fotos o con propósitos más piadosos..

Yo ya perdí mi relación de creyente con los edificios eclesiales y no sé si la recuperaré… por lo tanto, apenas logré entrar, me dediqué al muy pedestre oficio de fotografiar todo cuanto hallé de bonito e interesante.  Pero no se preocupen, que no los voy a agobiar con fotos y más fotos.. sólo unas cuantas para que vean la belleza y la amplitud de esta catedral:

Interior de la catedral de Chiquinquirá

Y esto es sólo un detalle de lo que hay adentro…

La virgen de... ?????? en el interior de la catedral, nave lateral derecha.

En la puerta lateral derecha, Catedral de Chiquinquirá.

Y si adentro había trajín, afuera estaba la procesión..

 Y después de tanto templo, de tanta procesión y de tanto santo, había que descansar… entonces seguimos el ejemplo del mejor amigo del hombre:

"Ufff!!!!! reposemos un ratico!!!"

 Y tras un merecido descanso en el bus, pues nos fuimos a almorzar, por que ya era hora.  Entonces, nos encontramos ante otra maravilla, otra joya de este cofre… deliciosa y sorprendente, un ritual que no se puede pasar en esta región: la gloriosa morcilla de Sutamarchán…

¡Salve, Morcilla! ¡Oh, manjar regional de tan sonora localidad! ¡Loada seas, Sutamarchán!

 No hay palabras… faltan los calificativos para describir esta genialidad culinaria… no hay motivo más sagrado para romper con dietas, con vigilias, con prescripciones médicas.. la morcilla de Sutamarchán seguramente no tiene rival y debería ser consagrada como patrimonio histórico de la humanidad.

Y bueno, para que Tibasosa no se sienta mal, pues consagremos también el sabajón y la guayaba feijoa en todas sus posibles preparaciones:

Sabajones para todos los gustos en Tibasosa..

Y si a eso le suman una humilde y dulzona arepa boyacense… pues bueno… de lo más genial.

Pero si los tesoros hechos por el hombre nos habían robado los ojos, la naturaleza no se daba por vencida.  Todavía no habíamos visto otras maravillas naturales: faltaban el famoso fósil y los termales de Paipa…

Sí, era enorme.. el fósil de Monquirá

 Este impresionante animal, de cuyo nombre científico no me acuerdo, habitó esas desérticas tierras cuando Colombia no era Colombia, ni Suramérica el continente que hoy identificamos.  Algo así como el cruce entre un delfín y un cocodrilo, esta criatura hizo de las suyas en el mar que una vez cubrió el desierto de la Candelaria.  Y cuando las aguas se evaporaron, allí quedaron sus huesos, en lo que alguna vez fue su dominio, junto a los caparazones y las huellas de hojas y semillas.

Pero Zipaquirá, definitivamente, está entre los primeros puestos si se trata de visiones deslumbrantes; es que la Nueva Catedral de Sal se merece la hora de recorrido…

La cúpula azul, al interior de la Nueva Catedral de Sal en Zipaquirá.

El frío, la penumbra, los pasadizos… todo tiene una atmósfera única, no se puede comparar.  Cuando se llega al coro, con vista al altar mayor, el recorrido por las estaciones del Viacrucis que le precede cobra sentido:

Nueva Catedral de Sal, Zipaquirá.

 

Y ya para finalizar esta resumida crónica, hay un cierre patriótico: el famoso Puente de Boyacá.

El Puente de Boyacá: enorme fama en formato pequeño.

En este tierno puentecito, que parece sacado de un pesebre navideño, se definió el primer destino republicano del antiguo virreinato de la Nueva Granada.  Ahora es un monumento, con llama eterna en honor de los próceres y otros aditamentos: escudos, estatuas, puertas conmemorativas y claro, un enorme edificio sin usar que se ve al fondo, que queda como testigo de otra gran costumbre administrativa colombiana: la de hacer elefantes blancos.

Y estos son sólo algunos de los tesoros de ese cofre que llamamos Boyacá.  Así nos burlemos de sus gentes y de la vida rústica que muchos llevan, obviamente lo que esconde la sencillez de esta región satisface y excede la curiosidad.

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