Bogotaneando – La crónica, parte 2
07 may 2012 Dejar un comentario
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¿Será que el abandono hace parte de las políticas públicas? ¿Podemos considerar el abandono, como una forma de habitar la ciudad? Estas dos preguntas son las que toman lugar en mi cabeza, alternativamente, cada vez que pienso en Bogotá.
El hecho de que Bogotá sea una ciudad que, en muchos sectores, es mejor pasar de largo, dice mucho del tipo de modernidad en el que vive. Ahora bien, hay que aclarar que la sectorización de Bogotá no es algo nuevo, muchos especialistas en historia y desarrollo urbano están de acuerdo en decir que dicha sectorización se fue consolidando desde hace unos cien años más o menos, cuando la ciudad empezó a recibir fuertes flujos migratorios de gentes que, sacadas de su localidad por la pobreza y por la guerra, sólo atinaban a buscar en Bogotá un lugar. La cuestión entonces es cómo se ha desarrollado esa sectorización, cómo es que se ha organizado a esa masa siempre creciente que son los bogotanos.
Lo que salta a la vista cuando uno intenta responder a dicha cuestión, es el innegable daño ecológico que la ciudad ha sufrido y que causa a sus regiones aledañas. Bogotá vive a costa de su ecosistema y los daños ya son irreversibles; es más, podríamos decir que uno de los precios que ha tenido que pagar por su gigantismo, ha sido el deterioro de su ecosistema, con el cual dejó de tener relación durante las últimas décadas del siglo XIX. Esa es una parte del abandono al que me refiero.
Ese abandono constituyó el núcleo de una administración sin verdadera planeación. Y parece que, cuando llegó la planeación, se planeó la ciudad del futuro en el norte y así quedó otra Bogotá… es como si fueran dos hermanitas siamesas, la una con problemas de desarrollo y la otra más repuestica. La primera, que comprende gran parte del antiguo núcleo histórico de la ciudad, parece en varias manzanas un pueblo de una película del oeste, uno de esos pueblos perdidos en la mitad de la nada donde en cada esquina puede estar escondido un pistolero. Y al parecer así es. Es muy doloroso ver cómo la pobreza y la inseguridad, se alimentan del abandono gubernamental – y a su vez, el abandono gubernamental se alimenta de esa pobreza y de esa inseguridad. Ya había dicho en la primera crónica que en estas zonas eran tristemente evidentes el desaseo, el abandono y la tristeza; este ecosistema urbano es un ecosistema moribundo, sino es que ha muerto ya. Y ojalá me equivoque.
No me olvido del sector de La Candelaria, y a él le dedicaré una crónica aparte. Este sector alberga un intento de los administradores de la ciudad por reconciliarse con su ecosistema: el Eje Ambiental, que supuestamente se verá completo en una década (más o menos), cuando esas palmeras que sembraron después de la Séptima, bajando por la Avenida Jiménez, crezcan y den toda la sombra que prometen; los edificios circundantes tendrán una vista bellísima… pero falta ver si eso es suficiente para reactivar el ecosistema de esa parte de la ciudad.
Pasando de la nefasta 26 hacia el norte, uno puede ver el cambio de relación. Si es cierto que el abandono hace parte de las políticas públicas, el sector de Chapinero, la pequeña Suiza y otros en esa área, dan una curiosa señal de ello. Se dice en la academia que el mayor esfuerzo modernizador en Bogotá, estuvo enfocado a establecer una ruptura con la Colonia y todo lo material que estuviera asociado a esa forma de vida. Chapinero es un barrio que pareciera haber sido diseñado con ese propósito, con esas casas de estilo europeo que llaman la atención y que están siendo recuperadas.
Ya en el norte, uno siente los deseos de cosmopolitanismo y de modernidad en las avenidas que se ensanchan, en los edificios que proclaman que en ese sector habita la Bogotá moderna, centro financiero del país. polo turístico de la región. Incluso la localidad histórica recuperada en ese sector, Usaquén, presenta un lazo urbanístico con esos deseos de modernidad: tan limpia y conservada, los rastros perfectos del pueblecito, alberga en sus callejuelas bien mantenidas negocios y restaurantes que se han ido convirtiendo en parada obligada de los bon vivants y de los turistas. Esa es una parte de Bogotá que se muestra con orgullo, pues muestra el equilibrio de un desarrollo pensado; pero ¿en realidad es tan pensado?
De aquí podemos volver a la otra pregunta inicial: ¿el abandono puede ser considerado como una forma de habitar la ciudad? Yo pienso que sí; los habitantes de Bogotá han abandonado su ciudad de muchas formas y la frustración con sus administradores es una de ellas. Pienso que muchos bogotanos se han cansado de querer algo mejor para su ciudad y por eso buscan otro lugar dónde hacerla… tal vez al norte, donde todo es más nuevo.
Hace tiempos: racismo en Colombia
03 may 2012 Dejar un comentario
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Esta entrada comienza con una obra de arte, por gracia del colectivo Blanco Porcelana [visite la obra interactiva aquí].
Y luego continúa con una denuncia hecha en el blog La Silla Vacía en la que refieren cómo esta instalación artística ha sido objeto de una tutela, puesta por familiares de la artista, que se sienten vulneradas en su buen nombre… digo “vulneradas”, por que se trata de las tías de la artista. Y ese es uno de los lados del asunto.
Entonces: no hace falta continuar esta entrada diciendo que la artista simplemente está comentando algo que todos sabemos, que el racismo en Colombia existe. Todos estamos un poco cansados de saber que el racismo en Colombia es cosa de todos los días, pero de tanto decirlo y “saberlo”, en realidad lo pasamos por alto. De tanto señalarlo en las acciones y palabras de otros, en los casos que parecen traídos de una película sobre el sur gringo, se nos olvida lo que esta artista nos está presentando: que el racismo es una de nuestras estructuras sociales cotidianas, que lo llevamos en la sangre, como llevamos nuestra diversidad genética producto de la mezcla de tres razas (y eso que digo tres por simplificar, nada más… acuérdense que los españoles eran bien mezcladitos cuando llegaron por estos lares…)
La pieza central de esta obra son las frases que delatan nuestro racismo cotidiano; seguramente frases que la artista oyó en boca de sus tías y su mamá y seguramente, frases que todos hemos oído en bocas familiares… frases que, sin pensarlo, repetimos. Y el hecho de que las repitamos sin pensarlo, demuestra lo impregnada de racismo que está nuestra cultura colombiana. Los señalamientos a características étnicas que desde tiempos coloniales se han tomado como “desafortunados”, son uno de los rasgos que se han mantenido en nuestra cultura, que durante la transición hacia un sistema democrático, no logró minimizar las barreras socioeconómicas que se asociaban a la cuestión racial; nuestro racismo está apuntalado entonces por un fuerte arrivismo económico: nadie quiere “ser negro” o “indio”, por que en el fondo, eso también significa ser “pobre”… y ser “pobre” significa no sólo no tener medios financieros, significa también estar a merced de otros para vivir, tener que soportar leyes injustas, no poder ejercer el libre albedrío en el mundo social.
Nuestro racismo cotidiano refuerza este prejuicio como un conjunto de frases, de comportamientos y actitudes que buscan no sólo señalar al “más oscurito”, sino negar cualquier parecido o relación con ese elemento social que se considera indigno; entonces vamos desde alaciarnos y teñirnos el cabello hasta los lentes de contacto de color claro y si con la cuestión física no alcanza, entonces vamos a la ostentación de aquello que usualmente reconocemos como pertenecientes a aquellos que detentan “el porte”: ropa, lenguaje corporal, actividades de ocio, lugares de vivienda y otros consumos que se asocian como pertenecientes a gente “con clase”… claro, la reacción de la gente “con clase” , no se hace esperar: “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”, para darle a entender al recién llegado que su ascenso social podrá mostrar todos los signos materiales de su redención, pero que su “esencia” (su verdadera piel, su verdadero cuerpo), sigue perteneciendo a ese mundo oscuro y pobre del que salió.
Y eso que no voy a hablar del contra-racismo, o racismo a la inversa: cuando el discriminado, a su vez, discrimina a su discriminador… eso requiere otra entrada en el blog.
El lado de la cuestión que mencioné al principio de este comentario, se refiere al hecho de que sean las familiares mujeres de la artista, las que hayan puesto la tutela. Las mujeres seguimos siendo las guardianas de los valores y la moral, a pesar de las alternativas que el feminismo ha puesto ante nosotras; ya ven entonces que no me parece lo máximo el que las mujeres sigamos replicando y promoviendo valores que no permiten la consolidación de una sociedad más incluyente… Y no se trata de falta de educación en muchos casos; seguramente las tías de la artista salieron graduadas de excelentes instituciones educativas y muchos de nosotros, los espectadores de la obra de arte, hemos ido a la Universidad; se trata de que casi siempre, nuestras instituciones educativas y educadores repiten los prejuicios sociales y no presentan -al menos de manera eficiente- la alternativa: unos valores democráticos y respetuosos.
Las tías de la artista, como la gran mayoría de las mujeres colombianas, fueron objeto de una educación conservadora. Yo leo su reacción ante la obra como otro fruto de esa educación: el horror de pensar que la gente las va a considerar unas racistas. Pero en eso no se diferencian de los demás colombianos, incluso de aquellos que denunciamos la discriminación racial y que también somos hijos de una cultura racista. Ahí a ellas se les escapa que la artista no está diciendo que sólo sus tías son racistas; también está diciendo que ella, la artista, es racista; que los curadores de las galerías de arte son racistas; que otros artistas son racistas; que nosotros, los que vemos y experimentamos su obra, y nos escandalizamos con las frases de tono racista que nos muestra, somos racistas.
Entonces, para concluir esta entrada, me parece que esta obra de arte es poderosa por que saca de lo cotidiano algo que nos estructura como sociedad y que seguimos dando como estructura social a las nuevas generaciones: el racismo. Me gusta que haya sido entutelada, me parece que la acción judicial es una contribución a su poderoso efecto estético, pues pone en mayor relieve la hipocresía que manejamos ante nuestra conservadora sociedad colombiana – pero aclaro que no me gusta ver censura en el mundo del arte; en este caso, la censura ha cumplido una de las máximas de Oscar Wilde: “cuando me halagan, sé que lo he hecho bien; pero si me insultan, sé que he tocado las estrellas”.
Bogotaneando – la crónica, parte 1
08 abr 2012 Dejar un comentario
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Bueno, no había vuelto a postear con frecuencia por cuestiones académicas. Esas cuestiones me llevaron a Bogotá, la capital de mi hermoso y loco país. Confieso que en lo que se refiere a viajes a la capital, era una completa novicia provinciana… pero sé que no soy la única, pues muchos colombianos se pasan la vida entera sin ir a la capital de su país, pues ni lo desean ni lo necesitan. Yo me sumé a aquellos colombianos que, por necesidad, salen de su ciudad natal para irse a la capital… fueron sólo dos meses y medio y sé que me quedó mucho por experimentar; pero igual, Bogotá fue toda una experiencia y quiero compartirla.
Entonces, comparto la primera impresión común a todos los que la ven por primera vez: es una ciudad muy grande… pero tanta enormidad esconde heridas y contrastes muy agudos, lo que la hace intrigante y abrumadora. La mejor manera de hacerse una idea de lo compleja y multifacética que es Bogotá, es usar el transporte público: Transmilenio o buseta. Sí, claro, entre tumultos y ladronzuelos a uno se le pueden quitar las ganas de participar de ese deporte extremo urbano bogotano, pero es el mejor medio para conocer la ciudad.
El famoso Transmilenio, diseñado y aplicado para resolver el problema de la movilidad de Bogotá, es una solución a medias. En realidad no es más barato ni más rápido, aunque tiene buses express que hacen los recorridos de una estación a otra directamente. Lo más emocionante que puede ofrecer Transmilenio, es una visión privilegiada de la sectorización de la ciudad y de la discriminación económica que esto implica; al tomar como recorrido central la Avenida Caracas, una sección de Transmilenio le da a uno la oportunidad de una visita turística sin guía; dependiendo de la hora, uno encuentra señales del abandono que sufren algunos sectores de Bogotá, sobre todo en el centro; yo tuve la experiencia de hacer ese recorrido en horas de la noche y vi estudiantes, trabajadores, comerciantes, ejecutivos, amas de casa, prostitutas, gamines y demás peleando por su lugar en la calle o por salir rápido de esa calle… ahí recordé algo que aprendí leyendo historia de la arquitectura: una ciudad puede ser moderna y fantasmal, pues se convierte en un lugar de paso y no de habitación; hay sectores del centro de Bogotá que son lugares de paso afanoso y contrariado para parte de sus habitantes, mientras que son lugares de habitación para otra parte de su población. Claro, esa parte de la población que los habita no es la población “de mostrar”…
Otro sector que muestra un gran abandono, es el sector de Las Cruces, que comienza unas cuantas calles más abajo del Palacio de Nariño y su zona de influencia -las carreras Octava y Novena-. Aquí el abandono lleva la marca de la pobreza.
La primera advertencia que uno recibe de los bogotanos, es no pasar por ese sector. Yo tuve la oportunidad de pasarlo en taxi, y ahí supe porqué: parecía un pueblo fantasma del viejo oeste. Curiosamente, es uno de los sectores más antiguos de Bogotá y sus viejas casas se hallan casi intactas, obviamente por que sus habitantes no han tenido con qué modernizarlas.
La violencia y la rudeza de ese barrio se sienten al pasar por esas callecitas angostas, callecitas que con su escaso diámetro, hablan de los tiempos en que Bogotá fue un pueblo grande…
es muy triste ver cómo media ciudad queda abandonada a su suerte, pues al salir a la avenida en la que queda el famoso Hospital San Juan de Dios, otra institución histórica en la nación, la cosa no mejora: más abandono, más descuido, más suciedad, más tristeza.
Y así finalizo mi primera crónica bogotana. No se preocupen, tengo mucho que decir al respecto y vendrán más.
Hace tiempos: espumoso licor, yo te saludo…
02 nov 2011 Dejar un comentario
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Hoy quiero compartir otro hallazgo en el archivo, esta vez cortesía de la colección patrimonial de documentos de la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Este poema fue publicado en la revista literaria El Montañés, una de las muchas publicaciones culturales que tuvieron vida efímera en el Valle de Aburrá a comienzos del siglo XX. Como sé que muchos comparten mi gusto -por la cerveza, al menos, ahí les va…
LA MUSA DE LA CERVEZA
Mi bebida es cerveza fina y dorada,
para engañar la vida bebo cerveza,
su lúpulo mezclado con su cebada
tiene amor, alegría, gracia y belleza.
La sangre se atempera con su fermento,
el pulso se sosiega con su frescura,
y en calma las arterias y el pensamiento
los ojos se reposan en su hermosura.
Vertida en rutilantes vasos profundos,
finge cristal precioso que burbujea,
génesis esplendente lleno de mundos
donde el sol se hace chispas y centellea.
Cuando su hervor estalla con fuerza suma,
una visión el vaso lanza sonoro
con ojos de topacio, labios de espuma
y frente chorreante de rizos de oro.
Es la musa dorada de la cerveza,
tembladoras burbujas forman su risa,
y hecha está la mantilla de su cabeza
con claveles pajizos que el sol irisa.
Andaluza parece, y es alemana,
árabe, inglesa, egipcia, rusa y hebrea;
cruza al pie del Vesubio, y es italiana;
por las tierras de Cristo, y es galilea.
Es popular y alegre como una copla,
a los reyes iguala con los vasallos,
y, en un búcaro, ha visto Constantinopla
tras las rejas doradas de los serrallos.
Sus átomos son letras burbujeantes
que entienden cuantas razas alumbra el día,
y su verbo de pompas tonificantes
trama collares de hombres con la alegría.
En Nueva York grandioso como en Atenas,
en París esplendente como en la Nubia,
triunfan sus áureas gotas de vida plenas
y su espuma que es blonda de seda rubia.
Lo mismo da en los vasos, susurradora,
dentro de un patio alegre de Andalucía,
que con ella el Egipto sus labios dora
en las noches de fuego de Alejandría.
Acaso un rey artista va entre arenales,
llevando por remotos itinerarios,
su hastío que conducen a sillas reales
entre asiáticas pompas los dromedarios,
y al sentir ya los labios cual ascuas vivas,
el rey, por un capricho de su riqueza,
bebe las gotas de oro que van cautivas
en el cosmos dorado de la cerveza.
Quizás también en suelos alcatifados,
y encima de almohadones de sedas vanas,
tiene un sultán los ojos encandilados
en un valle de hebreas y circasianas:
En una pipa, larga como serpiente,
fuma el fino tabaco que Arabia cría,
y el humo va a borrarse lánguidamente
en los muros pintados por la alegría:
y cuando en sed la sangre quema su boca,
pide a un eunuco negro rubia cerveza,
cuyo tapón tronante vibrando toca
en los techos calados por la belleza.
Dondequiera que al aire salta profusa
lanzando un taponazo rudo y sonoro,
allí sale del vaso la rubia musa
con la faz entre un marco de bucles de oro.
Ella pisa la esclava triste Polonia
y el calcinado suelo de Fez ardiente;
en el nombre de Irlanda besa a Bolonia,
en el nombre del Norte besa al Oriente.
Cosmopolita errante, mira mil soles
al desbordar la espuma de sus cristales;
en el Japón salpica los quitasoles,
en Persia los tapices de oro torzales.
Si enlazando naciones va furibundo
el tren vertiginoso, con más presteza
va uniendo corazones por todo el mundo
la espuma detonante de la cerveza.
Alzad la rubia copa, todos sus fieles,
cuantos movéis los hilos en los telares,
cuantos pulsáis las liras y los cinceles,
cuantos alzáis las hostias en los altares.
Los que esgrimís la azada que el brazo abruma,
los que, puras las almas, dictáis las leyes,
y en alto ya la copa llena de espuma
por vasallos y nobles, pobres y reyes,
juremos que tejid0s con fe de hermanos
nadie logre inspirarnos odio iracundo;
¡y un collar formaremos con nuestras manos
como un gigante abrazo que abarque el mundo!
Salvador Rueda, Madrid, 19 de Noviembre de 1904.
Hace tiempos: Una aventura en el Archivo de Prensa…
11 oct 2011 Dejar un comentario
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Pocas personas saben que en el cuarto piso de la Biblioteca de la Ciudad Universitaria en la Universidad de Antioquia, existe uno de los mejores archivos de prensa del país. Claro, no es un lugar muy concurrido por el gran público, pues rara vez la gente en general tiene la necesidad de desenterrar viejas noticias de años pasados. Para los que trabajamos con archivos, para los que escarbamos entre las letras de imprenta mudas, el archivo es un hogar, es un laberinto lleno de aventuras.

Biblioteca de la Universidad de Antioquia, Medellín (Ant.)
Una de esas aventuras me ocurrió en estas semanas, trabajando en ese Archivo de Prensa, donde reposan las ambiciones impresas de los primeros periodistas colombianos, así como las arriesgadas investigaciones de los profesionales reporteros de los últimos tiempos.
Esta aventura tuvo una triste coincidencia: mientras yo escudriñaba un número del periódico El Espectador, de Medellín, del año 1899, el archivo se fue llenando de mujeres jóvenes y maduras, todas ávidas de un tipo específico de noticias: la presencia de grupos paramilitares en ciertas zonas de Medellín a principios de los años 90, así como la publicación de notas donde anunciaban la aparición de cadáveres y fosas comunes en esos mismos años.

Una de las viejas ediciones del periódico El Espectador, en sus comienzos, en Medellín. En 1915, el periódico se trasladó a Bogotá.
Muchas recordaban la fecha donde aparecían las notas que más les interesaban. Otras recordaban las fotos que ilustraban la página donde estaba la noticia que buscaban. Otras buscaban sus agujas en ese pajar de páginas de prensa, cada vez más grande, pues al no recordar la fecha exacta, tenían que armarse de paciencia para buscar en cajas y más cajas de prensa guardada y celosamente cuidada por los auxiliares del archivo. Muchas no sabían cómo debían solicitar lo que buscaban, y sobre todo, no sabían cómo pedir una copia del pedacito de papel que les ayudaría a argumentar sus casos; por ende, los dos auxiliares jefes se vieron copados de actividad, pues sólo ellos pueden sacar fotografías de los periódicos con los cuidados necesarios, para evitar la destrucción prematura del ejemplar.
Las filas para pedir una foto, los nervios, la angustia y hasta la frustración eran los mayores componentes de la atmósfera del archivo en esos momentos. El archivo, usualmente tan pacífico y callado, se había convertido en un hormiguero. Las afortunadas que encontraban su noticia sonreían con la tranquilidad de haber hallado el argumento que necesitaban para contextualizar sus muertos y argumentarlos en un tribunal. Como es usual entre las mujeres, la conversación sobre la situación en común no tardó en surgir… es un buen modo de compartir la premura y darse ánimos; las preguntas “cuándo lo/la mataron?” “dónde lo/la mataron?” “dónde lo/la encontraron?” eran frecuentes; a éstas se unían “Y tiene más hijos?” o con más precisión, ante la presencia de pequeños acompañantes: “Este es su nieto/a, hijo/a?” Claro, también llegaron las sonrisas de celebración junto a un “bendito sea Dios, qué bueno que encontró la noticia!!” o un más preciso “Claro que iba a encontrar, si por esas fechas los paras mandaban por allá!!”
Toda esta actividad frenética por encontrar rastro de lo que ellas ya sabían, se tomó el archivo ese día.. se lo ha tomado por varios días…
Mientras tanto, yo leía mis rollos de prensa microfilmada. En el diario liberal El Espectador, en los números de 1899, el editor y varios corresponsales denunciaban las persecuciones políticas que el gobierno ultraconservador, bajo la bandera de la Regeneración, ejercía contra los liberales. El editor -Fidel Cano- y sus corresponsales denunciaban el ambiente de inseguridad y de creciente temor, pues la guerra se veía como algo inevitable; en el periódico también se denunciaba la progesiva pérdida de libertades republicanas y la penuria económica que asolaba a la nación. Entonces, llegué al último número de 1899 y me levanté a buscar el rollo del año 1900. Pero el siguiente rollo comienza en 1903… claro, pensé: la Guerra de los Mil Días, que llenó de terror al país, que desangró regiones, que aniquiló la incipiente economía colombiana y que dio el marco para la secesión de Panamá, comenzó a finales de 1899 y terminó a finales de 1902. Esa guerra dejó en claro cómo la contienda política volvía a tomar la dinámica de aniquilar al otro que tiene ideas diferentes. Por medio de los sufrimientos de la Guerra de los Mil Días, se construyeron recuerdos que aún constituyen las identidades regionales de nuestro país: la goda Antioquia (en la que muchos liberales antioqueños lucharon y sufrieron y sobrevivieron), la Costa liberal, las guerrillas liberales y conservadoras del Valle, del Huila… todos colombianos asesinados y expropiados por el absolutismo de las ideas, ideas vueltas bandera para encubrir venganzas personales en muchos casos… para encubrir masacres, violaciones, asesinatos selectivos, robos hechos en nombre del partido, del pueblo, de la Iglesia… y claro, en nombre de la nación y de su bienestar.

Ejércitos liberales al comienzo de la Guerra de los Mil Días.
Entonces, recordando lo que sé de la Guerra de los Mil Días, y con las conversaciones de estas mujeres en mis oídos, recomencé mi lectura en el año 1903… don Fidel Cano volvía a la imprenta, prometiendo continuidad e imparcialidad. Claro, las noticias tristes no tardaban en aparecer en el rollo de microfilm: más penuria económica (venta de casas, de muebles, ruegos por trabajo), peticiones de noticias de los esposos que se fueron a la guerra y cuyas esposas aún esperaban sin saber si eran viudas o si debían esperar a un inválido -o loco..- y las tristes nuevas del fallecimiento de muchos, víctimas de la guerra, de los que apenas se sabía una vez restablecida la regularidad de las comunicaciones por telegrama. La rabia por la pérdida de Panamá coronaba este panorama periodístico..
Y mientras yo me levantaba de mi silla para estirar un poco las piernas y buscar mi rollo de microfilm, escuchaba cómo entre estas mujeres que buscan noticias sobre un dolor que ya conocen muy bien, surgían frases parecidas a las que Fidel Cano y varios de sus corresponsales escribían hace poco más de cien años. Escuchaba lamentos que, de tanto leer en los archivos y los libros, se vuelven dolorosamente comunes.
Estas mujeres no lo saben y no lo sospechan, pero su búsqueda y lo que yo leo en el viejo diario El Espectador, tienen mucho en común. Y no me causa alegría darme cuenta de esto. Por qué vivimos en un país en que hay que argumentar nuestros muertos, para que se les reconozca la dignidad de ser admitidos por sus victimarios? Acaso podemos sentirnos orgullosos de que las frases de un editor de periódico de hace 100 años tengan eco en la voz de mujeres que ni saben que existió, ad portas del siglo XXI?
Y lo más doloroso: ¿Por qué insistimos en olvidar, en no recordar ni apropiarnos de nuestras memorias, sino que las relegamos a un archivo, donde pocos las ven y donde muchos se olvidan de su existencia? ¿En realidad es más fácil olvidar y señalar impunemente al otro como causa de los problemas, sin hacer un acto de remembranza liberador? un acto de memoria en el que podamos decir nosotros, todos nosotros, somos víctimas y victimarios, hemos inflingido dolor y lo hemos recibido y lo hemos repetido al señalar al otro y no ponernos en su piel.
A propósito, si desean visitar el Archivo de Prensa de la Biblioteca de la Universidad de Antioquia, pueden ir de Lunes a Sábado entre 8 de la mañana y 6 de la tarde, 3 de la tarde los Sábados… luego les contaré de otros archivos, igual de retadores.
Dos fotógrafos del viejo Medellín
29 sep 2011 Dejar un comentario
in Hace tiempos: historia, Historia de Colombia, La foto Etiquetas: arte, arte colombiano, fotografía, Historia de Colombia, Medellín, memoria, realidad
Comencemos con una imagen que tal vez puede aparecer como una rareza en eso que nosotros creemos que era Medellín (Colombia) en los años 40 del siglo XX:
Sí, ella llegó a esta pequeña ciudad a comienzos de la década del 40 y cosechó enorme éxito bailando en los dos teatros más importantes de entonces, el Bolívar y el Guayaquil. A mí me da dificultad imaginarme a una bailarina exótica en la muy católica Medellín, pero don Francisco Mejía (1899-1979) me la pone así, de frente, como hizo con muchos personajes, espacios y momentos que inmortalizó con su cámara.
Kira no fue la única artista que retrató. Por su lente pasaron actrices, cantantes de ópera y de zarzuela, intelectuales, pintores, escultores y músicos que ahora no hacen parte de los recuerdos de la gran mayoría de los medellinenses -contadas excepciones. Admirando a Kira, uno logra percibir lo que el fotógrafo Mejía seguramente admiraba en ella… y en esto, no se diferenciaría de muchos caballeros de la época: sensualidad, belleza, fantasía con tintes de goce prohibido. Y ahí uno vuelve a estrellarse de frente contra el estereotipo que uno tiene de Medellín: tan chiquita, tan católica, tan aburrida, tan práctica, tan pacata, tan moralista, tan goda, tan… atractiva para bailarinas exóticas????
Como historiadora, el estrellón que la foto de Kira me produce me lleva a varias preguntas; la primera, la más obvia, apunta a develar como una artista como Kira podría ser bien recibida en una ciudad que, regida de día por “buenos principios morales”, en las noches “se soltaba el pelo”. ¿Kira, la válvula de escape a un moralismo asfixiante? Es lo más probable. Otras noticias de la época (y de épocas anteriores) revelan en reportajes periodísticos y anécdotas el lado rebelde, hasta oscuro, de esta Villa empotrada en el Valle de Aburrá: los medellinenses aquí pintados son seres violentos, o sujetos de pasiones trágicas, protagonistas de heroismos poéticos y algunos, hasta desplegaban cierto cosmopolitismo; Medellín se agitaba entre asesinatos, la apertura de revistas literarias, los debates políticos, las inclementes persecuciones políticas, las pulpiteadas de los curas, los bailaderos populares y las temporadas de ópera… sí, mucho cabía en la vieja y pequeña Medellín.
Para esta historiadora, la belleza de una foto como la de Kira radica no sólo en que, como dice la trillada expresión, equivale a mil palabras. Al buscar el contexto de esta imagen y sus protagonistas -la bailarina y el fotógrafo- encuentro que son más que mil palabras y que también implica experiencias que rebasan las palabras… mi trabajo es intentar traducir en palabras, conceptos, explicaciones, esas cosas dichas y no dichas. Y claro, sentidas.
Miren esta otra:
¿Travestis en la conservadora Medellín????? Pues sí, y don Benjamín, con ese ojo tremendo que tenía para todo lo raro, fuera divino o humano, fotografió a varios de ellos. También inmortalizó a cantantes, intelectuales, políticos, gente de la elite medellinense y campesinos con su traje dominguero; ni los muertos se escaparon del lente de don Benjamín de la Calle (1869-1934), es más, entre sus series más conmovedoras están las de los niños muertos, que en sus ataudes llenos de flores, parecen dormidos… para la eternidad.
Muchos saben y claro, pocos están dispuestos a admitir, que la movida travesti y gay en Medellín siempre tuvo buen tráfico. Hay un rumor sobre cierto café en el centro de la ciudad, conocido punto de encuentro entre homosexuales durante los años 30 y 40. Y con esa gran habilidad de la sociedad medellinense para hacerse la de la vista gorda, estos personajes travestidos llamaban que llamaban su atención se ganaban la tenaz indiferencia de esa sociedad bienpensante, que sólo se ocupaba de “cosas decentes”.
Esta imagen tan perfecta, desafía esa imagen de Medellín como una comunidad de hombres de a caballo, de carriel y ruana, que conquistaron montes y poblaron valles.. y otros discursos regionales de ese estilo. En Medellín también han vivido hombres lo suficientemente machos para entaconarse y salir muy bien vestidos, a la última moda flapper, por las callejuelas del centro, cosechando a su paso miradas ardientes, asombro y puritano desdén. Ese es un Medellín que le debo a don Benjamín de la Calle; gracias a sus fotos, hay otro lado de esta ciudad que da al traste con ese terco ideal de “pueblo grande”, homogéneo y rezandero.
Fotos como las de Francisco Mejía y las de Benjamín de la Calle hacen parte de lo que los historiadores llamamos “fuentes”. Nos dicen mucho, pero lo más apasionante es lo que apenas revelan; eso es lo que nos manda como locos a los archivos, a esculcar papeles viejos -públicos y privados- que nos digan más, que nos respondan algunas preguntas y que nos impulsen a formular otras. Claro, no todo son preguntas y respuestas; para eso tenemos nuestros métodos, nuestras reglas que también, dado el caso, estiramos y hasta rompemos cuando nuestro olfato nos dice que hay más… que detrás de estas fotos, hay mucho más…
pero eso, va para otro artículo..
Hace tiempos: uno de los peligros de la amnesia
10 jul 2011 Dejar un comentario
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En mi querido país, la amnesia es generalizada y altamente peligrosa; por lo tanto, las terroríficas secuelas que deja son muchas y este post sólo se va a ocupar de una de tantas. Rueda la película…
Y esto no es todo… falta la segunda parte:
Es cierto, en Colombia hay templos más antiguos.. es posible que esta iglesia esté edificada en la zona de lo que fue una doctrina de indios y que hubiera quedado como punto de referencia para esa zona en la que había tanta población india móvil que trabajaba en las encomiendas y estancias. Si estaba decorada con pinturas, habría seguido el modelo de muchos templos en Hispanoamérica -para indios y para blancos-, que contaban con coloridas escenas de las partes más importantes del evangelio que se quería enseñar a todos los habitantes de los nuevos reinos.
El meollo del asunto, es la falta de cuidado del Ministerio de Cultura colombiano, como lo denuncia el sacerdote. Un ministerio que, al parecer, está más orientado a hacer publicidad volviendo al país una marca -”Colombia es pasión”- que en cuidar los restos materiales del pasado que nos construye… por que sí vale la pena cuidar de este vejestorio de edificio, ya que nos cuenta la historia de cómo una población fue incluida, a la fuerza y con diferentes herramientas, en un proyecto social y cultural que alteró sus vidas profundamente y que les dio un lugar relegado en una sociedad “blanca”, lugar del que no han salido todavía.
El hermoso mestizaje de una orquesta y el hip hop
10 jul 2011 Dejar un comentario
in arte y publico, cosas bacanas/cool things, educación, Historia de Colombia, Música Etiquetas: arte colombiano, arte y publico, comprensión, Historia de Colombia, Música
La sacaron del estadio… esto es una maravilla, la Filarmónica y ChocQuibTown .. claro que sí!!!
Hace tiempos: tierra
10 jul 2011 Dejar un comentario
in Hace tiempos: historia, Historia de Colombia, Pensamientos Etiquetas: comprensión, Historia de Colombia, memoria, Pensamientos, realidad, violencia
Buscando cosas interesantes para leer, me topé con este excelente artículo en Razón Pública donde se nos invita a reflexionar sobre un problema en la historia de Colombia que se ha convertido en un tabú: la tenencia de la tierra.
La cuestión de la propiedad de la tierra es uno de los núcleos más antiguos de nuestra problemática social. Durante los tiempos coloniales, el ser propietario no sólo denotaba un poder social sino que también hacía la diferencia entre morirse de hambre o subsistir. Cuando llegó la república, la propiedad fue uno de los requisitos para ser ciudadano, algo que contradecía los principios democráticos que habían fundamentado el republicanismo que explicaba la legitimidad de las repúblicas en la soberanía del pueblo; como en la pobre y desintegrada Colombia decimonónica no todos eran propietarios, entonces la ciudadanía -con sus derechos y deberes políticos- terminó siendo el distintivo de unos cuantos.
A estos problemas debemos añadir la tradición que pone al terrateniente en la posición de “señor” al que se le deben lealtades y favores. Aún los campos colombianos están marcados por esta dinámica social, que concentra el ascendiente social/político en manos de unos gamonales con los que el resto del campesinado se siente endeudado. La contracara de esta situación, es la constante precariedad en la que vive el campesino, quien vive entre el olvido de la nación y la explotación y expropiación que caracterizan a nuestros conflictos bélicos. La cuestión, obviamente, es mucho más compleja de lo que yo alcanzo a describir. Pero el hecho de que los poderes del Estado-Nación se hallen cimentados en una gran contradicción (el que la soberanía no sea del pueblo ni se refleje en el pueblo, sino que sea de aquellos que coordinan los recursos de la nación y se refleje en ellos), hace relevantes estos puntos de reflexión propuestos por el autor:
- Los factores estructurales en materia de tenencia y uso del suelo.
- La organización, la formación, el empoderamiento y la movilización de los campesinos.
- El marco o contexto de avance político y económico democrático.
Esta plataforma es suscinta, pero bastante rica en relaciones. Nos invita a poner sobre la mesa debates que se han convertido incómodos en la sociedad colombiana, pues el sólo hecho de mencionar el tema nos lleva a temas de gran sensibilidad, como la perenne violencia que se originó en nuestras sociedades rurales y que ha marcado la modernización del país. Tenemos que admitir que la atmósfera de jerarquía social y explotación que ha constituido nuestra sociedad, ha sido una de las fuerzas más constantes en nuestros procesos de modernización, por ejemplo, en los desarrollos urbanos… yo sé que la palabra “explotación” suena a vocabulario pseudo izquierdoso, pero en realidad cubre unas realidades sociales que requieren laaaaaaarga explicación.
Otro de los puntos de interés que trae el artículo, es este resumen de “leyes” que explican la dificultad de establecer un proceso de reforma agraria:
- Ley del paliativo o del bombero: consiste en aplicar medidas que solo alivian la situación, sin llegar a su esencia.
- Ley del colonialismo intelectual: se buscan las fórmulas paliativas en otra parte, en los países dominantes o en organismos que no perciben las realidades locales.
- Ley de la decantación utópica: a las fórmulas de supuestas soluciones se las vacía de los elementos que puedan afectar el orden económico y político prevaleciente.
- Ley del mimetismo modernista: se producen acciones aparentemente innovadoras que confieren un halo o fachada de modernización a las pautas tradicionales de dominación o explotación.
- Ley del control social y económico capitalista: se entrega la ejecución de los cambios o reformas a hombres-claves para que controlen los efectos de la innovación y finalmente nada cambie
Tenemos entonces un serio problema que no podemos ocultar… es cierto que hace parte de nuestra tradiciones y que deseamos olvidarlo o peor aún, cubrirlo con un aura de romanticismo bucólico, que nos evitaría el reflexionar seriamente en lo que nos concierne, pues nos toca a todos… no es fácil admitir que nuestra indiferencia afecta y contribuye al sufrimiento de tantos. Y además, no es fácil admitir que la población que no vive con nuestros parámetros urbanos también es gente y merecen respeto en sus proyectos de vida.
Edmar Castañeda: arpa llanera y jazz
18 abr 2011 Dejar un comentario
in arte y publico, cosas bacanas/cool things, Historia de Colombia, Música, Pensamientos Etiquetas: arte, arte colombiano, arte y publico, comprensión, historia, Historia de Colombia, Música, realidad
Sí, están leyendo bien: arpa llanera y jazz. Este colombiano le está dando la vuelta al mundo, pero también a la música de su tierra. Al sacar el arpa llanera de su sitio habitual, está desafiando una larga historia de monumentalización de la música popular… pero tranquilos, que ya me voy a explicar.
Los instrumentos musicales que están metidos en ese paquete cultural llamado “música folklórica colombiana” padecen, muchas veces, de un anquilosamiento, o encasillamiento que no les permite ser bien recibidos en otras formas de música. Muchos músicos se niegan a aceptar la plasticidad de un instrumento musical tradicional, por variadas razones; es posible que no les gusten los sonidos que produce fuera del contexto familiar, o que no entiendan el nuevo formato musical que tienen en frente. Todo eso es válido. Pero no debe ser obstáculo para que un instrumentista explore otras posibilidades con su instrumento.
Al público amplio, por lo general, tampoco le caen bien estos cruces de frontera. Muchos seguramente dirán que es una especie de traición a la música tradicional y que el arpa llanera no tiene nada que hacer en una jam session de jazz. Muchos desdeñarán y recibirán con frialdad esta música, diciendo que “no es música colombiana, por lo tanto ni me va ni me viene”. La indiferencia es un indicativo, muy bueno, del rechazo basado en la falta de sentido de aventura. Y también es totalmente válida.
La cuestión es que muchas veces, esa monumentalización o encasillamiento del que hablaba más arriba, se basan en estos sentimientos. Nos rehusamos a concebir algo diferente a lo familiar y tradicional y en este caso, nos negamos a la existencia de una posibilidad sonora muy rica y vibrante. Al decir que la música de Edmar Castañeda no es música colombiana, se está apelando a un gusto que niega el cambio y la apertura cultural de nuestra nación, un proceso social que nos ha marcado durante los últimos 30 años. Al decir que la música de Edmar Castañeda no pertenece a nuestra tradición, le negamos a nuestra cultura su diversidad, su riqueza, su enorme capacidad de aprendizaje y sobre todo, su inagotable fuerza creadora.
Lo que Castañeda hace con su arpa llanera, es una muestra de todas esas características que acabo de enunciar y que no tienen nada que ver con el anquilosamiento de los instrumentos musicales, una dolorosa consecuencia de entender el folklore como lo estático y inamovible.
Las alabanzas que Castañeda se ha ganado lo describen como un mundo en sí mismo, como un músico con el talento y el carisma necesarios para sacar su instrumento de la oscuridad. No podía ser de otro modo; hay que tener la potencia y la riqueza de un mundo, siempre en formación, para re-crear con tanta belleza una tradición.
















Nos han dicho...